Capítulo 2 Un enemigo en la corte
VALERIA
El choque térmico del aire acondicionado del Salón de Cristal me golpeó el rostro en cuanto crucé el umbral de las puertas de la terraza. No fue suficiente. Nada era suficiente para enfriar la fiebre que me devoraba por dentro. Sentía los labios entumecidos, calientes, hinchados por la urgencia salvaje con la que Ian me había sometido contra el mármol helado apenas unos minutos atrás. El sabor a tabaco, lluvia y masculinidad ruda seguía impregnado en mi boca, eclipsando por completo el olor a perfume caro y arreglos florales de la recepción.
—Cálmate, Valeria. Respira —me ordené en un susurro apenas audible, deteniéndome ante un espejo de marco dorado en el pasillo de servicio.
Me alisé la seda oscura del vestido de gala. La prenda me quemaba la piel justo en los puntos donde los dedos callosos de Ian se habían hundido con un magnetismo violento. Con dedos torpes y helados, reacomodé los mechones oscuros de mi peinado. No podía permitirme ni una imperfección física. Ninguna pista. Estaba a escasos metros de los hombres más poderosos del país y, lo peor de todo, de mi prometido.
«Eres una Lombardi», me repetí, clavando la mirada en mi propio reflejo. «Te entrenaron para ser una esfinge de hielo. Controla tus malditas emociones antes de que destruyas todo por lo que tu padre ha luchado».
Erguí la columna, levanté la barbilla con esa arrogancia aristocrática que mi padre se había encargado de cincelar en mi carácter desde la cuna, y di el paso de regreso al brillo hipócrita del salón principal.
La música de la orquesta de cuerdas envolvía a la élite empresarial, pero para mí todo el sonido se desvaneció en cuanto vi una silueta recortada contra los ventanales. Ethan de la Vega me esperaba de pie, sosteniendo dos copas nuevas de champán Cristal. Su postura poseía una rigidez militar. Peligrosa.
—Te extrañaba, mi vida. Justo a tiempo —dijo en cuanto me acerqué.
No esperó a que respondiera. Me tomó de la cintura, atrayéndome hacia su cuerpo con una fuerza excesiva, casi dolorosa. Sus dedos se clavaron en mi cadera, precisamente donde la piel aún me escocía por el agarre de Ian.
—Tu padre acaba de subir al escenario para cerrar la noche con un anuncio importante —continuó Ethan, deslizando su mirada por mi rostro con una fijeza que me erizó los vellos de la nuca—. Algo sobre el nuevo esquema de seguridad corporativa e inteligencia de la empresa. Te notó ausente durante el último brindis. ¿Dónde estabas?
—Necesitaba aire fresco —respondí, forzando una sonrisa perfecta, la misma que usaba para las portadas de las revistas de negocios—. El calor del salón era sofocante.
—Ya veo —murmuró él, sin apartar los ojos de mi boca.
Miré hacia el estrado principal del Salón de Cristal con el corazón latiéndome en la garganta. Mi padre, Arturo Lombardi, sostenía el micrófono con solemnidad. Su rostro lucía pálido bajo las luces del escenario, un recordatorio constante de la insuficiencia cardíaca que amenazaba su vida y que nos mantenía a todos pendiendo de un hilo. Pero mi atención no se centró en él, sino en el hombre que se encontraba a su lado.
Vestía un traje de sastre italiano impecable, de un corte tan perfecto que no le envidiaba nada al de Ethan. Pero la elegancia no lograba ocultar la brutalidad inherente a su porte. Era él.
—Demos la bienvenida al nuevo Director de Seguridad Global de Industrias Lombardi, el hombre que descubrió las filtraciones de la última auditoría y salvó nuestros activos en el extranjero —anunció mi padre con orgullo a través del sistema de sonido. Los aplausos unánimes de los accionistas resonaron como truenos—. El señor Ian Soler.
Mi mundo se vino abajo en un instante. El aire abandonó mis pulmones de golpe.
Ian no era un peón desechable. No era un intruso que había burlado la seguridad para robar un beso en la oscuridad de la terraza. Estaba dentro de mi empresa, contratado por mi propio padre, con acceso directo a cada uno de nuestros secretos. Desde el escenario, sus ojos oscuros, tan negros como el carbón, se clavaron directamente en los míos. Sostuvo mi mirada a través de la multitud masiva, curvando la comisura de los labios en una sonrisa gélida. Una promesa silenciosa de absoluta destrucción.
El pánico me atenazó la garganta. Intenté que mi rostro no delatara el más mínimo rastro de reconocimiento, pero la fijeza analítica de Ethan se activó de inmediato. Un sociópata entrenado en Wall Street no se pierde esos detalles. Sintió la rigidez instantánea de mi cuerpo bajo su mano.
Ethan soltó una risa baja, un sonido que me congeló la sangre. Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio vital de una manera asfixiante, bloqueando el resto del salón con su cuerpo. Extendió su mano derecha y, con una lentitud tortuosa, rozó el dorso de su pulgar pulido contra la comisura inferior de mis labios.
Tuve que clavar mis uñas con saña en las palmas de mis manos para no gritar o apartarlo de un manotazo.
—Tienes el labial corrido, Valeria —observó en un tono helado, deslizando su dedo con una presión sutil que se sintió como una soga apretándose en mi cuello—. Y tus mejillas poseen un rubor demasiado encendido para haber estado simplemente "tomando aire".
Retiró el pulgar y miró la mancha roja en su piel con un desprecio apenas contenido. Luego, volvió a mirar hacia el escenario, donde Ian bajaba los escalones junto a mi padre.
—Cualquiera que te viera en este estado diría que estabas huyendo de algo... o encontrándote con alguien en las sombras —siseó Ethan cerca de mi oído—. Y ahora, miras al nuevo empleado de tu padre como si hubieras visto a un fantasma. ¿Lo conoces?
El suelo de mármol parecía tambalearse. Busqué desesperadamente una réplica en mi mente, una mentira corporativa lo suficientemente sólida como para frenar los celos paranoicos de Ethan. Pero antes de que la primera palabra cruzara mis labios, mi padre e Ian rompieron el hilo invisible de tensión, deteniéndose justo frente a nosotros.
—¡Pero aquí están los novios más codiciados de la temporada! —exclamó Arturo Lombardi, extendiendo los brazos.
Su voz intentaba proyectar la potencia imponente de sus mejores años, pero arrastraba esa sutil fatiga física que a mí me partía el alma. Él era la única e imperiosa razón por la que yo estaba dispuesta a encadenarme de por vida a un monstruo calculador como Ethan de la Vega. Las Industrias Lombardi se estaban desangrando financieramente debido a las últimas crisis operativas, y el capital masivo de la familia de Ethan era el único torniquete disponible para evitar la quiebra y salvar la salud de mi padre.
—Arturo, una presentación brillante —respondió Ethan.
El cambio en su expresión fue absoluto, un parpadeo y la hostilidad desapareció. Su sonrisa seductora y diplomática regresó con una facilidad pasmosa. Dejó la copa de champán sobre la bandeja de una mesera que pasaba y estrechó la mano de mi padre.
—Estaba justamente comentándole a Valeria lo ansioso que estoy por conocer a tu nuevo fichaje estrella. Industrias Lombardi siempre se queda con los mejores talentos.
Mi padre sonrió, visiblemente complacido, y palmeó la espalda de Ian con una familiaridad que me revolvió el estómago.
—Ian es el mejor en su área, Ethan. De hecho... —mi padre se giró hacia mí, con los ojos brillando por el aliviado convencimiento de haber tomado la mejor decisión—, dadas las recientes amenazas de espionaje industrial y los movimientos extraños cerca de nuestra residencia, he decidido que Ian no solo maneje la seguridad global de la firma. A partir de mañana a primera hora, estará a cargo de la seguridad personal y la custodia exclusiva de Valeria.
El impacto del anuncio me dejó sin aliento. ¿Ian? ¿Mi guardaespaldas personal? ¿Acompañándome cada minuto del día?
—No quiero que nada opaque la boda del siglo —continuó mi padre, ajeno a la tormenta silenciosa—. Ian, te presento oficialmente a mi hija Valeria, vicepresidenta de la compañía, y a su prometido, Ethan de la Vega.
Mis ojos se cruzaron con los de Ian a escasos centímetros de distancia. El aroma a tabaco y lluvia de su piel todavía vibraba en mis sentidos, desafiando el costoso perfume de Ethan que me rodeaba. Ian extendió una mano firme hacia mi prometido. El apretón de manos entre ambos hombres fue breve, pero la tensión fue palpable; midieron sus fuerzas en un duelo silencioso por el territorio.
Luego, Ian se giró hacia mí. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla peligrosa de triunfo y desdén. Se inclinó levemente y tomó mis dedos helados con una caballerosidad impecable que me quemó la piel como si fuera fuego.
—Un verdadero placer, señorita Valeria —dijo Ian. Su voz era una caricia dolorosa, baja, arrastrando una ironía que solo yo sabía decodificar—. Le aseguro que voy a cuidar de usted muy de cerca. No la perderé de vista ni un solo segundo. Haré que cada paso que dé sea... seguro.
El roce de sus dedos contra los míos me hizo temblar, y Ethan lo notó. Dio un paso al frente, entrelazando su brazo con el mío con brusquedad, marcando su propiedad ante el recién llegado.
—Agradezco el compromiso, Soler —intervino Ethan, con la voz cargada de una condescendencia letal—. Pero mi prometida está acostumbrada a un estándar muy alto. Asegúrate de estar a la altura. No nos gustaría tener que pedirle a Arturo que busque un reemplazo antes de que termine la semana.
—Siempre estoy a la altura de lo que se me exige, señor De la Vega —respondió Ian, sin pestañear, sosteniendo la mirada del multimillonario con una insolencia que casi rozaba el desafío físico—. E incluso de lo que no se espera de mí.
—Excelente, muchachos —interrumpí mi padre, ajeno por completo a la guerra que se desataba frente a él—. Los directivos nos esperan en el estrado central para el anuncio del fondo de inversión. Vamos, Valeria, es hora de dar el discurso de compromiso y cerrar los contratos frente a la prensa.
Ethan se giró hacia mí, ofreciéndome su brazo con una elegancia que ocultaba la presión violenta que ejercía sobre mi costado.
—Vamos, mi vida. Es hora de mostrarle a toda esta corte a quién le perteneces en realidad —susurró cerca de mi oído, asegurándose de que la brutal amenaza de sus palabras se clavara en mi mente.
Entrelacé mi brazo con el de Ethan, obligando a mis piernas a avanzar hacia el centro del salón abarrotado. Cada paso me acercaba más al patíbulo corporativo. Los aplausos unánimes resonaron en las paredes de cristal y las luces de los flashes de los fotógrafos me cegaron temporalmente, obligándome a mantener la sonrisa ensayada de la heredera Lombardi.
Mientras caminaba, una extraña sensación de urgencia me hizo mirar de reojo hacia atrás, buscando la silueta de Ian entre la multitud.
Ya no estaba junto a la barra.
Alcancé a ver su figura alta cruzando las puertas traseras del salón, dirigiéndose hacia los pasillos restringidos del personal de servicio. Pero lo que me congeló el corazón no fue su partida, sino lo que dejó caer "accidentalmente" sobre una de las mesas auxiliares antes de retirarse: un pequeño broche de plata con la insignia de Industrias Lombardi, aplastado y deformado por una fuerza humana descomunal.
La pesadilla corporativa apenas comenzaba. El hombre que juré alejar de mi vida no solo tenía las llaves de mi jaula de oro; portaba un secreto del pasado que amenazaba con quemar nuestro imperio completo antes de que pudiera llegar al altar.
