Mi Jefe, ¿es gay?

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Capítulo 4 04

Mina

Entré por la puerta blanca, que era como una habitación grande con muebles y una mesa. Había otra puerta; supuse que era el baño, así que entré y me coloqué el vestido. Me quedaba entre ceñido y holgado, el cuello era alto y llegaba dos centímetros por encima de mis rodillas. Até el cinturón que tenía un pequeño lazo en el medio y me puse las zapatillas blancas. Me quedaba todo a la medida.

—¿Qué tal? —comenté deteniéndome frente a ella.

—Muy bonito —ella sonrió con amabilidad—. Eres una linda chica, Mina —miró nuevamente la laptop—. Deberías ser modelo, aprovecha tu belleza y tu juventud.

Sonreí ampliamente, mostrando los dientes. Jamás nadie me había dicho algo así, de una forma tan sincera. No contaré las veces que me habían dicho cosas bonitas sobre mi físico solo para acostarse conmigo. Hombres y, bueno, algunas mujeres…

—¿Cómo es su nombre? —pregunté mirándola con atención.

—Soy Malta Benz —asentí.

En ese momento se escuchó una bocina. La señora me hizo una seña para que saliera y eso hice. Ya afuera pude ver un Audi blanco y un hombre de rostro neutro, que usaba un traje ejecutivo, abrió la puerta trasera. Subí, cerró la puerta y después subió él.

Comenzó a conducir tranquilamente, en silencio.

—Buenos días —saludé al hombre.

—Buenos días —contestó cortante.

Miré por la ventana, esperando que mi día fuera bueno.

Después de un rato de tráfico nos detuvimos frente a una mansión con ventanas victorianas y de tres pisos. El hombre de cabello blanco y negro abrió la puerta y yo bajé.

—Sígame, por favor —ordenó.

Las rejas se abrieron y entramos por el pequeño camino de piedra que llevaba directo a la puerta. Al llegar, nos adentramos en la casa y era hermosa: el piso era tipo tablero de ajedrez, las escaleras en zigzag y las paredes blancas. Era muy lujosa. En ese momento vi a una mujer con un vestido ejecutivo ceñido al cuerpo, piel blanca, cabello rubio y ojos azules. Era hermosa.

—Hola —me observó de pies a cabeza con desagrado—. ¿Eres la niñera?

—Sí, señora —afirmé con seriedad.

—Está bien —la mujer acomodó su largo cabello con elegancia. Desde mi lugar podía percibir su perfume caro—. Está arriba. Solo serán dos horas —me regaló una sonrisa hipócrita y se marchó.

Escuché la puerta detrás de mí, lo que indicaba que se habían ido. Así que comencé a subir las largas escaleras del mismo color del piso y, luego de unos minutos, llegué a un pasillo largo lleno de puertas. Mientras caminaba lentamente buscando la habitación donde estuviera ese niño, todas eran blancas. Vi una entreabierta y decidí tocar; de inmediato escuché un “adelante”.

Abrí y me encontré con un señor mayor acostado en una cama.

—Lo siento, yo… —lo miré y le sonreí avergonzada—. ¿Cuál es la habitación del niño?

El señor sonrió.

—Aquí no hay niños.

Parpadeé confundida.

—Pero ¿para qué solicitaron una niñera?

—¡Oh! Tú eres la niñera —soltó una risita—. Allí están mis medicinas —señaló con su dedo.

—Yo cre… —arrugué mi frente y él me interrumpió.

—Mi enfermera tuvo que salir de viaje y no conseguimos a nadie, entonces optamos por una niñera —me miró con atención—. Para que me cuide por dos horas.

Lo miré por un momento y, bueno, qué más daba. Ya estaba allí. Me adentré en el lugar y me acerqué a la mesita de noche donde había una caja de pastillas y una botella de agua; a su lado, un vaso de cristal.

Entonces llené hasta la mitad el vaso con agua y tomé la pastilla. El señor se sentó sobre la cama y le entregué la pastilla, luego le di el vaso de agua y él tomó su medicamento.

—Gracias —agradeció el señor, quien dejó el vaso sobre la mesa.

Hice un gesto afirmativo sonriéndole y me senté en un mueble de terciopelo cerca de la cama.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él.

—Mina Black —me levanté para estrechar su mano.

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