Perversa obsesión

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Capítulo 3 Dos

―Tierra llamando a Kendra ―Giuliana chasquea los dedos frente a mí―. Hay que ser discretas, amiga.

Los tres chicos me miran divertidos, genial, acabo de quedar como una pervertida. Pero viéndole el lado bueno: No pensé un solo segundo en Juan Pablo y eso ya es logro.

―Son los Diener, hazte un favor y no te claves ―dice Hernán―. Su círculo social se reduce a ellos y la otra que se llama Neli Torres. Son súper calientes, pero inalcanzables. Conocí a una chica que estuvo con Tristán y la pobre no hablaba de ello. Un día metió su baja y desapareció.

―Marlene es la peor ―Giuli lo dice como si recitara poesía―. Es hermosa, he tenido pensamientos lésbicos con ella, pero te mira y trata como escoria. No sabemos por qué Neli está con ella.

Porque son novias, es más que obvio. La tal Neli la mira como si fuera una diosa. No sé quién sea Tristán, pero ambos hombres son tan sexys que debo apartar la mirada para no tener pensamientos inmorales.

―¿Y a quién le importa? ―Joan echa un vistazo a los cuatro y vuelve a su actitud despreocupada―. Son narcisistas, se creen perfectos y piensan que debemos alabarlos. Hay que mandarlos a la mierda.

Confirmo.

―Gracias, no estoy interesada ―afirmo con seguridad―. Aún lloro por mi ex, no estoy para clavarme con uno nuevo... O dos.

El pelirrojo suelta una carcajada burlona.

―Corazón, ningún ex compite con ellos ―Giuliana asiente en acuerdo, Joan se encoge de hombros dando a entender que a él le da igual―. ¡Míralos! No hay comparación.

Regreso mi mirada a los Diener quienes se asentan en el centro del coliseo y charlan entre ellos. Neli no encaja ahí, cualquiera puede verlo, es como un punto de luz entre sombras y penumbras. Algo en ellos es atrayente, como si desearas pertenecer a ese grupo, nunca percibí algo parecido.

―¿Por qué todos los miran como si fueran... Superiores?

Joan les echa un vistazo rápido y luego se centra en beber de su vaso. Giuli adopta una actitud desconfiada, quien responde es Hernán.

―Son misteriosos, hacen fiestas exclusivas en su mansión, tienen buenas calificaciones ―explica en un susurro―. ¿Cómo es que tienen una mansión? La respuesta está en sus padres, pero parece que no existen.

Bueno, si nacieron es porque tienen padres, tal vez son los típicos que se la pasan viajando y sus hijos malcriados viven una vida sin adultos. Aunque a esta edad ya somos adultos. No lo sé, no me convence el argumento de Hernán, porque además de que parecen respetarlos, muy por debajo hay un tinte de miedo. Se ve que tienen complejo narcisista, pero no es para ponerlos en un pedestal ni para temerles.

―A mí me da miedo Tristán por lo de su exnovia o eso, solo se fue sin decir nada.

Eso explicaría en parte el miedo, pero no me parece un argumento suficiente. Si la chica cortó con él y quiso alejarse, es normal que metiera su baja. Cuando uno atraviesa una ruptura es capaz de hacer tonterías.

—O lo del cuarto hermano —murmura Hernán, de pronto meditabundo—. Dicen que hay otro, pero no sé si más pequeño o grande. Creo que se fue a vivir a otro país

—No, yo oí que está en drogas y lo metieron a rehabilitación.

—¿O habían dicho que era retrasado? —observo a Giuli y Hernán discutir—. Nadie sabe, nadie lo ha visto.

―Tal vez porque no existe ―Joan interrumpe, irritado—. Solo olvídalos —se dirige a mí y me incita a tomar un trago del vaso rojo―. Casi no se ven en público. Oirás rumores, te enterarás de sus fiestas exclusivas para sus amigos millonarios y verás a Ventura con una chica diferente cada mes, pero a los otros ni el polvo les verás. Odian estar aquí ―he decidido que Joan me agrada―. Disfruta el semestre, embriágate y ten el sexo más loco de tu vida.

Alza su vaso en un gesto de brindis y bebe lo que queda de un sorbo. Sonrío genuinamente y doy un pequeño sorbo a la bebida, es dulce. Cuando por fin me empiezo a sentir a gusto, aparece el imbécil de Juan Pablo. Nuestras miradas se encuentran y me bloqueo. Mi ex no sabe qué hacer, va en compañía de una chica morena y dos chicos. Les dice algo y entonces se acerca a mí.

No puedo enfrentarme a esto. Trato de subir las escaleras, pero un grupo de personas cantando me impiden el paso. Solo me queda bajar. Escucho que Juan Pablo dice mi nombre, pero no me detengo.

Llego hasta el centro del coliseo, pero al dar un paso tropiezo con una grieta. Me alcanzo a sostener de un hombro, específicamente el del hombre de cabello rubio quien mira mi mano como si fuera lo más asqueroso del mundo. Y entonces sus ojos encuentran los míos. Son color verde esmeralda, tan fríos, tan duros. Con un rápido y elegante movimiento de su mano, avienta la mía y se da la vuelta para alejarse. Ah, muy cabrón, estoy por decirle algo, cuando mi ex llega.

―Kendra ―echa un vistazo hacia las gradas―. Mmm... Hola, por favor no hagas una escena.

¿Yo? Fue él quien se acercó a mí.

―Si te largas de inmediato, prometo mantener la calma.

―¿Podemos hablar como gente civilizada?

―Me hiciste promesas de amor de mierda―siseo, siento tanta furia qué si me presiona más, voy a explotar―. Y me cortaste hace menos de una semana. No me pidas ser civilizada. Jódete.

Me mira entre exasperado y arrepentido, pero alza los brazos en señal de derrota y se va. Me siento ridícula parada con un vaso rojo en la mano. Así que doy un paso hacia las escaleras, pero antes de poder avanzar, una sensación de incomodidad se adueña de mí, alguien me mira.

Giro la cabeza y me encuentro con un par de ojos color verde esmeralda, al contrario que la del rubio platinado, esta no es gélida. La mirada profunda me atraviesa, me hace sentir desnuda y vulnerable. Logro romper la mirada y me voy. Gente con complejo inalcanzable conocí en Sores y aprendí que lo mejor es alejarse.

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