Capítulo 1 1
KINSLEY
Hoy estoy aprendiendo algo nuevo: huir de tu boda es difícil.
Las películas siempre lo hacen ver fácil. Sin preocupaciones, en cámara lenta, con música dramática que va creciendo de fondo. Pero en la realidad no es nada de eso. Es un desastre. Es feo. Es duro.
Es duro bajar corriendo las escaleras del lugar donde se suponía que ibas a intercambiar votos con tu pareja para toda la vida.
Es duro subirte al coche de luna de miel que se suponía que ibas a compartir con él mientras se iban para empezar su nueva vida juntos.
Es duro —por los tacones y las faldas— alcanzar el pedal del acelerador para poner la mayor distancia posible entre él y tú, y es duro ver la carretera a través del velo de lágrimas, y es duro encontrar los pañuelos en la guantera para limpiarte de la cara la sangre, el sudor y el maquillaje corrido para no manchar el encaje blanco que antes guardaba tanta esperanza para ti y ahora no guarda más que pesadillas.
Pero esta novia fugitiva no tenía opción.
Así que bajé corriendo las escaleras.
Me subí al coche.
Y conduje.
Ahora me estoy devorando la autopista. Cien, ciento diez, ciento veinte millas por hora. Las líneas del asfalto se emborronan detrás de lágrimas nuevas.
Cuando miro al espejo retrovisor, me estremezco. La mujer que me devuelve la mirada es espantosa.
El delineador negro y el rubor rojo me surcan las mejillas como pintura de guerra, mezclados con los restos resquebrajados de mi base. El cabello se me está soltando de sus trenzas elaboradas y se encrespa alrededor de mi cabeza en una especie de halo retorcido.
Cuesta no odiarme por haber acabado aquí. Si hubiera sido un poco más consciente de mí misma, solo un poco antes, no estaría precipitándome por este tramo solitario de carretera, mirando por encima del hombro cada pocos segundos. Todo esto se podría haber evitado. Si tan solo yo…
Otro bocinazo largo y el destello cegador de unos faros que vienen de frente me obligan a volver a prestar atención hacia adelante. Me tiemblan las manos en el volante. Es la tercera vez en otros tantos minutos que alguien tiene que recordarme que estoy conduciendo y que debo estar atenta. Ojos al frente, no atrás.
Pero no puedo dejar de mirar el retrovisor. Si reduzco la velocidad, existe la posibilidad de que él me alcance.
Y si me alcanza…
Cuando pasa este último coche, la autopista vuelve a parecer desierta. Pronto va a anochecer. No hay nada más que pinos y altos olmos a ambos lados. Carretera adelante y carretera atrás. Nada vivo, nada que respire, salvo los últimos estertores de los animales atropellados amontonados en la cuneta, igual de negros, rojos y magullados como yo.
Seguramente hay una metáfora muy contundente ahí en alguna parte, pero estoy demasiado traumatizada para verla.
BRRRING. Mi teléfono empieza a chillar, y yo doy un brinco en el asiento. Miro la pantalla por instinto, pero ya sé quién es. Solo pensar en contestar su llamada me revuelve el estómago.
Cuando vuelvo a levantar la vista hacia el parabrisas, me doy cuenta de que otra vez estoy invadiendo el carril contrario. No viene nadie de frente, pero hay un puente más adelante. Ahora mismo voy directa a estrellarme contra las vigas de acero que lo sostienen.
Jadeo, piso el freno a fondo y doy un volantazo brusco hacia la derecha.
Demasiado brusco.
Mientras giro el volante con las manos una sobre otra para corregir el rumbo, mi pulsera se engancha en los pliegues de mis faldas. El volante se descontrola. Las llantas chillan. Los motores chillan. Yo chillo.
Veo el costado del puente cerniéndose como un monstruo en un sueño. El chillido de los frenos se siente como si viniera de dentro de mí, y el hedor del caucho quemado huele a algo salido del mismísimo infierno.
Esto es, pienso. Así termina este día tan estúpido. Casi es apropiado.
Se oye el crujido del metal y el grito torturado de las llantas humeantes. Pero, por algún milagro, el auto se detiene.
Estoy bien.
Después de todo ese ruido, da escalofríos lo rápido que todo queda en silencio. El bosque a ambos lados se traga hasta la última gota de sonido.
—Mierda —susurro en medio de todo ese silencio—. Mierda. Mierda. Mierda.
Cierro los ojos y apoyo la frente en el volante, aunque incluso ese pequeño contacto arde y duele. Solo respira, Kinsley, me digo. Todo va a estar bien si tan solo puedes—
¡BRRRING! ¡BRRRING!
Agarro el teléfono cuando empieza a sonar otra vez y lo estampo con fuerza contra el tablero. Rebota y cae de vuelta justo donde estaba, en el asiento del copiloto, con una especie de entramado de grietas extendiéndose por la pantalla.
Pero al menos deja de gritarme. Gracias a Dios por las pequeñas misericordias.
Me dejo caer hacia atrás en el asiento y sollozo hasta que ya no puedo inhalar. Paso de Solo respira a Solo llora y estoy a punto de subir al nivel de Solo hazte bolita y muérete cuando decido que un segundo más en este auto es un segundo de más.
Empujo la puerta, la abro y salgo al asfalto agrietado del puente, arrastrando conmigo la cola de tela.
Afuera, aspiro grandes bocanadas de aire, pero en realidad no ayuda. Nada ayuda, nada reduce el peso de esta losa de concreto de vergüenza sobre mi pecho, y nada parece borrar de mi mente esos últimos instantes. Los instantes que me hicieron huir de mi propio final feliz.
El vidrio hecho añicos.
La furia desatada en sus ojos.
Oigo algo más allá del puente, en algún punto entre el matorral de árboles, y me da la sensación de que lo que sea que hizo ese ruido me está mirando de vuelta. Paranoia, me digo. Solo mi mente inventando miedos irracionales.
No hay nadie más aquí. Solo cielo, puente y el río corriendo a unos cuatro metros debajo.
Miro por encima del borde. El agua se ve tranquila desde donde estoy. Pero el empuje de la corriente delata las fuerzas que se agitan bajo la superficie.
Los ecos en mi cabeza siguen retumbando. ¡Eres una estúpida! había gritado. ¿Por qué carajos no puedes sonreír en tu maldito día de boda?
Lo intenté. De verdad que sí. Pero nunca fui muy buena fingiendo. Ese era más el juego de mis padres, no el mío.
Clavo los dedos en los pliegues delanteros del corpiño, pero no alivia la presión ahí. Está condenadamente apretado. Hay demasiada tela. Siento como si el vestido intentara tragarme entera.
Por un momento, el mareo ondula a través de mi visión, y el agua parece retorcerse en un remolino.
Aléjate, Kinsley. Estás demasiado cerca del borde.
Sí doy un paso atrás. O al menos, creo que lo doy. Pero en algún punto del camino, también lo arruino —¿Es que no puedes hacer nada bien, puta estúpida?— y supongo que tropiezo o me tambaleo o algo así; no estoy segura, todo pasa tan rápido, pero entonces siento el aullido del viento en la cara, y sé que estoy cayendo, cayendo, cayendo.
