Capítulo 3 Sangre y veneno
IAN
Maldita sea mil veces su apellido, sus millones y cada maldito centímetro de su piel de porcelana.
Caminaba a paso furioso y pesado por los laberínticos pasillos subterráneos de la mansión Lombardi. El sonido de las suelas de mis botas militares resonaba contra el hormigón desnudo con una rabia sorda que me quemaba las entrañas. Me quité bruscamente la corbata del traje de diseñador que me habían obligado a vestir para el estrado y la arrojé sin contemplaciones contra el suelo. Me desabroché los dos primeros botones de la camisa de seda, sintiendo que la opulencia asquerosa de ese lugar me apretaba el cuello hasta dejarme sin una sola gota de aire.
El olor a desinfectante industrial de los sótanos y el vapor grasiento de las cocinas del catering se mezclaban en el ambiente, pero nada lograba purgar mis sentidos.
Mis manos aún vibraban con la memoria eléctrica de su cintura estrecha. Mis labios todavía guardaban el sabor maldito, dulce y prohibido de su boca; esa contradicción viviente llamada Valeria Lombardi. Una mezcla de altivez aristocrática que intentaba pisotearme con la mirada, combinada con la rendición absoluta, carnal y desesperada que me entregaba en bandeja de plata cuando la acorralaba contra el mármol de la terraza. Sentir su pulso acelerarse bajo mis dedos, escuchar ese gemido ahogado cuando pegué mi pelvis a la suya... eso me estaba volviendo loco.
Me detuve en seco frente a una máquina expendedora en un pasillo solitario, mal iluminado por parpadeantes tubos de neón. La frustración acumulada explotó en un milisegundo. Descargué un puñetazo salvaje contra la pantalla de plexiglás del aparato.
El estruendo del metal y el crujido del plástico resonaron con violencia en el subsuelo. Me miré los nudillos; la piel se había roto, dejando escapar hilos de sangre roja que contrastaban de forma grotesca con la pulcritud de mi camisa blanca. Respiré hondo, odiándome con cada jodida bocanada de aire.
Me odiaba por ser tan jodidamente débil ante ella. Me odiaba porque bastaba que me mirara con esos ojos de gata aristócrata para que mis planes de venganza, la justicia por la memoria de mi familia y mi propio orgullo se disolvieran en puro deseo animal. Había tardado tres largos años en escalar hasta la cima de la seguridad corporativa; me había ganado la confianza de Arturo Lombardi exponiendo a sus propios directivos corruptos solo para meterme en las entrañas de su imperio y destruirlos desde dentro. Y en una sola noche, un maldito beso de su hija casi manda todo mi plan al demonio.
—Vaya, vaya... Ten cuidado, Soler. Si rompes esa máquina, tu nuevo suegro corporativo te lo va a descontar de tus millonarios honorarios de ejecutivo.
Me giré con la velocidad y la hostilidad de un depredador herido.
Apoyada contra el muro de concreto, con los brazos cruzados y una sonrisa cargada de un veneno insoportable, estaba Roxy Vega. Llevaba el uniforme negro y delantal blanco de las meseras del catering, pero sus ojos rasgados y oscuros brillaban con una astucia peligrosa que encendió todas mis alarmas. Roxy no pertenecía a este mundo de alfombras rojas, y su presencia aquí era un peligro andante.
—No estoy de humor para tus estupideces, Roxy. Vuelve a la cocina a lavar platos antes de que te reporte con el supervisor del evento y te echen a patadas —escupí con desprecio, dándole la espalda para limpiar la sangre de mis nudillos con un pañuelo de tela.
Roxy soltó una risa seca, aguda e hiriente que rebotó en las paredes de cemento. Escuché sus pasos rápidos acercándose hasta que sentí el calor de su presencia pegada a mi espalda.
—¿Crees que soy estúpida, Ian? Te vi desaparecer en los jardines de la terraza justo antes de que tu nuevo jefe te presentara en el escenario como el gran salvador de los Lombardi —siseó, inyectando veneno en cada palabra—. Te estás jugando la vida. Te estás metiendo en la boca del lobo vistiendo esos trajes caros que huelen a traición, y lo peor es que estás cayendo redondito por la mujer que destruyó a nuestra gente. Por la heredera de los tipos que causaron la tragedia de la fábrica.
—Tú no sabes una puta mierda de mis planes, Roxy. Así que cierra la boca si no quieres que te la cierre yo de una vez por todas —advertí, dándome la vuelta por completo. Mi voz bajó a un rugido sordo, peligroso.
—Sé lo suficiente —retó ella, dando un paso al frente y acortando la distancia con una temeridad suicida—. Sé que hace tres años, mientras la fábrica textil de los Lombardi se caía a pedazos por falta de mantenimiento y el accidente dejaba a tu padre muerto y a mi familia en la miseria absoluta, ellos usaron sus millones para comprar al juez, alterar las pericias y culpar a los operarios. Sé que te dejaron solo, Ian. Y sé perfectamente que esa mujer a la que acabas de besar en la oscuridad está allá arriba ahora mismo, sonriendo bajo una lluvia de diamantes al lado de su prometido multimillonario, Ethan de la Vega.
Cada una de sus palabras derramó sal sobre una herida viva. Sabía perfectamente que la distancia entre Valeria y yo estaba cimentada sobre una tragedia de sangre y traición familiar. Pero el recuerdo carnal de su cuerpo temblando bajo el mío, de sus dedos aferrados a mi cabello rogándome silenciosamente que no me detuviera en la terraza, me gritaba que lo nuestro no era un capricho de niña rica de la alta sociedad. Era una puta enfermedad mutua de la que ninguno podía escapar.
—Te lo voy a advertir una sola vez, Roxy —dije, fijando en ella una mirada gélida que la obligó a dar un paso atrás por puro instinto de supervivencia—. Lo que yo haga o deje de hacer con Valeria Lombardi es mi maldito problema. Yo no me he vendido a los ricos; estoy aquí para cobrar lo que nos deben, centavo a centavo. Preocúpate por cuidar tu bandeja y no te metas en mi camino si no quieres salir esquilada.
La empujé levemente al pasar, golpeando mi hombro fuertemente contra el suyo. Caminé pasillo abajo hacia la salida del personal técnico sin mirar atrás.
Tenía que salir de ese sótano antes de perder el control por completo. Sin embargo, antes de llegar a la puerta de metal que conectaba con el estacionamiento subterráneo, el clic metálico de un encendedor detuvo mis pasos.
De las sombras del hueco del ascensor de carga emergió una figura que no esperaba ver allí abajo. No era un empleado del catering. Era un hombre con un traje hecho a medida, sosteniendo un cigarrillo fino entre los dedos.
Ethan de la Vega.
El prometido de Valeria me miraba con una expresión de absoluta diversión calculadora. Roxy, que seguía unos metros más atrás, ahogó un grito de sorpresa y se escabulló rápidamente por un pasillo lateral, dejándome a solas con el heredero de los De la Vega.
—Una reunión familiar muy conmovedora, Soler —dijo Ethan, dejando escapar el humo del cigarrillo de forma pausada. Sus ojos brillaban con la frialdad de un reptil—. Así que... el nuevo Director de Seguridad Global resulta tener conexiones muy bajas. Una mesera resentida, una fábrica quemada en el pasado... Interesante historial para el hombre en quien Arturo Lombardi confía la vida de su única hija.
Sentí que los músculos de mi mandíbula se tensaban hasta el límite del dolor. Llevé las manos a los bolsillos del pantalón para ocultar mis nudillos ensangrentados. El plan de infiltración corría un peligro mortal si este imbécil abría la boca.
—Un buen director de seguridad conoce todos los estratos, señor De la Vega —respondí, manteniendo mi voz perfectamente neutral, ocultando la corriente de violencia que amenazaba con hacerme saltar sobre su cuello—. Estaba haciendo mi trabajo: asegurar el perímetro inferior y neutralizar cualquier brecha del personal de servicio.
Ethan dio un paso hacia mí, tirando la colilla del cigarrillo al suelo y aplastándola con la punta de su zapato de charol italiano. Se detuvo a menos de un palmo de mi rostro. Su perfume importado inundó el aire del pasillo.
—No me jodas, Soler —susurró, y por primera vez, la máscara del novio perfecto cayó, revelando al monstruo sociópata que Valeria tanto temía—. Sé que hay algo podrido contigo. Sé que miras a Valeria como si quisieras devorarla... o destruirla. Y te voy a advertir algo: esa mujer es mi pase de entrada al control total de Industrias Lombardi. No me importa lo que tengas que hacer en los pasillos de seguridad, pero si te interpones en mi boda o pones un solo dedo sobre ella, te juro que no vas a terminar en la calle. Vas a terminar enterrado bajo los cimientos de la misma fábrica donde murió tu maldito padre.
Ethan sonrió, me dio una palmada condescendiente en el hombro y pasó de largo hacia el ascensor de carga, dejándome solo en la penumbra del sótano.
Me quedé estático, sintiendo el eco de su amenaza vibrando en el concreto. Ethan de la Vega sabía más de lo que aparentaba. No solo conocía el accidente de la fábrica; me estaba vigilando activamente. Mi posición como guardaespaldas de Valeria ya no era solo la herramienta perfecta para mi venganza; ahora era un juego de supervivencia extrema a tres bandas.
Saqué las manos de los bolsillos. Miré la sangre fresca de mis nudillos. Luego, saqué mi teléfono satelital y marqué un número encriptado. Al tercer tono, una voz grave respondió al otro lado de la línea.
—¿El objetivo está asegurado? —preguntó la voz.
Miré hacia el ascensor por donde Ethan había subido.
—El plan sigue en marcha —respondí, con la voz helada—. Mañana a primera hora entro como la sombra oficial de Valeria Lombardi. Pero tenemos un problema: Ethan de la Vega sabe quién soy. Adelanta la fase dos del plan. Si tengo que destruir a los De la Vega junto con los Lombardi para cobrar mi deuda, que así sea. Prepara las armas.
Colgué la llamada, guardé el teléfono y cruzé la puerta hacia la noche lluviosa de la ciudad. El tablero de ajedrez estaba listo, y mañana, Valeria Lombardi descubriría que su nuevo guardián era, en realidad, el verdugo que aceleraría la caída de su imperio.
