ORGANIZANDO LA BODA DE MI EX

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Capítulo 4 4

—No estaba huyendo de ti. Estaba huyendo de lo que ibas a perder por mi culpa.

Mateo cerró la puerta de la bodega y quedó frente a mí, rodeado de cajas de peonías que olían a una boda muerta.

—Eso no responde nada.

—Es lo único que puedo decirte.

—Entonces no digas que viniste a trabajar conmigo. Viniste a repetir lo mismo: acercarte, temblar, esconderte y dejarme con la mitad de una verdad.

Tomé la tarjeta amarillenta de su mano.

—No tienes derecho a exigirme explicaciones mientras planeas casarte con otra mujer.

—Y tú no tienes derecho a usar a Valeria como escudo.

—No la estoy usando.

—La mencionas cada vez que estás a punto de decirme algo real.

Abrí la boca, pero un trueno sacudió el techo. Las luces parpadearon. Abril apareció en la entrada con el cabello pegado a la frente y un impermeable demasiado grande.

—Tenemos un problema pequeño.

—¿Qué tan pequeño? —pregunté.

—Del tamaño de una palmera atravesada sobre el camino al jardín norte.

Mateo miró por encima de su hombro.

—Eso no parece pequeño.

—Estoy intentando mantener actitud corporativa.

Otro trueno hizo vibrar las cajas.

—¿Hay huéspedes en esa zona? —pregunté.

—Doce. El generador del edificio también falló.

Guardé la tarjeta en mi carpeta.

—Evacúen el jardín y trasladen a todos al salón mirador. Que nadie use los ascensores. Mateo, ven conmigo.

Él no se movió.

—No hemos terminado.

—La conversación puede esperar. Una palmera sobre un techo suele tener menos paciencia.

Salimos al pasillo. El hotel había cambiado en menos de diez minutos. El viento empujaba agua debajo de las puertas, los empleados corrían con toallas y un niño lloraba porque su flotador de flamenco había escapado hacia el vestíbulo.

—¡Se está ahogando! —gritó.

Mateo atrapó el flotador antes de que chocara contra una lámpara.

—Tu flamenco sobrevivirá.

El niño lo abrazó.

—Se llama Ernesto.

—Entonces Ernesto tiene peor criterio que nosotros para viajar durante una tormenta.

No pude evitar reír. Mateo me miró como si hubiera olvidado que sabía hacerlo.

Llegamos al jardín norte por el corredor interior. El viento doblaba las palmeras y arrastraba arena sobre el sendero, pero la lluvia todavía no comenzaba. Medí la tarima, revisé las uniones y pedí que suspendieran el montaje.

—Podemos mover la ceremonia al salón mirador —propuso Abril.

—Valeria quiere casarse frente al mar.

—Valeria también quiere permanecer viva —dijo Mateo.

—Qué romántico.

—Soy un hombre práctico.

—Por eso elegiste una isla durante temporada de tormentas.

—La eligió Valeria.

—Y tú aceptaste.

—He aprendido que algunas mujeres se marchan cuando uno discute demasiado.

Abril fingió estudiar la cinta métrica.

Yo clavé los tacones en la tarima.

—Quitaremos esta plataforma. Ceremonia directamente sobre el césped, pasillo reforzado y un arco más ligero. Si llueve, trasladamos todo al mirador en treinta minutos.

—Eso requiere duplicar el montaje —dijo Abril.

—También requiere que tus empleados dejen de usar la bodega como sala de siestas.

Dos trabajadores que escuchaban cerca se levantaron de inmediato.

Mateo sonrió.

—Sigues aterrorizando proveedores.

—Solo a los que cobran por dormir.

Durante las siguientes horas revisamos cocinas, habitaciones y rutas de evacuación. Mateo resultó irritantemente útil. Recordaba los nombres de los invitados mayores, sabía cuáles tenían alergias y detectó que la rampa hacia la playa era demasiado estrecha para la silla de ruedas de la abuela de Valeria.

No esperaba que conociera tantos detalles.

Tampoco esperaba verlo hablar de ella con afecto verdadero.

Cada vez que decía su nombre, yo recordaba el anillo dentro de mi bolso y me sentía como una ladrona que todavía no había robado nada.

Al llegar al salón mirador, Abril nos pidió probar la posición del altar.

—Necesito ver cómo entra la luz sobre la pareja.

—Busca a dos empleados —dije.

—Todos están desmontando la tarima.

Mateo se colocó frente al arco.

—Terminemos rápido.

Me situé a su lado.

—Más cerca —ordenó Abril—. Los novios no suelen casarse dejando espacio para un sacerdote, dos perros y una demanda de divorcio.

Mateo puso una mano en mi cintura.

—¿Así?

El contacto me tensó desde el abdomen hasta la nuca.

—No hace falta tocarme.

—Abril pidió realismo.

—Abril pidió cercanía, no una recreación histórica.

Él inclinó la cabeza.

—Estás respirando rápido.

—Hace calor.

—El salón tiene aire acondicionado.

—Entonces tú das calor.

Abril dejó caer el teléfono.

Me aparté, pero Mateo sostuvo mi cintura un segundo más. Su pulgar rozó el espacio entre mi blusa y la falda. Fue un contacto mínimo, suficiente para despertar una memoria mucho menos decente que las flores de nuestra boda.

—Ya tenemos la foto —anunció Abril—. Y yo necesito agua.

Mateo retiró la mano.

—Las peonías no van aquí.

La frase me devolvió al trabajo.

—Valeria eligió orquídeas.

—Vi cajas de peonías en la bodega.

Abril palideció.

—Llegaron esta mañana. El proveedor dijo que eran parte de la orden original.

Fuimos a comprobarlo. Había seis cajas blancas, cada una marcada con el nombre de Mateo.

Abrí una. El olor me golpeó antes que el color.

Peonías blancas.

Las flores que él había elegido para casarse conmigo.

—No las pedí —dijo Mateo.

—Yo tampoco.

Mateo apartó una capa de papel y encontró debajo una tarjeta amarillenta. La abrió. Mi letra seguía allí, inclinada y demasiado redonda: «Para el día en que por fin seamos familia». Intenté quitársela, pero levantó el brazo y la dejó fuera de mi alcance, sin dejar de mirarme siquiera.

Abril buscó la orden en su tableta.

—La solicitud se hizo hace cinco años y quedó vinculada al perfil del señor Alcázar. El sistema la reactivó al registrar esta boda.

Mateo leyó la fecha.

Era la nuestra.

Cerré la caja.

—Que las retiren.

—Espera —dijo él.

—No pertenecen a la boda de Valeria.

—Pero pertenecían a la nuestra.

Abril se marchó sin que nadie se lo pidiera.

Mateo quedó frente a mí entre cajas de flores muertas antes de llegar al altar.

—Guardaste el anillo —dijo—. El hotel guardó la orden. Parece que todos conservaron algo menos yo.

—Tú conservaste el rencor.

—Era lo único que me dejaste.

Quise salir, pero sujetó la puerta.

—Mírame y dime que no te importa.

—No voy a hacerlo.

—Entonces dime la verdad.

—No puedo.

Sus ojos bajaron hacia mi bolso.

—No desapareciste porque dejaste de amarme.

No respondí.

Mateo abrió la puerta, pero su voz me impidió avanzar.

—Así que dime, Elena: ¿de qué estabas huyendo cuando decidiste destruirnos?

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