ORGANIZANDO LA BODA DE MI EX

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Capítulo 2 2

—Si vas a mirarme así durante todo el vuelo, prefiero viajar en el ala.

Mateo apartó los ojos de mi maleta y señaló el mostrador de la aerolínea.

—Llegaste cuatro minutos tarde.

—Son las cinco cincuenta y seis.

—El embarque comienza a las seis.

—Entonces llegué cuatro minutos antes.

La empleada que revisaba nuestros documentos disimuló una sonrisa. Mateo no.

Llevaba una camisa blanca arremangada hasta los antebrazos, pantalones oscuros y la expresión de quien había pasado la noche negociando con un secuestrador. Yo, en cambio, había dormido veinte minutos y me había maquillado dentro de un taxi.

—¿Cómo está Valeria? —pregunté.

Su rigidez cambió.

—Hospitalizada. Apendicitis.

—Lo siento.

—La operan esta mañana. Quería venir al aeropuerto a despedirnos.

—Eso habría sido poco práctico incluso para una novia.

Mateo me miró.

—Sigue haciendo bromas cuando tienes miedo.

—Y tú sigues convirtiendo la preocupación en mal carácter.

—No estoy preocupado por ti.

—Gracias por aclararlo. Podría haber cometido el error de sentirme especial.

La empleada nos entregó los pases.

—Puerta ocho. El vuelo podría desviarse si la tormenta tropical cambia de trayectoria.

Mateo leyó el aviso que aparecía en la pantalla.

—Ayer dijeron que pasaría al sur.

—Ayer también creías que no viajarías conmigo —contesté—. Ha sido una semana complicada para tus certezas.

Caminó delante de mí sin responder. Observé su espalda más tiempo del necesario. Cinco años no habían reducido la forma en que ocupaba el espacio. Habían añadido músculos, seguridad y una facilidad irritante para hacer que mi cuerpo recordara cosas que mi cabeza llevaba años castigando.

En el control de seguridad, el agente abrió mi bolso.

—Necesito revisar este compartimento.

—No hace falta. Solo hay documentos.

—Entonces terminaremos rápido.

Metió la mano y sacó una bolsa de terciopelo azul.

Mateo se quedó quieto.

La reconoció.

Reconocí el momento exacto en que debía arrebatársela al agente, fingir que contenía aretes o lanzarme por una ventana.

—Puede guardarla —dije.

El agente la abrió para revisar el interior.

El anillo brilló bajo las luces del aeropuerto.

Mateo no pronunció una palabra. Su silencio consiguió ser más escandaloso que una alarma.

—Todo en orden —dijo el agente.

Guardé la bolsa con dedos torpes.

Mateo esperó hasta que nos alejamos.

—¿Por qué lo tienes?

—Porque cabe en mi bolso.

—Elena.

—No vamos a discutir sobre joyería a las seis de la mañana.

—Ese anillo era para nuestra boda.

—Sé perfectamente para qué era. Yo elegí la talla.

Él me sujetó del brazo antes de que entrara en una cafetería. No apretó, pero el contacto cruzó mi piel con una precisión indecente.

—Me dijiste que habías tirado todo.

—Mentí.

—Eso ya lo sabía.

Me solté.

—Compra café, Mateo. Te vuelves insoportable cuando no desayunas.

—Tú me abandonaste y aún llevas mi anillo contigo. Creo que tengo derecho a ser insoportable antes del desayuno.

Pedí dos cafés para evitar responder. Cuando la barista preguntó cómo quería el mío, Mateo contestó sin pensarlo.

—Dos sobres de azúcar, poca leche.

Yo lo miré.

—Ahora lo tomo sin azúcar.

—No.

—¿Perdón?

—Lo intentaste tres meses cuando tu dentista te asustó con una caries. Decías que te gustaba, pero robabas mi café cuando creías que no veía.

La barista levantó la vista entre nosotros.

—¿Esposos?

—No —respondimos al mismo tiempo.

—Peor —añadí—. Exnovios.

Ella colocó los vasos sobre la barra.

—Entonces les recomiendo bebidas frías. Tienen menos riesgo de quemaduras durante una discusión.

Mateo pagó antes de que yo sacara la tarjeta.

—No tenías que hacerlo.

—Considéralo una indemnización por viajar conmigo.

Probé el café. Tenía dos sobres de azúcar.

Él sonrió.

—Sigues mintiendo mal.

Recibimos una videollamada de Valeria. Estaba en una cama de hospital, pálida y todavía empeñada en dirigir su boda.

—No permitan que el hotel cambie el menú —ordenó—. Y revisen el arco de flores. En la última foto parecía una ensalada vertical.

—Deberías descansar —dijo Mateo.

—Deberías dejar de hablarme como si fuera a morir.

—Van a operarte.

—De un apéndice, no de la personalidad. Elena, necesito que lo controles.

—Cobro extra por domesticar novios.

—Te pagaré el doble.

Mateo se inclinó hacia la pantalla.

—Estoy escuchando.

—Esa es la intención.

Valeria sonrió, y la culpa regresó sin que yo hubiera cruzado ningún límite. Ella confiaba en mí. También confiaba en él. No sabía que guardaba su anillo ni que su prometido recordaba la cantidad exacta de azúcar que yo fingía no consumir.

Antes de colgar, bajó la voz.

—Mateo, no regreses hasta que todo esté listo.

—Estaré de vuelta mañana.

—El hotel necesita tres días.

—Dos.

—Tres —repitió ella—. Quiero que aprendan a comportarse como adultos.

La llamada terminó.

—Tu prometida me agrada —dije.

—No la uses para castigarme.

—No todo lo que digo gira alrededor de ti.

—Guardas mi anillo.

—Y tú vas a casarte con otra. Estamos empatados en decisiones cuestionables.

En el avión nos asignaron asientos juntos. Yo pedí la ventana para tener algo que mirar que no fuera su boca. Mateo se sentó a mi lado y extendió las piernas, ocupando parte de mi espacio.

—Tu rodilla está en mi territorio.

—Traza una frontera.

—Ya lo intentaste una vez con almohadas.

Giró la cabeza.

—Recuerdas aquella cabaña.

—Recuerdo que roncabas.

—Recuerdas que dormías encima de mí.

El calor me subió por el cuello.

—Era invierno.

—Era agosto.

La azafata pidió que abrocháramos los cinturones. Al inclinarme, mi cabello quedó atrapado en el broche. Mateo soltó una risa.

—No te atrevas.

—La mejor organizadora del país, derrotada por un cinturón.

Sus dedos rozaron mi cintura al liberarlo. La cercanía le borró la burla. Quedamos frente a frente, demasiado próximos para fingir que aquello era casual.

—Sigues usando el mismo perfume —dijo.

—Y tú sigues acercándote cuando no debes.

—No me fui yo.

El avión comenzó a moverse. Me aparté y miré por la ventana.

Durante el vuelo revisamos contratos, listas de proveedores y el protocolo del hotel. La tormenta había reducido el servicio de transporte marítimo, pero aún operaba una lancha al atardecer. Si terminábamos las inspecciones, podríamos regresar al continente al día siguiente.

Al aterrizar, un empleado del hotel nos esperaba con un cartel que decía SEÑORES ALCÁZAR.

—Hay un error —aclaré—. Yo soy Salvatierra.

El hombre consultó su tableta.

—La reserva fue registrada para la pareja responsable de la boda.

—No somos pareja —dijo Mateo.

—Eso ya quedó dolorosamente claro —añadí.

El empleado sonrió, incómodo.

—Hubo daños por humedad en el edificio norte. Trasladamos a varios huéspedes y solo queda disponible la suite principal.

—Necesitamos dos habitaciones —dijo Mateo.

—La suite tiene una habitación y un sofá.

—Me quedaré en el sofá —respondí.

Mateo tomó mi maleta.

—Yo dormiré allí.

—No seas caballeroso. Te queda raro.

El empleado recibió una llamada. Su expresión cambió mientras escuchaba.

—Acaban de suspender la lancha de mañana. La tormenta giró hacia la isla.

Mateo miró el cielo, luego la maleta que llevaba y finalmente a mí.

—¿Cuánto tiempo estaremos atrapados?

El empleado tragó saliva.

—El nuevo aviso es por catorce días.

Mateo esperó a que el hombre se alejara y habló sin apartar los ojos de mi bolso.

—Dos semanas, una habitación y mi anillo escondido entre tus cosas. Ahora sí vas a decirme entonces por qué nunca lo devolviste.

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