Mi Jefe, ¿es gay?

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Capítulo 5 05

Mina

—Thomas Gray —sonrió lentamente—. Eres muy linda.

Ay, era tan tierno.

Le regalé una amplia sonrisa.

—Gracias, señor.

—Oye, mira, allí detrás de ti hay una pelotita. ¿Me la podrías pasar? Es para ejercitar mi mano —pidió él.

Asentí.

—Por supuesto —me giré, vi que estaba en el suelo, así que me puse en cuclillas, la agarré, me volví y se la entregué.

Él ya tenía una sonrisa en el rostro y la sujetó.

—Gracias, señorita.

—De nada —sonreí mirándolo—. ¿Qué edad tiene?

—Ochenta.

—Ah, está bien…

—Pero tengo una buena vista —curvó sus labios y bajó su mirada a mis piernas—. Lindo bikini color negro —levantó las cejas con malicia.

Eso me dio tanto asco.

Abrí la boca indignada y le di una bofetada.

—¡Viejo asqueroso! —me alejé de él y me dirigí a la puerta para irme.

—¿A dónde vas? —cuestionó de inmediato.

—¡Lejos de usted, viejo asqueroso! —abrí la puerta y salí.

—¡NO TE PAGARÉ NADA! —gritó desde adentro.

Me regresé y lo miré; él también lo hizo.

—¡Váyase al carajo! —le hice un gesto obsceno con mi dedo.

Qué horrible había comenzado mi día.

Salí de inmediato de ese lugar. Comencé a caminar por la acera y, por el camino, pude ver a un perrito pequeño, mojado y temblando de frío. Me dio tanta pena verlo así y entonces me detuve. No tenía a nadie aquí, ni siquiera amigos, y alguien que me hiciera compañía no caería mal. Así que lo tomé.

—Seremos buenos amigos —le sonreí mirándolo.

Era de color negro y peludo.

Me encaminé y tomé un bus. Luego de un rato bastante largo, llegué al edificio y me senté en el sofá para llamar y pedir mi almuerzo.

—Hoy comeremos pizza —le comenté al perrito que estaba a mi lado en el sofá.

Encendí la televisión y comencé a cambiar de canal, buscando algo interesante. Me detuve en uno de noticias al ver la imagen de un avión estrellado en una montaña y decidí escuchar.

—Ya un año del catastrófico accidente de la familia Lecomte —comunicó el hombre moreno.

—Terrible, y aún no hay rastros de la familia —habló su compañero—. Una de las familias más adineradas de Inglaterra.

El timbre sonó y me levanté de inmediato.

—Llegó la comida, pequeñín —abrí la puerta para ver el rostro pálido de Ben, quien me entregó la pizza—. Gracias…

Saqué dinero del bolsillo de mis jeans.

—Perdona… —él miró mi vestido con una sonrisa divertida—. ¿Eres la puta de Santa?

Rodé los ojos y sonreí.

—Muérete, Ben —le cerré la puerta en la cara.

Bueno, había hecho amistad con el chico que entregaba las pizzas, así que por lo menos conocía a alguien.

Fui a la cocina y agarré un plato pequeño, después volví al sofá. Coloqué el plato frente al perrito y luego abrí la caja de pizza, tomé un pedazo y lo dejé en el plato del perrito, que me observaba.

—Esa es tuya —agarré otro pedazo—. Y esta es mía.

Entonces pequeñín y yo comenzamos nuestro almuerzo.

—Oye, pequeñín, ¿sabías que la pizza tiene todos los grupos de alimentos? —sonreí mirándolo—. Sé que no me vas a responder, pero… sé que me escuchas —le di otro mordisco a mi pedazo de pizza.

Pasaron las horas y llegó el momento de irme. Me quité el vestido porque literalmente me veía como la puta de Santa. Ben tenía razón. Solo me puse uno de mis jeans habituales y un jersey. Antes de irme le di una vuelta al perrito, que estaba profundamente dormido. Así que me fui.

Al llegar pude ver a la señora Malta y el lugar estaba lleno de chicas con vestidos rojos.

Era algo gracioso. Debería llamarse la guardería de Caperucita Roja.

Ella me miró y me hizo un ademán para que me acercara, y eso hice.

—Llegas justo a las ocho, creo que algo tarde —expresó con seriedad.

—No importa —la miré con el ceño fruncido—. Espero que no sea un viejo pervertido como el de hoy.

Ella soltó una carcajada y yo le lancé una mirada de pocos amigos.

—Lo siento —reprimió la risa—. ¿Te tocó o algo? Para denunciar.

—No, pero resultó ser adivino. Porque sabía el color de mi bikini sin yo mostrárselo —comenté con sarcasmo.

En ese momento sonó una bocina.

—¡Vete! —movió su mano—. Y lo siento, pensé que era un niño.

Retrocedí.

—¡Sí! ¡Un niño de ochenta años!

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