No lo cuentes dos veces. La casamentera del Ceo

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Capítulo 3 El Reencuentro: Diez años después

Abigail Smith

El piso 42 de la torre Livingston Inc. Olía a café caro y a un poder que asfixiaba. Detuve mi caminata justo frente a las puertas de cristal doble, ajustando el cinturón de mis pantalones palazzo color crema. La tela fluía con elegancia sobre mis lindas curvas, dándome una presencia que la chica de mi pasado jamás habría soñado tener. Me alisé la camisa de seda blanca, de corte masculino y cuello rígido, y respiré hondo. Mi reflejo me devolvió la mirada de una mujer de ojos azules gélidos y una melena rubia perfectamente ondeada.

—El señor Livingston la espera, señorita Smith —anunció la secretaria.

Entré. El despacho era un santuario de minimalismo y lujo. Al fondo, de pie tras el ventanal que dominaba la ciudad, estaba él. Mi archienemigo.

Cole Livingston se giró con una lentitud calculada. Su traje italiano, de un gris carbón tan oscuro que parecía negro, se ajustaba a sus hombros con una precisión quirúrgica. Tenía el cabello negro impecablemente peinado hacia atrás, ni un solo mechón fuera de su sitio, y esos ojos negros que recordaba de mis pesadillas se clavaron en ella con la frialdad de quien analiza un balance financiero.

—Llega tarde, señorita… —Cole dejó la frase en el aire, revisando una carpeta sobre su escritorio de caoba.

—Smith. Abigail Smith —respondí, manteniendo la voz firme a pesar del vuelco de mi corazón.

Él levantó la vista y, por un segundo, la comisura de sus labios se elevó en esa sonrisa seductora que solía derretir a toda la universidad. Pero no había calidez en ella, solo cortesía empresarial.

—Tome asiento. Supongo que ya tiene avances y por eso está aquí. Mi tiempo es limitado y necesito una esposa antes del próximo trimestre.

Cole me observó de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de lo necesario en la caída de mis pantalones y la masculinidad de mi camisa, pero su mirada pasó de largo por mi rostro sin el menor destello de reconocimiento. Para él, yo era una herramienta más para salvar su imperio. Para mi, él seguía siendo el chico dorado que la había destruido, ahora convertido en un titán de acero.

—Lo sé perfectamente, señor Livingston —dije, acercándome con una elegancia que gritaba autoridad. Quería parafernalia, pues se la daría—. Y le aseguro que, para cuando termine conmigo, tendrá a la mujer perfecta… aunque no sea la que usted espera.

Le sostuve la mirada de Cole, agradeciendo internamente los años de terapia y las incontables horas practicando mi cara de negocios frente al espejo. La oficina era opulenta, sí, pero el hombre frente a mi lo era aún más. Por mi habría sido perfecto seguir con el jueguito de las videollamadas, pero él témpano de hielo había cambiado a última hora la citación.

—Siéntese, por favor —repitió Cole, indicando con un gesto indolente de su mano derecha una de las sillas de cuero frente a su escritorio de caoba. Al hacerlo, el puño de su camisa blanca, impecable y nítida, se deslizó unos centímetros, revelando un reloj que probablemente costaba más que la deuda entera que en este momento me tenía aquí.

Esto es real. Estoy aquí. No es una pesadilla de esas en las que vuelvo a tener dieciocho años y quiero que la tierra me trague, pensé, mientras me sentaba con una gracia calculada, permitiendo que la tela fluida de mis pantalones palazzo se acomodara a su alrededor. Me obligué a concentrarme en los detalles, no en la emoción. Huele igual… a esa mezcla de madera, desprecio y éxito que solía hacerme temblar. Pero ya no soy esa niña.

Cole se sentó frente a mi, cruzando las piernas con una elegancia natural. El traje italiano gris carbón se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Era guapo el desgraciado y lo sabía.

—He leído su perfil, señorita Smith —comenzó él, su voz era un barítono profundo, suave pero con una base de acero. —Su agencia tiene… referencias interesantes. Dicen que es usted discreta y eficiente. Esas son las únicas dos cosas que me importan.

Discreta y eficiente. Si supieras, pensé, sintiendo una punzada de amargura. Me tomó años volverme invisible de nuevo después de lo que me hiciste, Cole. Y eficiente… soy tan eficiente que estoy a punto de venderte la soga con la que vas a atarte el cuello y ni siquiera lo sospechas.

—Tengo entendido que su situación es… urgente, señor Livingston —dije, mi voz era nítida, profesional, sin rastro del temblor que sentía en el pecho—. El consejo de administración no está contento con su soltería— y su abuela tampoco, quería decirle, pero eso no venía al caso—. Un imperio necesita un heredero, o al menos la promesa de uno.

Cole enarcó una de sus cejas, y por un microsegundo, la comisura de su boca se elevó en una mueca que podría haber sido una sonrisa o un desdén. —El consejo está compuesto por ancianos que creen que el mundo se rige por las reglas del siglo pasado. Pero sí, la percepción lo es todo en este negocio. Necesito una esposa. Una que sea… manejable. Que entienda que esto es una transacción—y que no me joda las pelotas, pensó. Pero eso no se lo diría a su casamentera.

Manejable. La palabra resonó en mi mente como una bofetada. Esa es la palabra que Larissa usó ese día. “No seas tan difícil, cariño, solo sé manejable”. Abigail clavó sus ojos azules en los negros de él. No tienes idea de lo poco manejable que puedo ser.

—Entiendo perfectamente —respondí, inclinándome ligeramente hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio, adoptando una postura de poder. —Usted busca una mujer que luzca bien en las galas, que sonría cuando sea necesario y que, sobre todo, no haga preguntas. Una mujer que firme un acuerdo prenupcial tan blindado que no pueda ni respirar sin su permiso.

Cole la observó con renovado interés. Sus ojos negros recorrieron su rostro, deteniéndose un momento en su boca, antes de volver a sus ojos. Por un segundo, Abigail sintió la misma electricidad que solía paralizarla en la universidad. Pero esta vez, no era admiración; era la adrenalina del cazador.

—Veo que hemos empezado con buen pie, señorita Smith —dijo Cole, y esta vez, su sonrisa seductora fue real, aunque fría como el hielo. —Me gusta la gente que va directo al grano. Dígame, ¿tiene ya alguna candidata en mente o tenemos que empezar a buscar en el mercado de saldos?

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