Ni Contigo Ni Sin Ti

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Capítulo 5 Reglas en la oscuridad

IAN

El olor a orquídeas recién cortadas inundaba el despacho con una dulzura sofocante. Sostenía la mirada de Valeria a escasos centímetros. Tenía pánico; lo leía en la curva acelerada de su cuello y en su respiración corta, contenida.

Acerqué mi mano a su rostro con una lentitud premeditada, descarada. Rozé el dorso de mis nudillos contra su mejilla tibia. Se tensó de inmediato, pero no se apartó ni un milímetro. Sabía perfectamente que el transmisor oculto en el ramo captaba cada movimiento de aire.

—Señorita Lombardi —elevé la voz, inyectando un tono frío, distante y rígidamente profesional—, si no hay más instrucciones sobre el traslado a la residencia del señor De la Vega, me retiro. Estaré en el sótano uno a las dos en punto. No tolero la impuntualidad.

Valeria tragó saliva. Entendió el juego al instante; era una actriz consumada cuando la supervivencia de su imperio estaba en juego. Apartó mi mano de un manotazo seco, produciendo un sonido nítido para el micrófono.

—Puede retirarse, Soler —respondió con un desprecio aristocrático impecable—. Y asegúrese de que sus hombres no ensucien el vestíbulo principal. El personal de seguridad debe mantenerse estrictamente en los pasillos de servicio.

Sonreí para mis adentros, disfrutando del fuego en sus ojos. La princesa actuaba endiabladamente bien bajo presión.

Hice una inclinación formal, tomé mi teléfono de la mesa y salí de la oficina. En el pasillo, la máscara de escolta sumiso desapareció por completo.

Caminé a pasos rápidos hacia el ascensor privado. Presioné el botón del sótano tres y me llevé la mano al auricular encriptado de mi oreja.

—Marcus, dime que interceptaste la señal —ordené en un susurro gélido.

—En el acto, jefe —respondió mi analista desde la central de monitoreo—. Transmite en una frecuencia militar de corto alcance. Ethan tiene el receptor instalado en su vehículo de alta gama. Logramos clonar el canal en tiempo real. Todo lo que se hable en ese despacho llega exactamente igual a nosotros.

—Buen trabajo. Mantén el filtro de ruido activado y graba cada segundo.

—Entendido. Por cierto... Roxy Vega está en el perímetro exterior de la torre. Merodea el estacionamiento ejecutivo. Preguntó por ti a la guardia de la entrada.

La mandíbula se me tensó hasta la rigidez muscular.

—Sáquenla de la propiedad de inmediato. Si vuelve a poner un pie en el perímetro, procésenla por invasión de propiedad privada. Aquí nos jugamos el cuello todos, no voy a permitir que sus rabietas nos delaten.

Corté la comunicación antes de que pudiera replicar. El ascensor se abrió en el sótano tres. Hormigón desnudo, olor a combustible y el zumbido ensordecedor de los generadores de ventilación. Mi hábitat natural.

Caminé hacia la caminoneta blindada negra, una nave de acero y cristales ahumados diseñada para resistir impactos de calibre pesado. Me apoyé contra el capó todavía tibio y encendió un cigarrillo, dejando que el humo amargo me limpiara la garganta.

El tablero se complicaba a cada segundo. Ethan de la Vega estaba jugando con cartas marcadas. Adelantar la mudanza de Valeria a su ático significaba encerrarla en su propio territorio, aislarla de su padre y rodearla de un ejército de guardias privados pagados por su familia. Si Ethan tomaba el control absoluto de sus movimientos, Industrias Lombardi caería como un castillo de naipes. Mi venganza por la muerte de mi padre y por la ruina de los míos se esfumaría en los juzgados corporativos.

No podía permitirlo. Valeria era mi única llave para reventar ese matrimonio por conveniencia y cobrar la deuda de sangre que me debían.

Miré mi reloj táctico. Las 13:55.

Tiré la colilla al suelo de concreto, la aplasté con la punta de la bota militar y subí a la cabina de la SUV. Conduje por la rampa interna hasta el sótano uno, deteniéndome justo frente a las puertas del ascensor ejecutivo.

A las dos en punto, las puertas metálicas se abrieron.

Valeria salió vistiendo un abrigo largo de paño oscuro que no lograba ocultar la elegancia de su silueta, gafas de sol oscuras cubriéndole la mitad del rostro. Detrás de ella, dos asistentes cargaban maletas de piel. La mudanza forzada había comenzado.

Bajé del vehículo, me adelanté para abrir la puerta trasera y esperé erguido. No me dirigió la mirada. Subió al asiento de cuero con movimientos fluidos, casi regios. Cerré la puerta con un golpe firme, me acomodé al volante y arranqué hacia el tráfico denso bajo una lluvia gris y helada.

Mantuve un silencio absoluto durante los primeros diez minutos. La observaba a través del espejo retrovisor. Se había quitado las gafas de sol; sus ojos oscuros miraban hacia la ciudad a través de la ventana tintada, con los dedos entrelazados firmemente sobre el regazo para disimular un temblor imperceptible.

Deslicé la mano hacia el salpicadero y presioné un interruptor oculto debajo de la guantera. Un zumbido ultrasónico, imperceptible para el oído humano, recorrió el habitáculo. El inhibidor de frecuencias de grado militar estaba activo. El vehículo era un búnker insonorizado.

—Ya puedes hablar, princesita —dije, bajando la velocidad al entrar en un tramo de calle secundario—. Estamos completamente limpios. Ningún micrófono puede atravesar este aislamiento.

Valeria exhaló un suspiro largo y tembloroso. En lugar de quedarse en su sitio, se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio entre los dos asientos delanteros. Apoyó sus manos de uñas pulidas sobre la consola central, tan cerca de mi hombro que podía sentir la ráfaga de calor que emanaba de su cuerpo.

—Tenemos que destruir ese micrófono hoy mismo, Ian —siseó con una furia contenida que le hacía temblar la voz—. No voy a permitir que ese enfermo controle cada palabra que digo en mi propio despacho.

—Si destruimos el micrófono, sabrá de inmediato que lo descubriste —repliqué sin desviar la vista del asfalto mojado—. Perderíamos la única ventaja táctica que tenemos. Mientras crea que nos tiene vigilados y que nos aborrecemos, podemos usar ese canal para alimentarlo con información falsa.

Valeria soltó una risa amarga, un sonido cargado de frustración.

—¿"Nos" convenga? —repitió con ironía—. Tú estás aquí cobrando un sueldo para evitar que me maten o me secuestren, no para jugar a ser mi estratega. Mi única prioridad es salvar la empresa y evitar que mi padre sufra un infarto.

—Tu empresa ya está muerta, Valeria. Lo único que pasa es que tu padre aún no ha firmado el acta de defunción —solté, fijando mi mirada en ella a través del retrovisor—. Si entras a ese ático con los ojos vendados, Ethan te va a devorar viva antes de que termine la semana. No le importas tú; no le importa tu apellido. Quiere los contratos gubernamentales de extracción y los derechos de patente de la firma.

Se quedó en silencio. Vi una chispa de dolor cruzando sus ojos antes de que apretara la mandíbula y endureciera de nuevo la expresión.

—¿Y tú qué quieres, Ian? —desafío, acercándose aún más a mí. Su aliento cálido me rozó la mejilla, oliendo a menta y a esa esencia floral adictiva que era solo suya—. ¿Por qué te arriesgas tanto? Sé perfectamente lo que ocurrió en la fábrica hace tres años. Sé que tu padre murió en ese incendio. ¿Por qué juegas a ser mi protector si en el fondo deseas verme caer?

El semáforo se puso en rojo. Metí el freno de mano con un movimiento seco.

La tentación fue más fuerte que cualquier entrenamiento de contención. Apagué el motor, me quité el cinturón de seguridad y me giré bruscamente en el asiento, acorralándola contra el respaldo de la consola.

—¡Ian! —ahogó un grito de sorpresa cuando mi mano izquierda se encajó en su nuca, enredando mis dedos en su cabello oscuro y tirando de ella hacia mí hasta que nuestras bocas quedaron a milímetros de distancia.

El espacio reducido del coche se volvió un infierno de calor. Podía sentir el pulso desbocado en la carótida de Valeria latiendo contra la palma de mi mano.

—No soy el héroe de nadie, princesita —susurré con una voz grave, ronca, cargada de una amenaza carnal que la hizo jadear—. Vengo a cobrar una maldita deuda. Y prefiero ser yo quien decida cómo y cuándo se destruye el imperio Lombardi, antes que dejárselo en bandeja a un tipejo como De la Vega. Pero si vas a estar bajo mi custodia en ese ático, vas a seguir mis reglas al pie de la letra.

—¿Cuáles son tus malditas reglas? —desafió con la respiración agitada, clavando sus ojos en mis labios, traicionándose a sí misma mientras sus manos se apoyaban en la tela dura de mi chaqueta.

—Regla número uno: frente a las cámaras de Ethan y sus guardias, somos enemigos mortales. Me vas a tratar como la escoria de clase baja que juras que soy —siseé, bajando la mano de su nuca hacia la curva de su garganta, sintiendo cómo se le erizaba la piel—. Regla número dos: no vas a firmar ni un solo documento corporativo sin que yo lo revise primero.

Me Incliné más, rozando la comisura de sus labios con los míos en un contacto eléctrico que la hizo soltar un gemido ahogado. Sentí su cuerpo ceder, pegándose instintivamente al mío en busca de más.

—¿Y la regla número tres? —susurró ella, con la voz rota por el deseo contenido, entornando los ojos mientras sus dedos se apretaban en mi pecho.

—Regla número tres... —apreté los dedos en su cintura, pegándola hacia mí hasta que sintió la firmeza de mi cuerpo enardecido por la proximidad—... cuando estemos a solas en la oscuridad, fuera del alcance de sus micrófonos, harás exactamente todo lo que yo te diga si quieres salir viva y entera de esa jaula.

Valeria entreabrió la boca para responder o para entregarse al beso que ambos estábamos desesperados por darnos, pero el claxon impaciente del coche de atrás nos devolvió a la realidad.

El semáforo había cambiado a verde.

Le solté la cintura con una parsimonia deliberada, dejando que su piel se enfriara de golpe. Me giré hacia el volante, encendí el motor y aceleré con brusquedad, obligándola a reacomodarse en el asiento trasero con el pecho agitado y los labios inflamados.

Doblamos la esquina. Al fondo de la avenida, la Torre De la Vega se alzaba hacia el cielo gris como un monumento de cristal negro y acero. Tres guardias fuertemente armados nos esperaban en la entrada del garaje privado.

Miré por el espejo retrovisor. Valeria se estaba reacomodando el abrigo con dedos temblorosos y colocándose de nuevo las gafas de sol oscuras. En cuestión de segundos, la mujer vulnerada y deseosa desapareció, dando paso a la implacable e inalcanzable heredera Lombardi.

—Bienvenida al territorio enemigo, señorita Lombardi —murmuré con ironía, presionando el botón para apagar el inhibidor de frecuencias—. Recuerde nuestra actuación.

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