Capítulo 3 3
—Devuélveme el anillo o dime por qué lo guardaste.
Mateo dejó mi maleta junto a la cama y permaneció de pie, bloqueando la salida de la suite como si yo pudiera saltar por el balcón para evitar la pregunta.
—Buenos días para ti también.
—Son las cuatro de la tarde.
—Entonces tu mal humor ya tuvo tiempo de desayunar.
La habitación era enorme, luminosa y diseñada para recién casados con más dinero que pudor. Pétalos sobre la cama, una botella de champaña junto al jacuzzi y dos batas bordadas con las palabras SEÑOR y SEÑORA ALCÁZAR.
Tomé la bata que llevaba mi supuesto apellido.
—Al menos el hotel está comprometido con el error.
Mateo me la arrebató.
—No te queda.
—Durante cinco años pensaste que sí.
La frase lo hizo callar.
Me arrepentí de inmediato, no porque fuera mentira, sino porque lo vi recordar lo mismo que yo: una casa pequeña, una boda con peonías blancas y mi nombre unido al suyo en una libreta que terminé escondiendo en el fondo de un armario.
Mateo dejó la bata sobre una silla.
—No cambies de tema.
—No lo guardé para torturarte. Ni siquiera sabía que viajarías conmigo.
—Lo llevas en el bolso.
—Estaba en una caja del despacho. Lo encontré anoche mientras buscaba los contratos.
—Y decidiste traerlo a mi boda.
—Decidí meterlo en la primera bolsa donde no pudiera verlo.
—Eso no explica por qué lo conservaste.
—Tampoco explica por qué tú sigues preguntando.
Su mandíbula se endureció.
—Porque me importa.
Aquella respuesta fue peor que un reclamo. Dejé el bolso sobre el escritorio y abrí la carpeta del hotel.
—Tenemos una ceremonia que salvar.
—Siempre haces eso.
—¿Trabajar?
—Esconderte detrás de algo útil cuando la conversación se vuelve incómoda.
—Tú vas a casarte en catorce días. Cualquier conversación entre nosotros debería resultar incómoda.
Llamaron a la puerta antes de que pudiera responder. Una joven con uniforme verde entró empujando un carrito lleno de muestras florales.
—Señor y señora Alcázar, traje las opciones para la ceremonia.
—No somos esposos —dijimos juntos.
La mujer miró las batas, los pétalos y la cama.
—Claro.
—De verdad no lo somos —insistí.
—No necesito detalles. En temporada alta veo de todo.
Mateo se masajeó la frente.
—Ella es la organizadora.
—Y él es el novio —aclaré.
La joven sonrió.
—Eso sí parece importante.
Se llamaba Abril y era la nueva coordinadora del hotel. Tenía veintidós años, tres teléfonos, una coleta torcida y el aspecto de quien llevaba una semana apagando incendios con una cuchara.
—El arco floral llegó con cuarenta centímetros menos —explicó—. El chef sustituyó los mariscos por pollo porque el proveedor no puede cruzar la tormenta. Además, la tarima del jardín norte está hundida.
—¿Cuánto? —pregunté.
—Lo suficiente para que los novios parezcan casarse en una hamaca.
Mateo soltó una risa.
—No tiene gracia —dije.
—Un poco sí.
Fuimos primero al jardín. El viento doblaba las palmeras y arrastraba arena sobre el sendero, pero la lluvia todavía no comenzaba. Medí la tarima, revisé las uniones y pedí que suspendieran el montaje.
—Podemos mover la ceremonia al salón mirador —propuso Abril.
—Valeria quiere casarse frente al mar.
—Valeria también quiere permanecer viva —dijo Mateo.
—Qué romántico.
—Soy un hombre práctico.
—Por eso elegiste una isla durante temporada de tormentas.
—La eligió Valeria.
—Y tú aceptaste.
—He aprendido que algunas mujeres se marchan cuando uno discute demasiado.
Abril fingió estudiar la cinta métrica.
Yo clavé los tacones en la tarima.
—Quitaremos esta plataforma. Ceremonia directamente sobre el césped, pasillo reforzado y un arco más ligero. Si llueve, trasladamos todo al mirador en treinta minutos.
—Eso requiere duplicar el montaje —dijo Abril.
—También requiere que tus empleados dejen de usar la bodega como sala de siestas.
Dos trabajadores que escuchaban cerca se levantaron de inmediato.
Mateo sonrió.
—Sigues aterrorizando proveedores.
—Solo a los que cobran por dormir.
Durante las siguientes horas revisamos cocinas, habitaciones y rutas de evacuación. Mateo resultó irritantemente útil. Recordaba los nombres de los invitados mayores, sabía cuáles tenían alergias y detectó que la rampa hacia la playa era demasiado estrecha para la silla de ruedas de la abuela de Valeria.
No esperaba que conociera tantos detalles.
Tampoco esperaba verlo hablar de ella con afecto verdadero.
Cada vez que decía su nombre, yo recordaba el anillo dentro de mi bolso y me sentía como una ladrona que todavía no había robado nada.
Al llegar al salón mirador, Abril nos pidió probar la posición del altar.
—Necesito ver cómo entra la luz sobre la pareja.
—Busca a dos empleados —dije.
—Todos están desmontando la tarima.
Mateo se colocó frente al arco.
—Terminemos rápido.
Me situé a su lado.
—Más cerca —ordenó Abril—. Los novios no suelen casarse dejando espacio para un sacerdote, dos perros y una demanda de divorcio.
Mateo puso una mano en mi cintura.
—¿Así?
El contacto me tensó desde el abdomen hasta la nuca.
—No hace falta tocarme.
—Abril pidió realismo.
—Abril pidió cercanía, no una recreación histórica.
Él inclinó la cabeza.
—Estás respirando rápido.
—Hace calor.
—El salón tiene aire acondicionado.
—Entonces tú das calor.
Abril dejó caer el teléfono.
Me aparté, pero Mateo sostuvo mi cintura un segundo más. Su pulgar rozó el espacio entre mi blusa y la falda. Fue un contacto mínimo, suficiente para despertar una memoria mucho menos decente que las flores de nuestra boda.
—Ya tenemos la foto —anunció Abril—. Y yo necesito agua.
Mateo retiró la mano.
—Las peonías no van aquí.
La frase me devolvió al trabajo.
—Valeria eligió orquídeas.
—Vi cajas de peonías en la bodega.
Abril palideció.
—Llegaron esta mañana. El proveedor dijo que eran parte de la orden original.
Fuimos a comprobarlo. Había seis cajas blancas, cada una marcada con el nombre de Mateo.
Abrí una. El olor me golpeó antes que el color.
Peonías blancas.
Las flores que él había elegido para casarse conmigo.
—No las pedí —dijo Mateo.
—Yo tampoco.
Mateo apartó una capa de papel y encontró debajo una tarjeta amarillenta. La abrió. Mi letra seguía allí, inclinada y demasiado redonda: «Para el día en que por fin seamos familia». Intenté quitársela, pero levantó el brazo y la dejó fuera de mi alcance, sin dejar de mirarme siquiera.
Abril buscó la orden en su tableta.
—La solicitud se hizo hace cinco años y quedó vinculada al perfil del señor Alcázar. El sistema la reactivó al registrar esta boda.
Mateo leyó la fecha.
Era la nuestra.
Cerré la caja.
—Que las retiren.
—Espera —dijo él.
—No pertenecen a la boda de Valeria.
—Pero pertenecían a la nuestra.
Abril se marchó sin que nadie se lo pidiera.
Mateo quedó frente a mí entre cajas de flores muertas antes de llegar al altar.
—Guardaste el anillo —dijo—. El hotel guardó la orden. Parece que todos conservaron algo menos yo.
—Tú conservaste el rencor.
—Era lo único que me dejaste.
Quise salir, pero sujetó la puerta.
—Mírame y dime que no te importa.
—No voy a hacerlo.
—Entonces dime la verdad.
—No puedo.
Sus ojos bajaron hacia mi bolso.
—No desapareciste porque dejaste de amarme.
No respondí.
Mateo abrió la puerta, pero su voz me impidió avanzar.
—Así que dime, Elena: ¿de qué estabas huyendo cuando decidiste destruirnos?
