Capítulo 5 5
—Porque no podía darte la familia que siempre quisiste.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
Mateo dejó de sujetar la puerta. El ruido de la tormenta siguió golpeando la bodega, pero entre nosotros apareció un silencio distinto, uno que ya no podía esconder con trabajo, sarcasmo ni flores equivocadas.
—¿Qué acabas de decir?
Apreté la tarjeta amarillenta dentro del puño.
—Nada.
—Elena.
—Tenemos que revisar el generador y mover a los huéspedes.
—Abril puede hacerlo.
—Abril tiene veintidós años y acaba de declarar la guerra a una palmera.
—Entonces sobrevivirá cinco minutos sin ti.
Intenté pasar junto a él. Mateo cerró la puerta otra vez, esta vez sin tocarme.
—No vas a salir hasta explicarme qué significa eso.
—No puedes encerrarme.
—Tienes razón.
Abrió la puerta.
—Puedes irte. Siempre se te ha dado bien.
El golpe fue limpio.
Me quedé donde estaba.
Mateo retrocedió un paso, pero no suavizó la mirada.
—Habla.
—No aquí.
—Cinco años esperando una explicación y ahora te preocupa la decoración.
—Me preocupa que cualquiera entre.
—A mí me preocupaba encontrarte muerta cada vez que tu teléfono enviaba directo al buzón.
Bajé la vista.
—Vamos a la suite.
El trayecto fue breve y horrible. Ninguno habló. Abril nos vio cruzar el vestíbulo y levantó un pulgar.
—El flamenco Ernesto está a salvo. La palmera perdió.
—Magnífico —respondí.
—También mandaron cena a su habitación. Dos sopas, un pescado y un postre para compartir.
Mateo siguió caminando.
—No compartimos postre.
Abril me miró.
—Eso explica mucho.
La puerta de la suite se cerró detrás de nosotros. La electricidad había vuelto a medias. Una lámpara parpadeaba junto a la cama y el aire acondicionado soltaba un ruido parecido al de una cafetera enferma.
Mateo dejó la llave sobre la mesa.
Sobre la mesa esperaba una bandeja cubierta con una campana de metal. Levanté la tapa y encontré dos platos de sopa, el pescado prometido y una rebanada diminuta de pastel de chocolate.
—Abril exageró. Esto no alcanza para compartir.
—Puedes quedártelo.
—Antes te comías mis postres sin preguntar.
—Antes podía besarte para distraerte.
La cuchara se me escapó y golpeó el plato.
Mateo apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No fue una propuesta.
—Qué alivio. Temía que tu estrategia de seducción incluyera sopa tibia y vajilla de hotel.
—Funcionaba con comida china y un sofá roto.
—El sofá no estaba roto cuando empezábamos.
—Nunca admitiste que lo rompimos nosotros.
Tomé agua para ocultar la sonrisa. Él arrancó un trozo de pan, pero no comió.
—No entiendo cómo puedes bromear ahora.
—Porque si dejo de hacerlo, voy a tener que decirte cosas que no sé acomodar.
—No las acomodes. Dímelas mal.
La petición me quitó cualquier salida elegante.
Aparté la bandeja. Mateo movió el pastel hacia mi lado por pura costumbre. El gesto fue pequeño, automático y demasiado íntimo para dos personas que aseguraban haber terminado hacía cinco años.
—Ahora sí.
Me quité los zapatos empapados. Uno hizo un sonido vergonzoso al caer.
—Si te ríes, no te cuento nada.
—No me estoy riendo.
—Tu boca sí.
—Mi boca tiene recuerdos propios.
Lo miré. La tensión cambió de lugar.
Mateo se había quitado la chaqueta durante la evacuación. La camisa húmeda se adhería a su pecho y tenía una mancha de barro sobre el hombro. Recordé demasiadas veces en las que había desabrochado esos botones con prisa.
Él notó hacia dónde miraba.
—¿Quieres que me cambie?
—Quiero que te seques antes de arruinar la alfombra.
—Eso no responde mi pregunta.
—No era una pregunta decente.
—Después de cinco años, puedo permitirme una indecencia.
Tomó el borde de la camisa y se la quitó.
Me giré demasiado tarde.
—Podías ir al baño.
—Está inundado.
—Hay otro.
—También.
—Esta suite cuesta más que mi primer automóvil.
—Tu primer automóvil perdía una puerta al girar.
—No la perdía. Se abría.
Mateo sonrió por primera vez desde la bodega. Duró poco.
Sacó una camiseta de la maleta y se la puso. Yo odié la tela por cubrirlo y me odié más por notarlo.
—Habla, Elena.
Me senté frente a la ventana. El mar había desaparecido detrás de la lluvia.
—Tres semanas antes de irme tuve una hemorragia.
Su expresión se endureció.
—¿Estabas embarazada?
—No.
La palabra le soltó los hombros y enseguida volvió a tensarlos.
—Fui al hospital sola. Pensé que era estrés, pero encontraron una malformación uterina y daño en las trompas. Después vinieron estudios, consultas y opiniones que se contradecían. El último especialista dijo que mis posibilidades de quedar embarazada eran muy bajas y que, si ocurría, habría riesgos.
Mateo permaneció inmóvil.
—¿Qué tan bajas?
—No dio un número exacto. Dijo que debía prepararme para tratamientos, pérdidas y quizá para no poder gestar nunca.
—¿Y decidiste desaparecer?
—Tú querías hijos.
—Yo te quería a ti.
—Querías una casa llena. Hablabas de cuatro niños, de desayunos ruidosos, de enseñarles a nadar y llevarlos los domingos con tus padres.
—También hablaba de viajar contigo, de abrir una botella cuando termináramos de pagar la hipoteca y de envejecer discutiendo por el azúcar del café.
—Todo eso incluía una familia.
—Tú eras mi familia.
Tuve que mirar hacia otro lado.
—Tenías veintiséis años. Yo no iba a pedirte que renunciaras a algo que deseabas desde niño.
—No me pediste nada.
—Porque sabía qué responderías.
—No, Elena. Sabías qué querías evitar escuchar.
Me levanté.
—Habrías dicho que no importaba.
—Tal vez.
—Habrías asegurado que podíamos adoptar.
—Tal vez.
—Y después, cada vez que vieras a un padre con su hijo, yo me preguntaría si te había condenado.
Mateo cruzó la habitación.
—Así que preferiste condenarme tú.
—Preferí que me odiaras.
—Lo conseguiste.
Se detuvo frente a mí. No había distancia suficiente para respirar sin sentirlo.
—Me fui porque sabía que, si te veía una vez más, no tendría valor.
—Eso no fue valor.
—Lo sé.
—¿Me amabas cuando te fuiste?
Asentí.
—Dilo.
—Te amaba.
—¿Me amaste después?
Las lágrimas aparecieron sin permiso.
—Todos los días.
Mateo cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, la rabia seguía allí, pero tenía otra forma.
—Cinco años creyendo que te aburriste de mí.
—Lo siento.
—No quiero que lo sientas. Quiero recuperar el derecho que me quitaste.
—No puedo devolverte cinco años.
—Ni siquiera me diste una despedida.
Su mano subió hasta mi mejilla. No fue una caricia. Me sostuvo como si necesitara comprobar que no iba a desaparecer mientras parpadeaba.
—Mateo...
—No digas mi nombre de esa manera.
—¿De cuál?
—Como cuando querías que te besara.
Su pulgar rozó mi labio inferior. Mi cuerpo respondió antes que mi prudencia. Le sujeté la muñeca, pero no lo aparté.
—Vas a casarte con Valeria.
—Lo sé.
—Ella confía en nosotros.
—Lo sé.
—Entonces suéltame.
Mateo inclinó la frente contra la mía. Su respiración se quebró una sola vez.
—Dime que no quieres que te bese.
Abrí la boca. No salió nada.
Él se apartó.
La distancia dolió más que el contacto.
—Eso pensé.
Tomó su chaqueta y caminó hacia el sofá.
—¿Adónde vas?
—A dormir lejos de ti antes de convertirme en el hombre que Valeria no merece.
—Mateo, yo intenté salvarte.
Se volvió despacio.
—No me dejaste para salvarme. Me condenaste para no tener que verme elegirte.
