Me casé con el Hombre que arruinó a mi Padre

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Capítulo 6 Lo que está enterrado

No bajé las escaleras de inmediato. Me quedé inmóvil en el centro de la habitación, con el teléfono quemándome la palma de la mano y el eco de esa voz distorsionada retumbando en mi cráneo.

El sótano no está vacío.

No era una amenaza; era un anzuelo. Y yo, desesperada por algo de control, estaba a punto de morderlo. Respiré hondo. No iba a correr hacia Sebastián. No iba a suplicar respuestas. Si esto era un juego de sombras, yo iba a convertirme en la oscuridad.

Abrí la puerta. El pasillo estaba sumergido en un silencio artificial, denso, como si la casa misma estuviera conteniendo el aliento. Bajé las escaleras con sigilo, memorizando cada ángulo muerto, cada lente de cristal de las cámaras de seguridad que me vigilaban desde las esquinas.

—Control —murmuré para mis adentros. Pero el control absoluto es una ilusión. Siempre hay una grieta.

Avancé hacia el fondo del pasillo principal, pasando de largo la biblioteca y el despacho. Entonces la vi. Una puerta discreta, despojada de adornos, hundida en la penumbra. El acceso al sótano. Me acerqué, sintiendo el frío del pomo de metal contra mi piel.

—No lo hagas.

La voz de Sebastián me golpeó la espalda como un latigazo. Me congelé. Estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y esa mirada de "lo sé todo" que empezaba a odiar.

—Llegas tarde —dije, ocultando el vuelco de mi corazón—. Sabía que aparecerías.

Se incorporó y caminó hacia mí. Sus pasos no hacían ruido, lo que lo hacía parecer aún más peligroso.

—Esa puerta está fuera de tus límites, Valeria.

—Dijiste que todo aquí era mío ahora. ¿O mentiste en la primera cláusula de nuestro matrimonio?

Sus ojos se oscurecieron, volviéndose dos pozos de obsidiana.

—No pongas a prueba límites que no tienes la capacidad de manejar. Vuelve a tu habitación.

—No hasta que vea qué escondes ahí abajo.

Giré el pomo. Fue un acto de rebeldía pura. Pero él fue más rápido. Su mano se cerró sobre mi muñeca con una fuerza que me dejó sin aire. Estaba caliente, firme, inmovilizándome contra la madera de la puerta.

—Te dije que no.

Mi pulso se disparó. Estábamos demasiado cerca. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo y la furia contenida en su respiración.

—¿Qué escondes, Sebastián? —pregunté en un susurro—. ¿Tus pecados o los de mi padre?

—Lo mismo que tú, supongo —respondió, su rostro a milímetros del mío—. Secretos que no deberían ver la luz del sol.

Antes de que pudiera replicar, el estruendo de la puerta principal abriéndose de golpe rompió la tensión. Giramos al unísono.

Entró el caos envuelto en seda negra.

Isabella Valtieri caminaba por el vestíbulo con la seguridad de quien es dueña del mundo. Su sonrisa era letal, una advertencia pintada de rojo en sus labios.

—Vaya —dijo, recorriendo el lugar con desprecio—. Así que aquí es donde la nueva esposa espera su turno.

—No estás invitada, Isabella —solté, zafándome del agarre de Sebastián.

—Oh, cariño, las mujeres como yo nunca necesitamos invitación. Solo aparecemos cuando el desastre es inminente.

Sus ojos se posaron en Sebastián, ignorándome por completo.

—Tenemos que hablar. Ahora.

—No es el momento —respondió él, su voz cargada de una advertencia clara.

—Es el único momento que tienes antes de que el circo se incendie —replicó ella. Se volvió hacia mí con una mirada de absoluta superioridad—. Sigues usando ese tono de heredera, Valeria. Qué curioso, considerando que ahora eres poco más que una inversión de riesgo para Sebastián.

Di un paso hacia ella, con la mandíbula tensa.

—Cuidado con lo que dices en mi casa.

—¿O qué? ¿Me vas a lanzar vino de nuevo? —rio ella—. Ahorra tus dramas. He venido a advertirles.

—¿Sobre qué? —preguntó Sebastián.

—Sobre el hecho de que esto se ha salido de control. La prensa ya no está siguiendo el rastro del fraude financiero. Están siguiendo el rastro de sangre.

El aire pareció desaparecer del vestíbulo.

—Habla claro —ordenó él.

Isabella se acercó, bajando el tono, volviéndolo venenoso.

—Alguien filtró las fotos, Sebastián.

Sentí un escalofrío. ¿Qué fotos? Sebastián se tensó de una manera que no había visto antes.

—¿Qué fotos? —insistí.

Isabella me miró, y por primera vez, su sonrisa se borró.

—Las de ustedes dos. Las viejas. De cuando creían que el mundo les pertenecía. La universidad, la lluvia, aquel beso en el jardín… Están en todos los portales de noticias bajo el titular: “El plan maestro: ¿Amor real o la estafa del siglo?”

El mundo se inclinó. Aquellas fotos… yo pensaba que habían sido destruidas hace siete años.

—Alguien quiere que el público recuerde quiénes eran antes de que el odio los consumiera —continuó Isabella—. Alguien está moviendo sus hilos, y créanme, no busca un final feliz.

Miré a Sebastián. Él ya me estaba observando. En sus ojos no había sorpresa, sino una furia gélida. Alguien nos conocía demasiado bien. Alguien estaba jugando con nuestro pasado para destruir nuestro presente.

Isabella se dio la vuelta y se marchó sin decir una palabra más, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que cualquier amenaza.

—¿Qué está pasando, Sebastián? —pregunté, mi voz apenas un susurro roto.

—Nos están cazando —respondió él, con la mirada fija en la puerta—. Alguien nos quiere visibles y vulnerables.

—¿Tiene que ver con el sótano?

La mención de la palabra cambió el ambiente al instante. Sebastián se acercó a mí, rodeándome con su presencia, atrapándome contra la pared.

—No vuelvas a mencionar ese lugar.

—¿Por qué? —le desafié, clavando mis ojos en los suyos—. Si alguien nos está moviendo, quiero saber qué armas tengo. Voy a entrar ahí, con o sin tu permiso.

Él se inclinó, su rostro rozando el mío. Su voz fue un murmullo letal que me recorrió la columna.

—Entonces prepárate para lo que encuentres. Porque si cruzas esa puerta, Valeria… ya no habrá vuelta atrás para ninguno de los dos. Si entras en ese sótano, dejas de ser una víctima para convertirte en cómplice.

Mi corazón latía con una violencia salvaje. Pero no retrocedí. Estaba cansada de ser la pieza que otros movían.

—Ya estoy dentro —dije, sosteniéndole el pulso—. Ahora enséñame el resto del infierno.

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