Ni Contigo Ni Sin Ti

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Capítulo 7 Dados cargados

Valeria

La presión constante de los dedos de Ian en mi cuello era un recordatorio eléctrico de que un solo error nos costaría la vida a ambos. El pomo de la puerta del baño volvió a vibrar con violencia. Ethan estaba a un segundo de irrumpir.

—¡Valeria! —repitió, su tono impaciente y gélido golpeando la madera.

Tragué saliva, forzando a mi voz a recuperar el tono de la heredera aburrida, distante y caprichosa que él esperaba encontrar.

—¡Estoy en la ducha, Ethan! —grité, cerrando los ojos con fuerza mientras apoyaba una mano sobre el pecho desnudo de Ian para mantenerlo quieto. Su corazón latía con una calma metódica que me pareció casi insultante—. Me tomaré mi tiempo. El maldito traslado me dejó agotada. Te veo abajo en una hora.

Hubo un silencio denso al otro lado de la puerta. Pude visualizar a Ethan calculando mis palabras, buscando una grieta en mi mentira.

—De acuerdo, mi vida —respondió finalmente, su voz amortiguada por la madera—. No tardes. Los inversores de Nueva York ya aterrizaron en el helipuerto.

Escuché sus pasos alejarse por el pasillo hasta que la puerta principal de la suite se cerró con un golpe seco.

Exhalé todo el aire que no sabía que estaba reteniendo. Solté el pecho de Ian y di un paso atrás para distanciarme, pero él no me soltó el mentón. Sus ojos negros brillaron con una intensidad devoradora que me cortó la respiración en medio del vapor del baño.

—Falsa, fría y perfecta —susurró Ian, soltándome con una parsimonia deliberada que me erizó la piel—. Eres una actriz nata, princesita. Úsalo esta noche.

—Vete de aquí antes de que regrese —siseé, tocando el dispositivo metálico oculto en el bolsillo de mi bata de satén. El disco se sentía helado contra mis dedos—. Conseguiré esos códigos, Ian. Pero si esto es solo una trampa tuya para terminar de hundir a mi familia, juro por Dios que yo misma me encargaré de destruirte.

Ian curveó los labios en una sonrisa gélida, una mueca de arrogancia pura.

—Preocúpate por no parpadear cuando dejes caer el clonador, Valeria. Del resto me encargo yo.

Sin decir una palabra más, dio media vuelta y se deslizó por la pequeña escotilla de acceso al panel de mantenimiento del edificio, desapareciendo en la penumbra como un fantasma.

Una hora después, bajaba la imponente escalinata del ático vistiendo un vestido negro de corte asimétrico, formal y sobrio, que se ceñía a mi figura como una segunda piel. Llevaba el cabello recogido en un moño alto y pulcro, y joyas de platino que mi padre me había regalado al asumir la vicepresidencia. En mi mano derecha, oculto entre los pliegues de un pequeño bolso de mano de diseñador, descansaba el clonador de datos.

El gran salón del ático ya estaba repleto. Seis hombres de trajes oscuros de corte italiano y corbatas de seda conversaban en un semicírculo cerca del ventanal principal. Ethan dominaba el centro del grupo, sosteniendo una tableta ejecutiva de titanio negro en la mano. Su maletín de cuero refinado descansaba sobre una mesa auxiliar de mármol, a escasos metros de su posición.

Al notar mi presencia, el grupo guardó un silencio respetuoso. Ethan sonrió con orgullo de propietario y caminó hacia mí para tomarme de la mano con firmeza.

—Caballeros, les presento a mi prometida, Valeria Lombardi —anunció, guiándome hacia los magnates—. Vicepresidenta de Industrias Lombardi y la razón por la que esta fusión creará el holding corporativo más poderoso del continente.

Los hombres hicieron reverencias educadas, pero sus ojos calculadores evaluaban mi juventud con el cinismo propio de Wall Street. Pasamos al comedor formal, donde una mesa de cristal largo estaba servida con vajilla de porcelana negra y copas de cristal de bohemia.

Me sentaron a la derecha de Ethan. El maletín de titanio y la tableta quedaron colocados en una credenza de madera noble justo detrás de su silla, a menos de un metro de mi posición. El corazón me dio un vuelco salvaje. Era la distancia perfecta.

Miré de reojo hacia la entrada del comedor. Ian estaba de pie junto a la puerta de servicio, vistiendo su traje gris ajustado, con los brazos cruzados a la espalda y la mirada perdida en el vacío. Su postura era la de un escolta aburrido, pero yo sabía que detrás de esa fachada sus ojos registraban cada movimiento de los meseros y cada parpadeo de Ethan.

—La cláusula de transición operativa ya fue revisada por nuestro equipo en Nueva York —comentó el inversor principal, un hombre maduro de cabello cano, mientras cortaba su filete—. Solo necesitamos la firma digital de Valeria esta noche para descongelar los fondos de rescate.

Ethan asintió, extendiendo la mano hacia atrás para tomar su tableta de la credenza.

—Valeria está más que lista para firmar —dijo Ethan, clavando sus ojos oscuros en los míos con una presión psicológica que me revolvió el estómago—. Ella sabe perfectamente que es lo mejor para su padre.

—Por supuesto —respondí, manteniendo mi sonrisa congelada.

Dejé caer intencionalmente mi servilleta de seda al suelo, justo en el espacio ciego entre la silla de Ethan y la credenza.

—Oh, qué torpe de mi parte —murmuré con elegancia.

Me incliné para recogerla. Con un movimiento rápido y ensayado, saqué el clonador de mi bolso y lo pegué magnéticamente debajo del borde inferior de la credenza de madera, justo debajo de donde Ethan había vuelto a colocar su tableta tras desbloquear el documento.

Presioné el pequeño botón del dispositivo con la uña. Una luz roja, casi invisible bajo la sombra del mueble, parpadeó una sola vez. El proceso de clonación de datos por proximidad había comenzado. Tenía diez minutos. Necesitaba mantener a Ethan inmóvil durante diez largos minutos.

Me incorporé con parsimonia, reacomodando la servilleta sobre mi regazo.

—Antes de firmar, caballeros —dije, elevando la voz para adueñarme de la atención de la mesa—, me gustaría revisar detenidamente el anexo de las patentes gubernamentales. Mi padre insistió en que ese punto quedara sellado estrictamente bajo la jurisdicción local, no la de Nueva York.

Ethan fruncio el ceño sutilmente. La máscara del novio perfecto flaqueó por un segundo imperceptible.

—Eso ya fue discutido y aprobado, Valeria —dijo en un tono que pretendía ser cariñoso, pero que arrastraba una advertencia helada—. Tus abogados dieron el visto bueno ayer por la tarde.

—Mis abogados responden a la junta directiva, Ethan, y yo respondo directamente a mi padre —repliqué con una altivez aristocrática que hizo que los inversores se miraran entre sí con incomodidad—. No firmaré nada sin verificar que el legado de Arturo Lombardi esté totalmente protegido. Muéstrame el documento en la pantalla principal.

Ethan contuvo el aire. Vi el músculo de su mandíbula tensarse con rabia. Odiaba que lo cuestionaran en público, y mucho más frente a sus socios internacionales.

—Bien —cedió, tecleando rápidamente en la tableta para proyectar el contrato en el enorme monitor de la pared—. Revisemos el anexo. Pero te aseguro que todo está en regla.

Miré disimuladamente el reloj de pared. Habían pasado apenas tres minutos. Faltaban siete.

Comencé a desglosar el contrato línea por línea, inventando tecnicismos financieros y cuestionando la distribución de dividendos. Los inversores de Nueva York se engancharon en la discusión, defendiendo sus márgenes, mientras Ethan operaba la tableta una y otra vez para mostrar las gráficas de rendimiento. Cada interacción con el dispositivo aceleraba la transferencia de datos hacia el clonador que Ian me había entregado.

Ocho minutos. Nueve minutos.

—Es una estructura financiera sólida, señorita Lombardi —insistió el inversor cano, visiblemente impaciente—. No hay espacio para el fraude. Su padre estará protegido.

Iba a responder cuando un pitido electrónico agudo y casi imperceptible sonó desde la credenza trasera. El clonador había terminado la transferencia.

Ethan se detuvo en seco en mitad de una frase. Su mirada se desvió lentamente hacia la madera detrás de su silla. Sus ojos se entornaron con una sospecha instantánea; él conocía de tecnología militar y espionaje tanto como Ian.

—¿Qué demonios fue ese sonido? —preguntó Ethan, dejando la tableta sobre la mesa y empezando a levantarse de la silla.

El pánico me congeló la sangre en las venas. Si se agachaba y miraba debajo del mueble, todo habría terminado para mí.

Miré desesperadamente hacia la puerta de servicio. Ian reaccionó en una fracción de segundo. Dio un paso al frente, invadiendo el espacio del comedor con una presencia física abrumadora y calculada.

—Señor De la Vega —interrumpió Ian con voz firme, atrayendo la atención de todos en la mesa—. El sistema de alerta perimetral del ala norte acaba de reportar una caída de voltaje en las cámaras del estacionamiento ejecutivo. Solicito autorización para bajar de inmediato con sus hombres a verificar el área.

Ethan se giró hacia Ian, olvidando la credenza por completo. Su paranoia ejecutiva se activó ante la sola mención de una falla de seguridad en su territorio.

—¿Caída de voltaje? —Ethan caminó a pasos agigantados hacia Ian, tomándolo por la solapa de la chaqueta con una furia contenida—. Te advertí que no quería una sola falla esta noche, Soler. Baja de inmediato y si encuentras a alguien merodeando, elimina la amenaza.

—Entendido, señor —respondió Ian con voz neutra, sin inmutarse lo más mínimo ante el agarre agresivo.

Ethan lo soltó de un empujón y miró a los inversores.

—Disculpen la interrupción, caballeros. La seguridad de este edificio es impenetrable, pero prefiero ser cauteloso. Valeria, firmarás el documento en cuanto el equipo de seguridad me confirme que todo está despejado.

Ethan caminó hacia el pasillo principal junto con dos de sus guardias armados para revisar el panel de control central, dejando el comedor en un tenso silencio.

Aproveché el caos momentáneo de los meseros retirando los platos para inclinarme hacia atrás, arrancar el clonador de datos de la madera y meterlo de nuevo dentro de mi bolso de mano. Las manos me temblaban con tal violencia que casi tiré la copa de cristal.

Minutos después, mi teléfono personal vibró dentro del bolso. Un mensaje de texto proveniente de un número encriptado apareció en la pantalla:

«Sótano tres. Ahora mismo. Trae el juguete.»

Miré a los inversores, que continuaban discutiendo acaloradamente sobre los márgenes de ganancia. Me levanté de la mesa disculpándome para ir al tocador, caminé a paso rápido hacia el pasillo trasero y abordé el ascensor de servicio, presionando el botón del subsuelo.

Las puertas se abrieron en la penumbra helada del sótano tres, entre el estruendo de los generadores y el olor a concreto húmedo. Caminé entre las columnas numeradas hasta que una mano de hierro me tomó del brazo y me arrastró bruscamente hacia el hueco oscuro del ascensor de carga.

Era Ian. Su rostro estaba tenso, y sus ojos negros brillaban con una urgencia salvaje bajo la luz parpadeante del neón.

—¿Lo tienes? —demandó en un susurro ronco, acorralándome contra la pared de hormigón.

Saqué el pequeño dispositivo dorado de mi bolso y se lo entregué. Ian lo tomó al instante, conectándolo a una pequeña tableta táctil que llevaba oculta bajo la chaqueta. Sus dedos volaron sobre la pantalla mientras varias líneas de código verde comenzaban a descifrar la información confidencial de Ethan.

De pronto, sus dedos se detuvieron en seco. El rostro de Ian se volvió completamente pálido, mutando hacia una expresión de pura furia y horror que nunca antes le había visto.

—Maldito hijo de perra... —escupió Ian, su voz temblando por un odio que me heló la sangre.

—¿Qué pasa, Ian? ¿Qué encontraste en ese contrato? —pregunté, dando un paso hacia él, contagiada por su pánico.

Ian me miró, y por primera vez no vi al verdugo calculador ni al escolta frío. Vi a un hombre atrapado en una pesadilla.

—El contrato de Ethan no solo despoja a tu padre por incapacidad médica, Valeria —dijo, mostrándome la pantalla de la tableta—. Mira la fecha de ejecución de los fondos de rescate. Están programados para liberarse únicamente tras el fallecimiento verificado de Arturo Lombardi. Ethan cortó el suministro de pagos a los hospitales que mantienen a tu padre con soporte vital desde esta misma mañana. Lo está matando de forma controlada para quedarse con todo mañana mismo.

El mundo entero se derrumbó a mi alrededor. Un grito de pavor absoluto se me ahogó en la garganta mientras las lágrimas cegaban mi vista. Mi prometido estaba asesinando a mi padre en ese preciso instante.

Antes de que pudiera emitir un solo sonido, el eco de unos pasos metálicos resonó en la rampa de concreto del sótano. La luz cegadora de una linterna táctil de alta potencia nos apuntó directamente al rostro, dejándonos totalmente expuestos.

—Vaya, vaya... Qué hermosa reunión de negocios en la oscuridad —la voz sociópata de Ethan de la Vega resonó desde las sombras, seguida por el sonido seco y nítido de tres pistolas siendo amartilladas por sus guardias corporativos—. Sabía que eras una perra traidora, Valeria. Pero no te preocupes, Soler. Tu viaje al infierno termina esta misma noche.

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