Ni Contigo Ni Sin Ti

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Capítulo 4 Espías y orquídeas

VALERIA

El café negro de mi taza corporativa ya estaba completamente frío, pero no me importaba. Tenía la mirada fija en el pequeño trozo de plata deformada que descansaba sobre el cristal translúcido de mi escritorio. El broche con la insignia de Industrias Lombardi, el mismo que Ian había dejado caer con calculada frialdad la noche anterior, parecía una burla silenciosa en medio de la pulcritud obsesiva de mi oficina.

Apenas eran las siete de la mañana. Desde el piso cuarenta del cuartel general del imperio Lombardi, la ciudad se desplegaba como un mapa diminuto y controlable bajo la bruma matutina. Pero mi vida no lo era. Se estaba deshilachando por los bordes a una velocidad aterradora.

El sonido agudo del intercomunicador rompió el silencio de la estancia, haciéndome dar un respingo involuntario.

—Señorita Lombardi —la voz de mi secretaria resonó a través del altavoz con un filtro inusual de nerviosismo—. El nuevo Director de Seguridad Global está aquí. Dice que tiene órdenes directas de su padre para asumir su custodia de manera inmediata.

Sentí una sacudida helada en el estómago, una mezcla de aprensión y una expectación vergonzosa que me negaba a admitir. Obligué a mi voz a sonar imperturbable, ejecutiva.

—Déjalo pasar, Sandra. Y cancela mis llamadas de la próxima hora.

Dejé el broche aplastado dentro del cajón superior de mi escritorio y le pasé la llave con un chasquido seco justo cuando las monumentales puertas de nogal de la oficina se abrían de par en par.

Ian Soler entró con la soltura y la confianza de un hombre que se sabía dueño de cada centímetro del edificio. Ya no vestía el uniforme táctico ni el esmoquin de etiqueta de la noche anterior. Llevaba un traje de sastre gris oscuro hecho a medida, sin corbata, con los dos primeros botones de la camisa blanca abiertos, dejando al descubierto la base de su cuello fuerte y bronceado. Sus hombros anchos dominaban el espacio al instante, imponiendo una presencia física casi abrumadora. Sus ojos oscuros, tan negros como una noche sin estrellas, se clavaron en los míos con una fijeza que me robó el aire.

Detrás de él, las puertas se cerraron con un clic pesado. El aislamiento fue instantáneo. Estábamos completamente solos.

—Bonita oficina, princesita —dijo Ian, caminando hacia mí sin pedir permiso alguno. Se detuvo justo al otro lado de la mesa de cristal, apoyando ambas palmas sobre la superficie pulida e inspeccionando el lugar con una ironía letal—. Tiene una vista panorámica excelente para ver cómo se derrumba un imperio.

—Estás en mi territorio, Ian —repliqué, sosteniéndole la mirada mientras cruzaba los brazos sobre el pecho, intentando erigir mi máscara de vicepresidenta como un escudo—. Te sugiero que midas tu vocabulario y recuerdes que, aunque hayas engañado a mi padre con tus informes de auditoría, sigues siendo un empleado. Puedo redactar tu carta de despido antes del mediodía.

Ian soltó una risa ronca, un sonido bajo que me vibró directo en la espina dorsal como un chispazo eléctrico. Se inclinó un poco más hacia adelante sobre el escritorio, reduciendo la distancia entre nosotros y obligándome a respirar el aroma a lluvia, cuero y tabaco que su piel desprendía; el mismo aroma salvaje que me había hecho perder la cabeza en la terraza.

—Pruébalo —retó en un susurro, con una sonrisa fría que jamás llegó a tocar sus ojos—. Ve con tu padre ahora mismo. Dile que quieres despachar al hombre que salvó las cuentas de la empresa en el extranjero. Y de paso, explícale la verdadera razón por la que no me quieres cerca. Cuéntale lo que pasó anoche detrás de las columnas de mármol. Estoy seguro de que a Arturo le fascinará saber cómo su perfecta heredera se deshacía entre los brazos del "muerto de hambre" al que su dinastía arruinó.

El calor me subió al rostro en una oleada abrasadora, una mezcla sofocante de rabia y una humillante debilidad. Clavé las uñas en mis propios brazos para evitar que el temblor de mis manos me delatara.

—Eso fue un error. Te lo dije anoche y te lo repito hoy —siseé, bajando la voz hasta convertirla en un filo de hielo—. No eres más que un chantajista que busca aprovecharse de la vulnerabilidad financiera de mi familia. Si crees que un beso desesperado te da poder sobre mí, estás muy equivocado.

Ian rompió la frontera física que el escritorio imponía. Rodeó el mueble con pasos lentos, calculados, casi felinos, hasta detenerse justo al lado de mi silla ejecutiva. Su presencia física me sofocaba, borrando por completo mi espacio vital. Con una lentitud tortuosa que me paralizó los músculos, estiró su mano derecha y tocó la base de mi cuello, rozando con el dorso de sus dedos la piel desnuda que dejaba al descubierto mi peinado recogido.

Di un respingo, pero la parálisis me impidió apartarme. Mi cuerpo traicionero se encendió al instante ante su contacto, levantando una ola de vello erizado por toda mi piel.

—No fue solo un beso, Valeria, y los dos lo sabemos perfectamente —susurró cerca de mi oreja, su aliento cálido rozándome el lóbulo—. Tu boca me decía que me odiaba, pero tus manos se clavaban en mi espalda rogándome que te rompiera el vestido. Puedes mentirle a Ethan de la Vega, puedes mentirle a la prensa rosa, pero a mí no. Conozco cada uno de tus secretos. Sé lo que ocultas de aquella noche de hace tres años. Y a partir de hoy, soy tu sombra. Voy a estar en tu coche, en la puerta de tu casa, en cada una de tus reuniones de negocios. No vas a dar un solo paso sin que yo lo autorice.

—Mi padre te contrató para protegerme, no para encarcelarme —repliqué, girando abruptamente la silla para encararlo, quedando a escasos centímetros de su pecho ancho.

—En tu caso, princesita, es exactamente lo mismo —sentenció él, retirando la mano con una parsimonia insultante que me dejó la piel ardiendo—. Para proteger el legado Lombardi, primero tengo que asegurarme de que tú no cometas una estupidez. Tu prometido no es ningún santo, y tú lo sabes mejor que nadie.

Antes de que pudiera responder a semejante provocación, el sonido brusco de la cerradura de la puerta principal nos obligó a reaccionar.

Ian dio dos pasos hacia atrás con una agilidad felina e impecable, recuperando instantáneamente su postura recta y profesional de escolta. Yo me reacomodé en la silla de un golpe, abriendo una carpeta de estados financieros al azar en la pantalla de mi ordenador para simular absoluta normalidad.

La puerta se abrió de par en par y Ethan de la Vega entró en el despacho.

Lucía un traje azul marino de tres piezas impecable y sostenía un enorme arreglo de orquídeas blancas en los brazos. Su sonrisa era deslumbrante, de portada de revista, pero en cuanto sus ojos escanearon la habitación y se detuvieron en la figura de Ian, un brillo de pura malicia cruzó su mirada.

—Buenos días, mi vida —dijo Ethan, ignorando olímpicamente la presencia de Ian mientras caminaba con paso firme hacia mi escritorio. Dejó el ramo sobre el cristal y se inclinó para plantarme un beso firme y posesivo cerca de la comisura de los labios—. Espero no interrumpir tus labores de alta finanza.

—Ethan... no te esperaba tan temprano —dije, luchando por controlar la velocidad vertiginosa de mi corazón—. Estaba revisando los nuevos protocolos de seguridad con el señor Soler.

Ethan se giró lentamente hacia Ian, entornando los ojos con esa condescendencia aristocrática y letal que lo caracterizaba.

—Ah, sí. El nuevo guardián de la corona —comentó Ethan, metiendo la mano libre en el bolsillo del pantalón—. Qué oportuno. Justo venía a hablar con Valeria de un pequeño cambio de planes para nuestra agenda de esta semana. Arturo me dio su bendición personal esta misma mañana.

Una alarma roja se encendió en mi mente. Miré a Ethan con profunda desconfianza.

—¿De qué cambio de planes hablas?

Ethan sonrió, disfrutando visiblemente del suspenso. Sacó una pequeña tarjeta electrónica dorada de su bolsillo y la deslizó sobre el cristal de mi escritorio, justo al lado del arreglo floral.

—A partir de hoy, las Industrias Lombardi y el Grupo De la Vega unificarán sus sistemas de inteligencia de datos. Y como tu seguridad es mi prioridad absoluta, mi amor, he decidido que compartiremos residencia desde este mismo fin de semana en el ático de la avenida principal. Ya mandé mudar algunas de mis cosas esta mañana.

Me quedé completamente helada. La sangre se me drenó del rostro.

—Ethan, acordamos claramente que viviríamos juntos después de la ceremonia. Falta un mes entero para la boda.

—Los tiempos cambian, Valeria. Con las recientes filtraciones corporativas y las amenazas anónimas, es infinitamente mejor que estés bajo mi techo y mi supervisión —su tono era suave, acariciador, pero sus ojos proyectaban una orden indiscutible—. Lo que significa, Soler —continuó, girándose hacia Ian con una sonrisa teñida de veneno puro—, que tu trabajo se vuelve el doble de exigente. Ya no solo responderás ante Arturo Lombardi. A partir de hoy, cada informe de los movimientos de Valeria, cada lugar que visite y cada persona con la que hable, pasará primero por mi despacho. Tú me reportas a mí.

Miré a Ian de reojo. Esperaba ver una chispa de furia en sus ojos, el inicio de un enfrentamiento que destruyera la oficina. Sin embargo, lo que vi me congeló el pecho.

Ian no se inmutó. Al contrario, asintió con una inclinación de cabeza perfecta, casi sumisa, manteniendo una máscara de profesionalismo absoluto que me resultó terrorífica.

—Entendido, señor De la Vega —respondió Ian, con una voz extrañamente calmada y carente de emoción—. Le aseguro que el control sobre la señorita Valeria será absoluto. Ningún detalle se me va a escapar. Estará perfectamente vigilada bajo nuestro nuevo... acuerdo.

Ethan ensanchó su sonrisa, palmeando el hombro de Ian de la misma forma condescendiente en que lo había hecho en el sótano la noche anterior.

—Excelente. Sabía que nos entenderíamos de maravilla, Soler. Te dejo para que sigas haciendo tu trabajo. Mi vida, te veo en la cena de los inversores. No llegues tarde.

Ethan me guiñó un ojo, dio media vuelta y salió de la oficina, cerrando la puerta tras de sí con una firmeza que resonó en el amplio espacio como la sentencia de un tribunal.

Me levanté de la silla de golpe, sintiendo que las paredes de cristal se me venían encima. Miré a Ian, que seguía estático en el mismo lugar, pero su sumisión frente a Ethan se había evaporado por completo. Su rostro volvía a ser una tormenta de rabia contenida.

—¿Qué demonios fue eso, Ian? —le exigí, con la voz quebrada por una mezcla de pánico y traición—. ¿Le vas a reportar mis movimientos a Ethan? ¿Te has vendido a él también?

Ian caminó hacia el escritorio de cristal. No me respondió con palabras. En su lugar, sacó un dispositivo compacto de su bolsillo, presionó un botón en la pantalla y lo colocó sobre la mesa. El aparato comenzó a emitir una gráfica de frecuencia en tiempo real que parpadeaba con ondas rojas e intensas.

—Ethan de la Vega acaba de intervenir las líneas de este piso completo mientras subía en el ascensor, Valeria —dijo Ian, su voz bajando a un susurro gélido que me erizó hasta el último vello de la nuca—. Y el ramo de orquídeas que te acaba de regalar tiene un micrófono de alta frecuencia oculto en la base del tallo. Nos está escuchando en este preciso instante.

El corazón se me detuvo. Miré el hermoso ramo de flores con absoluto terror. Estábamos acorralados en nuestra propia oficina.

Ian dio un paso definitivo hacia mí, acortando la distancia física entre los dos. Sus ojos oscuros brillaron con una promesa salvaje que me hizo temblar de pies a cabeza.

—Así que a partir de este segundo, princesita, vamos a tener que actuar muy bien —siseó, inclinándose tanto que sus labios rozaron la curva de mi oreja—. Si quieres sobrevivir a tu prometido, vas a tener que fingir que me odias con el alma frente a las cámaras... mientras en privado haces exactamente todo lo que yo te ordene. El juego de Ethan comenzó, pero yo tengo los dados cargados. Bienvenidos al infierno.

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