Capítulo 7 El sótano del ala vieja
El plano arquitectónico extendido sobre el escritorio de Sebastián parecía el mapa de un laberinto. Pasé la yema de los dedos sobre las líneas azules, contrastando los trazos técnicos con mis recuerdos de años caminando por estos pasillos de granito. Sebastián me observaba en silencio, con los brazos cruzados y esa fijeza analítica que ya no me congelaba la sangre, pero seguía imponiendo respeto.
—Hay un error en este plano —dije, señalando el sector noreste del documento—. Esto se trazó antes de la remodelación de 2012. Aquí dice que el pasillo de tercer grado termina en una pared de carga, pero no es así. Hay una doble columna y una puerta de madera que siempre está cerrada con cadena.
Sebastián se inclinó de inmediato sobre el escritorio, acortando la distancia. Su perfume a madera me llegó de golpe.
—¿Qué hay detrás de esa puerta, Camila? —La urgencia en su voz baja fue evidente.
—El depósito de la antigua imprenta. Cuando el director Gutiérrez digitalizó el sistema, mandó todo el mobiliario viejo, las prensas manuales y las cajas de archivos muertas a ese sótano. Nadie baja ahí desde hace siete años. El conserje dice que la humedad destruyó el suelo y que es peligroso.
Sebastián se pasó una mano por la barbilla, meditando. Había una madurez fría en su forma de procesar la información; no actuaba con la impulsividad de un criminal, sino como un estratega que mide cada pieza del tablero.
—Si Gutiérrez quería esconder algo que comprometiera a la Zona Norte, no lo dejaría en el archivo general para que cualquier auditor metiera las narices —razonó, mirándome fijamente—. Lo dejaría en un lugar olvidado. Un lugar donde el peligro alejara a los curiosos. Es ahí. Tiene que ser ahí.
—Pero no podemos ir ahora —advertí, sintiendo una punzada de pánico al recordar a su hermano Marcus—. Es mediodía. Los maestros entran y salen, y los niños corren por los pasillos. Si nos ven romper esa cadena, el chisme de Laura será el menor de nuestros problemas.
—Tiene razón —asintió Sebastián, validando mi sentido común—. No ganamos nada arriesgándonos a una denuncia. Bajaremos hoy mismo, después de las cuatro, cuando el personal se haya retirado.
El resto de la tarde fue una tortura. Dar la clase de ciencias naturales mientras sabía que a pocos metros se escondía un secreto por el que la mafia estaba dispuesta a matar me destrozaba los nervios. Miraba a mis alumnos y una certeza nacía en mi pecho: tenía que ayudar a Sebastián. No solo por salvar mi propio pellejo, sino para asegurar que la sombra de Marcus jamás tocara esta escuela.
A las cuatro y cuarto, el silencio se adueñó de la institución. Esperé en mi salón hasta que escuché el motor del auto de Laura alejarse por el estacionamiento. Con el corazón desbocado, caminé hacia la dirección.
Sebastián ya me esperaba en el pasillo. Se había quitado la corbata, llevaba las mangas de la camisa blanca remangadas y sostenía una linterna de alta potencia. No cruzamos palabras. La complicidad que nos unía bastaba.
Avanzamos hacia el extremo noreste, un pasillo oscuro donde las luces fluorescentes parpadeaban por falta de mantenimiento. Al fondo, la pesada puerta de madera nos cortó el paso, clausurada con una cadena oxidada y un candado viejo.
Sebastián se acercó. No traía herramientas ruidosas; sacó de su bolsillo una pequeña ganzúa de acero. Con una destreza que delataba que sus habilidades iban mucho más allá de la gestión escolar, introdujo el metal. Dos giros limpios, un chasquido seco, y el candado cedió.
—Quédese detrás de mí —murmuró, empujando la hoja de madera.
Las bisagras oxidadas chillaron, liberando un aire rancio a papel viejo, humedad y polvo sepultado. La linterna de Sebastián barrió unas escaleras de concreto que se hundían en una oscuridad absoluta.
Bajamos peldaño a peldaño. El frío del subsuelo se me coló bajo la ropa. Al llegar al fondo, la luz reveló el panorama: enormes estanterías de hierro carcomidas por el óxido, cajas de cartón deshechas por el tiempo y pesadas máquinas de escribir cubiertas de telarañas. Era el cementerio de la escuela.
—Busque cualquier caja con el sello de la administración de 2015 a 2018 —indicó Sebastián, entregándome una linterna de mano—. Si Gutiérrez escondió los registros de la Zona Norte, deben estar camuflados entre los presupuestos de esos años.
Comenzamos a revisar los estantes. El suelo de madera crujía de forma alarmante bajo nuestros pasos, recordándome la advertencia del conserje. La tensión se volvía física; cada vez que nuestras siluetas se cruzaban en la penumbra, el más mínimo roce de nuestros hombros se sentía como una descarga eléctrica.
Llevábamos quince minutos buscando cuando mis ojos captaron algo extraño detrás de una vieja prensa de imprenta. Había una caja de madera, no de cartón, asegurada con un sello oficial de la gobernación que lucía intacto.
—¡Sebastián! —llamé en un susurro ahogado—. Creo que encontré algo.
Él cruzó el espacio a paso rápido, colocándose a mi lado. Al iluminar la madera, el brillo de la expectación cruzó sus ojos oscuros. Se agachó para romper el sello, pero antes de que sus dedos tocaran la caja, un sonido seco y metálico proveniente de la parte superior de las escaleras nos congeló la sangre.
El chirrido de la puerta principal al cerrarse de golpe y el eco de unos pasos pesados bajando el primer tramo de escaleras resonaron en todo el sótano.
Marcus había regresado.
