Capítulo 1 El precio de la seda
VALERIA
El Salón de Cristal de la mansión Lombardi no apestaba a dinero; apestaba a hipocresía barata envuelta en perfumes de diseñador y vertida en copas de Baccarat. Detestaba cada metro cuadrado de ese suelo de mármol pulido que reflejaba la luz de las arañas de cristal como si fuera un palacio de hielo.
Se suponía que esta era la noche más trascendental de mi existencia: el quincuagésimo aniversario de Industrias Lombardi. El imperio que mi padre había levantado con sudor y que ahora se desmoronaba en secreto, esperando que yo fuera el chivo expiatorio listo para salvarlo.
Al fijar la vista en mi reflejo en los ventanales de piso a techo, no vi a la futura ejecutiva del año. Vi a una prisionera vestida de alta costura. El vestido de seda color esmeralda se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, ceñido a la cintura y con una abertura atrevida en la pierna que parecía más una invitación que un diseño.
—Mi hermosa prometida no solo es la mujer más deslumbrante de la noche, caballeros —la voz de Ethan de la Vega resonó a mi lado, impregnada de una falsa modulación estudiada al milímetro—. También es la mente financiera que guiará la nueva era corporativa de la alianza De la Vega-Lombardi.
Ethan deslizó su mano por mi cintura expuesta, bajándola un par de centímetros más de lo profesional hasta posarla en la curva firme de mi cadera. Un gesto posesivo, ensayado frente al espejo, pulcro como su esmoquin hecho a medida. Su pulgar presionó mi piel a través de la seda finísima, marcando territorio frente a los miembros del consejo.
Obligué a mis labios a dibujarse en una sonrisa mecánica, impecable, la que me habían enseñado a lucir en los internados suizos. Por dentro, una corriente helada de repulsión me recorrió la espina dorsal. Mi compromiso con Ethan no era una historia de amor; era la transacción del siglo. El capital de su familia era la única transfusión de sangre que podía evitar la quiebra del legado Lombardi. Había enterrado mis deseos, mi voz y mi corazón bajo capas de frialdad ejecutiva por el bien de la firma.
O eso creía, hasta que mi mirada se desvió, casi por instinto, hacia la entrada lateral reservada para la escolta y el personal de servicio.
El tiempo se congeló. El murmullo de la orquesta de cámara y las risas vacías se convirtieron en un zumbido distante.
Ahí estaba él.
Ian Soler vestía el uniforme táctico oscuro de la firma de seguridad privada contratada para el evento. Pero ninguna tela ordinaria ni ningún código de vestimenta podía disimular la envergadura de sus hombros anchos, su porte imponente de depredador o esa mandíbula marcada y rígida que yo conocía en la intimidad de mis peores pesadillas... y de mis fantasías más oscuras.
Sus ojos, dos pozos de carbón encendidos por una tormenta de resentimiento puro, atravesaron la marea de trajes caros y vestidos de gala hasta clavarse directo en los míos.
El aire se me escapó de los pulmones en un suspiro sordo. Verlo allí, de pie en la penumbra mientras mi prometido me exhibía como un trofeo de caza, encendió una hoguera destructiva en mi vientre. Culpa, rabia y un deseo sofocante que juré haber sepultado hacía tres largos y agónicos años.
Ian no pestañeó. Su mirada descendió lentamente, casi con desprecio, hacia la mano de Ethan que aún se sujetaba a mi cadera. Vi cómo sus hombros se tensaban. Cerró los puños a los costados con tal fuerza que el cuero negro de sus guantes tácticos crujió de forma audible. El orgullo de su mundo obrero estaba sangrando, pero su instinto territorial permanecía intacto. Ian odiaba mis millones, odiaba mi apellido, pero odiaba infinitely más ver a otro hombre tocando lo que una vez fue suyo.
El calor se me subió al rostro, contrastando con el sudor frío de mis manos. Necesitaba salir de allí antes de que mi máscara de hielo se derritiera por completo.
—Disculpen, caballeros —interrumpí, liberándome sutilmente del agarre de Ethan al dar un paso hacia un lado y dejar mi copa en la bandeja de un camarero pasante—. El aire en el salón está un poco cargado. Iré a la terraza un momento.
—¿Te acompaño, vida mía? —preguntó Ethan de inmediato. Sus ojos claros se entornaron con una caballerosidad fingida que no lograba ocultar la chispa de desconfianza.
—No, por favor. Quédate con los inversionistas principales —le respondí, sosteniendo su mirada con firmeza para no delatar el temblor de mi voz—. Solo necesito cinco minutos a solas para retocarme el maquillaje.
Sin esperar su aprobación, me di la vuelta. Deslicé mis pasos sobre el mármol procurando que la abertura de mi vestido no revelara el temblor incontrolable de mis piernas. Crucé las monumentales puertas de cristal hacia los jardines traseros, donde la noche caía con una densidad casi tibia.
La brisa nocturna me golpeó la cara, pero no logró enfriar la sangre que me quemaba las venas. Me adentré en la penumbra de los senderos de piedra, alejándome de la luz del salón, sabiendo perfectamente que él no se quedaría de brazos cruzados. Ian nunca había sido un cobarde. Siempre había sido un imprudente cuando se trataba de reclamar lo que quería.
Apenas me oculté detrás de la sombra de una enorme columna de mármol, una mano grande, pesada y de palma callosa me atrapó con firmeza del antebrazo.
El tirón fue seco, dominante. Antes de que pudiera ahogar un grito, me arrastró hacia el rincón más oscuro de la terraza, donde la vegetación nos ocultaba de cualquier mirada indiscreta.
Mi espalda chocó contra la piedra fría del muro. Pero el frío duró solo un segundo: el cuerpo de Ian se pegó al mío de inmediato, eliminando cualquier vestigio de distancia. Era como una muralla de músculo y calor aprisionándome. El aroma a cuero, tabaco de liar, lluvia y piel caliente me invadió los sentidos, borrando de un plumazo el costoso perfume de Ethan y la pulcritud de la alta sociedad.
—Suéltame, Ian... —susurré, intentando sonar autoritaria.
Pero mis manos, traicionando trágicamente mi discurso, no lo empujaron. Se apoyaron sobre su pecho ancho, sintiendo el latido desbocado y salvaje de su corazón retumbando contra la tela de su uniforme.
—¿Te divierte esto, Valeria? —Su voz fue un gruñido bajo, ronco, que me rozó la oreja y me erizó hasta el último vello de la nuca—. ¿Te divierte exhibirte como una mercancía cara para esos cerdos? ¿Eso es lo que compran tus millones? ¿Un prometido de portada mientras te pudres de ganas por dentro?
—Tú no deberías estar aquí —repliqué, tratando de sostenerle la mirada, aunque mis ojos se desviaron involuntariamente hacia sus labios carnosos y entreabiertos—. Te exigí que te alejaras de mi vida. Que no volvieras a buscarme.
—Puedes mandarme al demonio mil veces, princesita, pero los dos sabemos que estás mintiendo —Ian inclinó la cabeza, acorralándome hasta que su aliento cálido se mezcló con el mío—. Vi cómo me miraste ahí dentro. Vi cómo te tensaste cuando ese imbécil te puso la mano encima. Sé que cuando él te toca, cierras los ojos y estás pensando en mí. En cómo te tomaba contra la pared. No eres de él, Valeria. Y no vas a ser de nadie más.
—¡Somos de mundos opuestos! —Las lágrimas de rabia y frustración picaron detrás de mis párpados—. Lo que pasó esa noche... la tragedia... lo arruinó todo. Nos destruyó.
—A mí me dejó en la mierda, Valeria —escupió con una amargura tan pura que me cortó el alma—. A tu dinastía solo le costó unos fajos de billetes y contactos en la policía para tapar el escándalo. Pero no te equivoques, no estoy aquí mendigando un sueldo de mierda como guardia de seguridad. ¿De verdad crees que es casualidad que mi empresa ganara la licitación de los Lombardi? Alguien desde adentro me quería aquí. Alguien que sabe exactamente lo que ocultas.
El pánico me congeló el pulso. ¿Alguien en la empresa conocía nuestro secreto?
Ian no me dio espacio para procesarlo. Acortó el último milímetro entre nosotros y atrapó mis labios en un beso hambriento, brusco y desesperado.
Fue la explosión violenta de tres años de deseo reprimido. Un gemido involuntario se me escapó de la garganta cuando sentí su lengua abrirse paso con dominación, reclamando mi boca como si le perteneciera por derecho. Enredé mis dedos en su cabello corto y oscuro, olvidando quién era, olvidando mi compromiso, rindiéndome a la pasión feroz que solo él era capaz de encender en mí.
Ian bajó las manos hasta mis caderas, clavando los dedos en la seda de mi vestido y tirando de mí hacia arriba, pegando mi pelvis a la suya para que sintiera lo duro y dispuesto que estaba por mí. El contacto me hizo jadear contra sus labios, perdiendo el control por completo.
A lo lejos, el eco nítido de unos tacones metálicos golpeando el suelo de piedra y una risa aguda rompieron el hechizo. La voz de Roxy Vega resonó a pocos metros.
Me separé de él de golpe, con el corazón en la garganta y los labios inflamados. La culpa me golpeó en el pecho como una masa de hierro. Si Ethan nos descubría, destruiría a Ian sin piedad. Tenía que alejarlo, protegerlo de mi propio mundo, aunque tuviera que destrozarle el orgullo para lograrlo.
—Esto fue un error... un asqueroso y vulgar error —dije con voz entrecortada, ajustándome el escote del vestido y forzando la mirada más fría que pude gestar—. No olvides tu lugar, Ian. Eres solo un empleado prescindible. Un muerto de hambre al que le pagamos por vigilar la puerta. Y no olvides de quién fue la culpa de lo que pasó esa noche. Aléjate de mí si no quieres que te arruine la vida otra vez.
Le di la espalda sin esperar respuesta y caminé a pasos rápidos hacia el Salón de Cristal, dejando a Ian solo en la penumbra de los jardines.
Al cruzar nuevamente las puertas, Ethan ya me esperaba con una sonrisa calculadora y una copa nueva de champán en la mano.
—Justo a tiempo, mi amor —dijo, sujetándome de la cintura con una presión que rayaba en el dolor físico—. Tu padre acaba de subir al escenario. Va a hacer el anuncio oficial sobre el nuevo esquema de seguridad e inteligencia corporativa de la firma.
Giré la cabeza hacia el estrado principal. Mi padre, con su postura aristocrática, ajustó el micrófono con solemnidad. Pero no estaba solo en la tarima.
A su lado, vistiendo un traje de corte italiano impecable que dejaba en ridículo al de mi prometido, se encontraba él. Sin el uniforme táctico, erguido como un soberano que acaba de conquistar un reino.
—Demos la bienvenida al nuevo Director General de Seguridad e Inteligencia Global de Industrias Lombardi —anunció mi padre por el altavoz mientras el salón estallaba en aplausos corporativos—. El señor Ian Soler.
Mi mundo se desmoronó por completo. El suelo pareció desaparecer bajo mis zapatillas de diseñador. Ian no era un peón. Se había colado hasta el corazón de mi imperio, contratado directamente por mi padre.
Desde el escenario, sus ojos oscuros se clavaron en los míos. Una sonrisa lenta, fría y cargada de una promesa implícita de absoluta rendición curvó sus labios.
