Ni Contigo Ni Sin Ti

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Capítulo 6 En el nido de víboras

Valeria

El ascensor panorámico subía a una velocidad vertiginosa. Cada piso que dejábamos atrás se sentía como un eslabón invisible apretándome el cuello. A través del cristal tintado, la ciudad se encogía bajo una tormenta feroz que comenzaba a azotar los rascacielos.

A mi lado, Ian permanecía completamente estático. Las manos entrelazadas a la espalda, la vista fija en las puertas cromadas y una postura tan rígida que parecía tallada en piedra. No nos mirábamos. No nos tocábamos. El inhibidor de frecuencias se había quedado en la camioneta blindada; aquí, en el corazón del territorio De la Vega, las paredes tenían oídos y ojos.

Las puertas se abrieron con un soplido hidráulico. Entramos directamente al recibidor del ático.

El lugar era un monumento al minimalismo agresivo. Mármol blanco refinado, esculturas de metal abstractas y ventanales monumentales de piso a techo que mostraban la caída del agua contra el cristal. Se sentía frío, desalmado. Una prisión de máxima seguridad diseñada exclusivamente para millonarios.

—Bienvenida a casa, mi amor.

Ethan emergió del gran salón sosteniendo una copa de vino tinto en la mano. Su sonrisa de portada de revista se ensanchó al ver las maletas de piel sobre el suelo.

—Es un lugar imponente, Ethan —forcé una sonrisa ejecutiva, ahogando la sensación de náusea que me subía por la garganta. Me acerqué a él y recibí su beso posesivo en la mejilla.

—Es el lugar que te mereces, Valeria. El escenario perfecto donde construiremos nuestro imperio unificado —dijo, entrelazando sus dedos con los míos. Su agarre era firme, casi doloroso, marcando territorio—. Veo que tu nuevo guardián se tomó muy en serio mis instrucciones sobre el traslado.

Ethan clavó sus ojos de serpiente en la figura de Ian. Él permanecía un paso por detrás de mí, erguido como una estatua imperturbable.

—Cumplo estrictamente las órdenes del señor Arturo Lombardi —respondió Ian con una voz monótona y desprovista de cualquier matiz de emoción—. Aseguro el perímetro inmediato antes de retirarme a mi puesto asignado.

—Tus funciones se expandieron desde esta mañana, Soler —Ethan dio un paso adelante y presionó un comando en la pantalla táctil incrustada en la pared de mármol—. Este ático cuenta con un ala de seguridad independiente. Te alojarás en la habitación de la planta baja, junto al acceso de servicio. Tendrás acceso exclusivo a los monitores de las cámaras externas. El piso superior y las suites privadas quedan estrictamente restringidos. Mis hombres personales manejan el anillo interno de protección.

Un frío glacial me recorrió la espina dorsal. Ethan nos estaba aislando con una precisión quirúrgica. Al relegar a Ian a la planta baja y poner a su propia gente a vigilar los pasillos superiores, anulaba cualquier capacidad de reacción de mi escolta y nos mantenía a ambos bajo una lupa.

Miré a Ian disimuladamente por el rabillo del ojo. Su rostro seguía siendo una máscara de absoluta indiferencia.

—Como disponga, señor De la Vega. Procederé a revisar los accesos de la planta baja —dijo Ian, haciendo una inclinación de cabeza breve y rígidamente formal.

—Retírate —ordenó Ethan sin mirarlo de nuevo, dando por terminada la interacción.

Ian dio media vuelta sobre sus talones y caminó hacia el ascensor de servicio. En cuanto las puertas metálicas se cerraron, Ethan me rodeó la cintura por detrás con una brusquedad que me cortó la respiración.

—Ese tipo me da mala espina, Valeria —susurró contra mi oreja, pegando su cuerpo al mío. Sentí un escalofrío de puro rechazo—. Hay algo en su historial militar que no me termina de cuadrar. Mis hombres lo van a tener bajo vigilancia las veinticuatro horas. Si intenta pasarse de listo con los secretos corporativos de tu padre, se va a arrepentir de haber nacido.

—Es solo un empleado eficiente y engreído, Ethan —me solté sutilmente de su agarre con el pretexto de dejar mi bolso de diseñador sobre la mesa de centro—. Ha sido un día agotador. Quiero ducharme y arreglarme antes de la cena con los inversores.

—Por supuesto, mi vida —accedió, pasándose los dedos por el cabello impecable—. Te veo abajo en dos horas. Los representantes del fondo extranjero quieren presenciar la firma previa de las bases del acuerdo prenupcial. No podemos hacerlos esperar.

Asentí con una leve inclinación de cabeza y subí la escalinata de mármol hacia el segundo nivel.

Mi suite era descomunal, decorada en tonos grises y blancos que acentuaban la sensación de estar en una celda de lujo. En cuanto cerré la puerta con seguro, me apoyé de espaldas contra la madera y me dejé deslizar lentamente hasta el suelo. Me cubrí el rostro con las manos mientras los hombros me temblaban por la tensión acumulada. Me sentía completamente asfixiada, atrapada en una red que se cerraba a mi alrededor.

Las palabras ruda e implacables de Ian en la camioneta regresaron a mi mente con la fuerza de un golpe: “Ethan te va a devorar viva”. Tenía toda la razón. Ethan no estaba buscando una esposa para compartir su vida; estaba ejecutando una toma de control hostil sobre mi familia.

Me obligué a levantarme, caminé hacia el baño principal de mármol negro y encendí la llave de la ducha a máxima temperatura. En cuestión de minutos, un denso vapor caliente comenzó a llenar la estancia, empañando los espejos y los cristales de la cabina. Me quité el abrigo, me desabroché el vestido y lo dejé caer al suelo. Quedé en ropa interior de encaje negro. Al mirarme en el reflejo borroso del espejo, la realidad me golpeó con fuerza: estaba sola en un nido de víboras. Y el único hombre que me decía la amarga verdad era el mismo que juraba odiar mi apellido.

Un chasquido casi imperceptible detrás de mí me hizo dar la vuelta de golpe. Ahogué un grito de pavor con la mano sobre la boca.

De la penumbra del vestidor privado, envuelta en la bruma del vapor caliente, una silueta alta y amenazante se materializó.

Era Ian.

Vestía completamente de negro, sin la chaqueta del traje. Sus ojos oscuros y hambrientos escanearon mi cuerpo semidesnudo con una lentitud casi indecente que me congeló la sangre. Me apresuré a tomar una bata de satén blanco del perchero y me la crucé sobre el pecho a toda prisa, pero el mal ya estaba hecho: el calor de mi piel se encendió en una llamarada instantánea ante su mirada.

—¿Estás demente? —siseé en un susurro desesperado, apretando la bata contra mi cuerpo—. Hay guardias armados en el pasillo. Si te encuentran en mi baño, te van a matar sin hacer preguntas.

Ian dio un paso lento hacia mí sobre el suelo húmedo. Ya no había un solo rastro de la postura sumisa del vestíbulo; frente a mí estaba el depredador implacable de la terraza, el hombre que controlaba cada pulso de mi cuerpo.

—Sus hombres son una atajo de aficionados, Valeria —susurró con esa voz grave y rasposa que me erizaba la piel—. Este rascacielos lo diseñó y construyó una filial de Industrias Lombardi hace cinco años. Tengo los planos arquitectónicos completos en mi memoria. Sé perfectamente por qué conductos de mantenimiento moverme y dónde están los puntos ciegos de su sistema de cámaras.

—No deberías estar aquí, Ian —mi corazón golpeaba contra mis costillas con una fuerza salvaje, traicionado por el pánico... y por la abrasadora proximidad de su cuerpo—. Ethan te está investigando. Sabe lo de tu padre. Si nos descubre a los dos en esta habitación...

—No estamos haciendo nada prohibido... todavía —sentenció Ian, acortando el último metro que nos separaba.

Estiró una mano y me tomó del mentón con los dedos de acero, obligándome a levantar el rostro para enfrentarlo. Mi respiración se cortó al sentir el contraste entre el vapor caliente del baño y la frialdad de su tacto.

—Vine a entregarte esto —murmuró.

Con la otra mano, deslizó un pequeño dispositivo metálico, plano y del tamaño de una moneda, directamente dentro del bolsillo de mi bata de satén. Sus nudillos rozaron deliberadamente la curva de mi cadera al hacerlo, enviando una descarga eléctrica que me hizo ahogar un gemido.

—Es un clonador de datos de frecuencia corta —explicó, sin soltar mi mentón—. Durante la cena, Ethan llevará su tableta táctil con el borrador final del contrato prenupcial y las claves de encriptación de la fusión. Lo único que tienes que hacer es colocar eso a menos de un metro de su chaqueta durante diez minutos.

Miré el bolsillo de mi bata con absoluto terror.

—Me estás pidiendo que lo espíe en mitad de una cena de negocios —siseé—. Si me atrapa manipulando sus pertenencias, el rescate financiero de la empresa se cancela esta misma noche.

—Tu padre ya está condenado si firmas ese documento, Valeria —su pulgar abandonó mi mentón y comenzó a acariciar mi labio inferior con una parsimonia posesiva que me hizo temblar de pies a cabeza—. El contrato contiene una cláusula oculta de cesión de derechos por "incapacidad médica permanente". Tu prometido sabe perfectamente que a tu padre le quedan meses de vida. Planea destituirlo de la junta directiva al día siguiente de la boda y hacerse con el control absoluto.

El aire abandonó mis pulmones por completo. Sentí un vértigo helado.

—¿Cómo... cómo sabes eso?

—Intercepté las comunicaciones encriptadas de sus abogados esta misma madrugada —respondió, inclinándose hasta que su aliento cálido se mezcló con el vapor de mi piel—. Ethan de la Vega no viene a salvar a los Lombardi; viene a rapiñar el cadáver de tu familia. Así que tú decides, princesita. O juegas bajo mis reglas y me consigues esos códigos... o dejas que ese tipo entierre a tu padre en la absoluta miseria.

De pronto, el sonido pesado de unos pasos apresurados en el pasillo de la suite me heló la sangre. La manija de la puerta principal del dormitorio giró con un chasquido.

—¡Valeria! ¿Todo bien ahí dentro? Se escucha agua correr desde hace rato —la voz imperiosa de Ethan resonó bruscamente desde el otro lado.

El pánico me atenazó la garganta. Miré a Ian a los ojos, esperando ver una chispa de alarma en su rostro. Pero él ni siquiera se inmutó. Al contrario, sus labios se curvaron en una sonrisa perversa, peligrosa. Deslizó los dedos desde mi labio hacia mi garganta, aplicando una presión suave, dominante, mientras su cuerpo musculoso se pegaba al mío en medio de la bruma del baño.

—Contéstale a tu prometido, princesita —susurró Ian contra mi oído, haciéndome jadear mientras su mano libre se ceñía en mi cintura acorralándome contra su pecho—. Y recuerda muy bien la regla número tres: haces exactamente todo lo que yo te ordene.

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