Monstruo Arrogante - Un Romance Mafioso

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Capítulo 5 5

Nuestras cabezas se giran al unísono hacia su teléfono. Ni siquiera lo había notado bajo toda esa tela empapada. Ella estira la mano para agarrarlo, pero yo lo tomo antes de que pueda.

—Me temo que no puedo dejarte contestar eso.

Veo una llama oscura encenderle los ojos. Había parecido dócil cuando se subió al coche por primera vez. Pero, claro, todavía estaba sumergida en los efectos posteriores del shock.

Así que quizá no sea tan mansa como pensé. Lo cual solo hace que mi polla dolorida sea más difícil de ignorar.

Me mira fijamente, los labios entreabriéndose apenas. ¿Lo hace a propósito? ¿Sabe lo distractor que es? Mi verga da un tirón errático, como un hombre hambriento oliendo carne por primera vez en catorce meses interminables.

—Van a estar buscándome —dice con voz queda—. La búsqueda los va a llevar directo a ti. Déjame contestar.

—¿Para entregarme? No lo creo.

—Para despistarlos.

—Ya estaré muy lejos para entonces —le aseguro—. Pero si significa tanto para ti, bien: te dejaré tomar la llamada.

Pulso «ACEPTAR» y lo pongo en altavoz; luego dejo el teléfono en el tablero, entre los dos.

La voz de un hombre llena el coche.

—¿Kinsley? —chilla—. ¡Kinsley!

—Tom —responde ella en voz baja—. Estoy aquí.

—¿Aquí? —repite él—. No, no estás. Está clarísimo que no estás aquí, joder.

—Quise decir…

—¿Dónde carajos estás? —exige.

Ella me lanza una mirada vacilante.

—Solo necesitaba… un poco de espacio.

—¿Así que te llevaste el puto coche de la boda y huiste? ¿Qué demonios estabas pensando?

—¡No estaba pensando! —le espeta ella. Por extraño que parezca, me alegra oírle alzar la voz en su propia defensa—. Tenía miedo, Tom.

—Oh, por el amor de Dios. Fue una pequeña discusión de mierda. Pasa todo el tiempo. Solo estás siendo dramática, como siempre.

El simple sonido de su voz le desencadena una cascada de reacciones. El pecho se le sube y baja rápido. Tiene los ojos encendidos de rabia. Los dedos le tiemblan mientras mira la pantalla negra. Parece haber olvidado por completo que yo estoy aquí.

—Tú… tú… —Alza la vista y se encuentra con mis ojos. Las mejillas se le tiñen de color—. Me asustaste hoy —dice por fin—. La manera en que te comportaste, la manera en que reaccionaste…

—Sí, sí, ya escuché esa historia triste. Pero no soy tu maldito padre, Kinsley. Así que deja de proyectar eso en mí.

—Esto no se trata de él.

—¡Esto se trata totalmente de él! —replica—. Das por hecho que vamos a terminar como tus padres. Dios sabe que me arrastraste a suficientes sesiones de terapia de pareja de mierda para dejar todo eso perfectamente claro.

La observo inquietarse en el asiento. La rodilla le rebota arriba y abajo, arriba y abajo, y la luz de la luna atrapa la sangre seca en su rostro.

Pero no llora.

Me gusta eso.

—Voy a colgar ahora —dice por fin.

—¿Sí? —se burla él—. ¿Y luego qué, Kinsley? ¿A dónde vas a ir?

—No lo sé. A algún lugar nuevo. A algún lugar lejos. Da igual.

—Claro, porque te va a ir de maravilla tú sola. ¿A quién tienes, Kinsley? —pregunta con crueldad—. Sin amigos, sin familia. Solo me tienes a mí. Yo soy tu mundo entero. Sin mí, no eres nada.

Esa parte, la admiro menos.

Hora de intervenir.

Recojo el teléfono y me lo acerco a la boca. Quiero asegurarme de que este hijo de puta me escuche bien. Kinsley suelta un jadeo y hace un intento torpe de arrebatarme el teléfono, pero es a medias. Basta una sola mirada fulminante para que se eche atrás y se hunda de nuevo en el asiento.

—Tom, de hombre a hombre, déjame decirte algo: vete a la mierda.

Lo oigo atragantarse y caer en un silencio atónito. Se alarga durante varias respiraciones largas, hasta que por fin reúne el valor suficiente para volver a hablar.

—¿Quién carajos es este? —escupe.

—No te preocupes por Kinsley. Ahora está conmigo.

—¿Qué coño? ¿Quién eres tú?

Sonrío de lado.

—El hombre con el que Kinsley va a seguir adelante.

Luego cuelgo y dejo el teléfono con delicadeza entre los dos. Ella lo mira un rato antes de alzar la vista hacia mí.

—Yo… no puedo creer que hayas hecho eso. Él es… es mi prometido.

—Creo que la frase que buscas es “Gracias”. Y él no es tu prometido; es tu ex prometido. Lo dejaste plantado, ¿recuerdas? Porque te pegó. ¿O fue que te caíste? Ya no recuerdo en qué punto dejamos esa conversación.

Frunce el ceño y se estremece a la vez. Parece una flor marchitándose en cámara rápida. Se le cae el mentón, se le cae la cara, se le caen los hombros, se le pliega todo el cuerpo hacia adentro.

—Las cosas se pusieron intensas —susurra, mirando hacia el piso—. No quiso hacerlo. Fue la primera vez…

—Hoy mentiroso, mañana ladrón —sentencio sin piedad—. Hoy maltratador, mañana asesino. Si empiezas a justificarlo ahora, te pasarás el resto de tu vida justificando todo lo que te haga. Cada cicatriz, cada insulto, cada moretón que nadie más puede ver. Tomaste la decisión correcta al irte.

Suelta un suspiro hondo. La tensión se le escapa por cada poro.

—Lo sé.

Oigo el aullido de otra sirena. Se nos acaba el tiempo, y no podemos quedarnos aquí para siempre. Pronto van a peinar el bosque.

Miro a Kinsley.

—Puedes bajarte si quieres.

—¿De verdad tengo opción?

—Siempre tienes opción.

—Si me voy contigo, estaré ayudando e instigando a un criminal, ¿no?

Asiento.

—Entre otras cosas. Pero toda buena historia empieza con un salto de fe, princesa. ¿Te animas a saltar?

Traga saliva. Eso lo decide. Cuando levanta la vista hacia mí, veo determinación en sus ojos.

—A la mierda. Vámonos.

Empiezo a dar marcha atrás por el camino de tierra.

—Esa es la actitud.

—¿Qué dirás si nos atrapan? —cavila.

—Fácil —respondo—. Toda novia necesita un novio. Y tú estás buscando uno nuevo. Así que… hasta que la muerte nos separe, princesa.

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