ORGANIZANDO LA BODA DE MI EX

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Capítulo 1 1

—Cancela la boda. No pienso dejar que ella la organice.

Mateo Alcázar pronunció la frase antes de sentarse, con una mano todavía aferrada al respaldo de la silla y la otra cerrada junto al cuerpo.

Yo llevaba cinco años preparándome para volver a verlo.

Había ensayado indiferencia, cortesía y hasta una sonrisa breve frente al espejo. Ninguno de aquellos recursos sobrevivió cuando entró en mi oficina acompañado por una mujer rubia que llevaba su anillo.

—Buenos días —dije, porque alguien tenía que recordar que aquello era una reunión de trabajo—. Soy Elena Salvatierra, directora de Aurora Weddings.

La mujer se levantó enseguida.

—Valeria Montes. Por fin te conozco.

Me abrazó.

No me dio tiempo de protegerme de su perfume, de su amabilidad ni de la culpa absurda que apareció antes de que yo hubiera hecho nada.

Mateo seguía de pie.

—Nos vamos.

—No —respondió Valeria, soltándome—. Tú te vas si quieres. Yo ya pagué la reserva.

Él la miró como si acabara de anunciar que la ceremonia sería dentro de un volcán.

—Contrataste una empresa. No a Elena.

—Elena es la empresa.

—Tengo empleados —intervine—. Puedo asignarles otra coordinadora.

Mateo me sostuvo la mirada por primera vez.

El impacto fue físico. No romántico. Físico. Como recibir un golpe en una costilla antigua que una creía curada.

Había cambiado. Llevaba el cabello más corto, una sombra de barba y una alianza inexistente que mis ojos buscaron por instinto. Su traje azul le quedaba demasiado bien. O yo lo recordaba demasiado bien sin traje.

—Eso quiero —dijo.

Valeria frunció el ceño.

—Pues yo no.

Abrió su carpeta y sacó tres hojas llenas de anotaciones, muestras de tela y una fotografía del hotel.

—Elegí Aurora porque tú me dijiste que era la mejor agencia del país.

Mateo apretó la boca.

—Dije que organizaban buenas bodas.

—Dijiste: “Si algún día pierdo la cabeza y me caso, busca a Aurora”.

La carcajada se me escapó.

Los dos me miraron.

—Perdón —murmuré—. La parte de perder la cabeza coincide con varias bodas que he organizado.

Valeria se rio conmigo. Mateo no, aunque una esquina de su boca quiso traicionarlo.

Ese gesto me devolvió una escena que no había pedido: él cocinando pasta a medianoche, sin camisa, burlándose de mi obsesión por doblar las servilletas. Aparté el recuerdo antes de que adquiriera temperatura.

—Nuestra boda será dentro de dos semanas —explicó Valeria—. En Isla Esmeralda. El coordinador del hotel renunció ayer y necesito a alguien capaz de arreglar el desastre.

—Puedo hacerlo.

—Elena —advirtió Mateo.

—Señor Alcázar, no aceptaré que convierta una reunión profesional en el funeral de nuestra adolescencia.

Valeria abrió mucho los ojos.

Mateo se inclinó sobre la mesa.

—Teníamos veintiséis años.

—Entonces fue el funeral de nuestra pésima madurez.

—¿Ustedes fueron novios? —preguntó Valeria.

El silencio cayó con la delicadeza de una bandeja de copas.

Mateo respondió primero.

—Hace mucho.

—Cinco años —corregí.

Su mirada bajó hasta mi boca. Apenas un segundo. Bastó para recordar cómo me besaba cuando estaba enfadado: sujetándome la nuca, como si discutir y desearme fueran parte del mismo idioma.

Me acomodé en la silla.

Valeria nos observó con curiosidad, no con celos.

—Mateo nunca dijo tu nombre.

—Yo tampoco hablaba de él.

—Eso explica por qué los dos parecen estar sentados sobre cubiertos.

Mateo soltó aire por la nariz.

—Valeria.

—¿Qué? No soy ciega.

Ella tomó mi catálogo y señaló una decoración con orquídeas, velas flotantes y madera clara.

—Quiero algo así, pero sin que parezca que una sirena rica murió en la playa.

Anoté la frase.

—Nada de funerales acuáticos. Entendido.

La reunión avanzó mejor de lo esperado.

Revisamos el plano del hotel. La terraza principal no soportaba el peso de la estructura floral contratada, el chef había cambiado el menú sin autorización y la mitad de los invitados llegaría durante una alerta de tormenta tropical. Ahí estaba el verdadero motivo de la urgencia.

—Si movemos la ceremonia al jardín norte, perderemos la vista al mar —protestó Valeria.

—Pero nadie terminará casándose debajo de una orquídea de ochenta kilos —respondí.

Mateo examinó los cálculos.

—¿Puedes salvarlo?

—Puedo salvar la boda. A los novios todavía no los incluyo en el paquete.

Valeria rio. Mateo me miró con esa expresión que antes aparecía cuando yo resolvía algo imposible: orgullo mezclado con ganas de besarme.

Valeria sabía lo que quería, escuchaba sugerencias y no trataba al personal como si hubiera comprado también sus órganos. Mateo intervenía poco, salvo cuando mencionábamos música, comida o alojamiento.

—Nada de peonías blancas —dijo.

Mi bolígrafo se detuvo.

Valeria ladeó la cabeza.

—Creí que te gustaban.

—No para esta boda.

Cinco años atrás habíamos elegido peonías blancas para la nuestra. Él había insistido porque, según decía, olían a domingo en casa.

Cerré el catálogo.

—Orquídeas entonces.

—Perfecto —respondió Valeria—. Confío en ustedes.

La palabra nos dejó a Mateo y a mí sin defensa.

Una hora después, Valeria salió para atender una llamada. La puerta se cerró y el despacho perdió todo el aire amable que ella había dejado.

Mateo caminó hasta mi escritorio.

—Renuncia al proyecto.

—No.

—Te pagaré el doble de la penalización.

—No quiero tu dinero.

—Antes querías mi vida entera.

Me puse de pie.

—Y tú querías respuestas que nunca te di. Los dos aprendimos a vivir decepcionados.

Quedamos demasiado cerca. Él olía a cedro y café, una combinación que mi cuerpo reconoció con una lealtad humillante.

—¿Aprendiste? —preguntó—. Porque estás temblando.

—El aire acondicionado está fuerte.

—Siempre mentías mal cuando estabas nerviosa.

—Y tú siempre te acercabas demasiado cuando querías intimidarme.

Mateo apoyó una mano junto a mi cadera, sobre el escritorio. No me tocó, pero su cuerpo cerró la salida.

—No quiero intimidarte.

—Entonces retrocede.

No lo hizo.

Mi respiración chocó contra su garganta. Vi la pequeña cicatriz debajo de su mandíbula, la que yo había besado cientos de veces. Él miró mis labios otra vez y aquella vez no fingió que había sido un accidente.

—Dime que no sientes nada —murmuró.

La puerta se abrió.

Valeria entró con el teléfono en la mano.

Mateo se apartó. Yo tomé un catálogo al azar y descubrí que estaba al revés.

—Mi médico quiere verme esta noche —dijo ella—. El dolor volvió.

—¿Qué dolor? —preguntó Mateo.

—Seguramente nada. Pero necesito que ustedes viajen mañana a la isla para confirmar proveedores.

Mateo negó de inmediato.

—No voy solo con ella.

Valeria sonrió, cansada.

—No te estoy preguntando.

Él la miró. Después me miró a mí.

—Busca a otra persona.

Guardé el catálogo, todavía invertido.

—Puedo viajar con mi asistente.

—Tu asistente canceló —dijo Valeria—. Hablé con recepción. Solo quedan dos lugares en el vuelo del hotel.

Mateo cerró los ojos un instante.

Yo debí rechazarlo. Debí recordar el anillo de Valeria, los cinco años de silencio y la razón por la que desaparecí sin despedirme.

En cambio, escuché mi propia voz aceptar.

—Estaré en el aeropuerto a las seis.

Mateo esperó a que Valeria saliera otra vez. Luego se inclinó hacia mí, tan cerca que su amenaza rozó mi oído.

—Dos semanas en una isla conmigo, Elena. Dime algo antes de aceptar.

No contesté.

Su voz descendió hasta convertirse en una herida.

—¿Esta vez también vas a desaparecer sin decirme por qué?

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