Capítulo 3 Sin salida
No dormí. Era imposible conciliar el sueño cuando el mundo se desmoronaba en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el pitido rítmico de los monitores. Ese sonido se me había incrustado en el cráneo, repitiéndose como un metrónomo que marcaba el final de nuestra era.
Mi padre seguía en terapia intensiva, luchando contra un corazón que se había rendido mucho antes que su orgullo. Yo, mientras tanto, permanecía anclada a una silla de plástico, con el vestido de la gala arrugado y la piel sintiéndose demasiado estrecha para mi propio cuerpo. Mi teléfono era una herida abierta; notificaciones, alertas de prensa y mensajes de "amigos" que apestaban a despedida inundaban la pantalla.
Valeria Cruz: el rostro del fraude. La caída de los Cruz: ¿Heredera o criminal?
Apreté el dispositivo hasta que los nudillos me quedaron blancos.
—Yo no hice nada —susurré para las paredes desnudas de la sala de espera. Pero en la corte de la opinión pública, el silencio ya había dictado sentencia.
La puerta se abrió con un quejido metálico. Me puse en pie de un salto al ver al médico. Su rostro, surcado por la fatiga, me dio la respuesta antes de que hablara.
—¿Mi padre? —mi voz sonó como un hilo de seda a punto de romperse.
—Está estable, por ahora —respondió, frotándose el puente de la nariz—. Pero el infarto fue severo. Las próximas horas serán críticas, señorita Cruz. Su corazón está muy débil.
Solté el aire, sintiendo un mareo momentáneo.
—¿Puedo verlo?
—Cinco minutos. Y le ruego: nada de estrés. Su vida depende de la calma.
Asentí, aunque la calma era un concepto extinto en mi vocabulario. Entré en la habitación y el olor a antiséptico me golpeó como una bofetada. Mi padre, el hombre que una vez pareció capaz de mover montañas con una llamada, se veía pequeño, casi transparente entre las sábanas.
—Papá… —me acerqué y tomé su mano. Estaba fría.
Sus ojos se abrieron con lentitud, desenfocados, hasta que dieron conmigo.
—Valeria… —su voz era un rastro de ceniza.
—No hables —le pedí, luchando contra el nudo en mi garganta—. Yo me encargo de todo.
Él negó con un movimiento desesperado.
—Escúchame… —tosió, y el monitor se aceleró—. No firmes… nada. No confíes en Montalvo. Cometí un error, Valeria. Un error que nos…
—¿Qué error, papá? ¡Dímelo! —exigí, olvidando la advertencia del médico—. ¿Él te tendió una trampa?
La puerta se abrió de golpe. Era el abogado de la familia, con el nudo de la corbata flojo y el sudor perlando su frente. Parecía haber visto un fantasma.
—Valeria, tenemos que hablar. Ahora mismo —dijo, ignorando al enfermo.
Miré a mi padre una última vez. Sus ojos estaban llenos de una súplica muda, una advertencia que no terminó de vocalizar. Salí al pasillo y cerré la puerta tras de mí. El abogado no esperó.
—La fiscalía emitió una orden de revisión urgente. Han congelado tus cuentas y las de la fundación. Dicen que hay riesgo de fuga de capitales.
Sentí un vacío en el estómago.
—Eso es ilegal. No hay pruebas.
—Las hay, Valeria. O al menos, lo parecen. Han filtrado correos electrónicos con tu firma digital autorizando el desvío de fondos. Quieren que declares hoy mismo. Es una ejecución legal —añadió en voz baja—. El banco suspendió las líneas de crédito. Si no hacemos algo, el Grupo Cruz entra en quiebra hoy.
Me pasé las manos por el cabello, intentando pensar entre el caos. Alguien me estaba asfixiando sistemáticamente. Alguien que conocía cada una de nuestras grietas.
—¿Dónde está él? —pregunté.
—¿Quién?
—No te hagas el tonto. Sebastián Montalvo. Sé que está aquí.
—En la cafetería ejecutiva. Dijo que quería ofrecerte una solución.
Solté una risa amarga. El pirómano venía a ofrecer agua después de incendiar la casa. Caminé hacia el ascensor con la rabia dándome la fuerza que el cansancio me había robado. Cuando entré en la cafetería, él estaba de pie frente al ventanal, observando la ciudad como si fuera su tablero personal.
—Llegaste antes de lo que calculé —dijo sin volverse. Su voz, profunda y calmada, me erizó el vello de la nuca.
—No me dejaste muchas opciones, Sebastián.
Se giró con lentitud. Sus ojos me recorrieron, deteniéndose en mi rostro pálido.
—Te ves destruida, Valeria.
—Y tú te ves como el monstruo que siempre sospeché que eras.
Él no se inmutó. Dio un paso hacia mí, acortando la distancia hasta que pude oler su perfume: una mezcla de cuero y ambición.
—Van a arrestarte antes del mediodía. Las pruebas son lo suficientemente sólidas como para mantenerte en prisión mientras el escándalo consume lo que queda de tu apellido.
—¡Yo no firmé nada! —le siseé, clavando las uñas en mis palmas.
—Lo sé. Pero el sistema no busca la verdad, busca culpables. Y tú eres la candidata perfecta.
El silencio fue denso, cargado de una tensión eléctrica.
—Habla de una vez —exigí—. ¿Qué quieres?
Sebastián sacó una carpeta de cuero de su maletín y la deslizó sobre la mesa. La abrí con manos temblorosas. Mis ojos escanearon el documento hasta que una frase se grabó en mi retina como un hierro al rojo vivo: Contrato Matrimonial.
—¿Estás loco? ¿Casarme contigo después de lo que le hiciste a mi padre?
—No es una propuesta, Valeria. Es una transacción —respondió, acercándose tanto que su aliento rozó mi oído—. Si te casas conmigo, te conviertes en una Montalvo. Mi equipo legal hará desaparecer esas pruebas en veinticuatro horas. Tu padre tendrá los mejores especialistas y tu empresa se salvará.
—Prefiero la cárcel antes que ser tu propiedad.
Sebastián sonrió, pero no hubo calidez en sus labios.
—No, no lo prefieres. Porque si tú vas a la cárcel, tu padre muere en una cama de hospital público cuando el seguro se cancele esta tarde. Pasarás el resto de tu vida sabiendo que pudiste salvarlo y no lo hiciste.
Tragué saliva, sintiendo el sabor amargo de la derrota. Me tenía acorralada. Había estudiado cada una de mis lealtades para usarlas en mi contra.
—¿Por qué? —pregunté con la voz rota—. Si tanto me odias, ¿por qué quieres encadenarte a mí?
Él me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus ojos brillaron con una intensidad oscura, una mezcla de posesión y un rencor que no supe descifrar.
—Porque el odio, Valeria, es un vínculo mucho más fuerte que el amor. Y yo todavía no he terminado contigo.
Lo miré, sintiendo un escalofrío recorrer mi columna. Estaba frente al hombre que alguna vez amé, transformado en el verdugo que compraba mi vida. Y lo peor era que, mientras veía el abismo en su mirada, sabía que iba a saltar. Sebastián era el único que me ofrecía una oportunidad para sobrevivir y, eventualmente, devolverle el golpe.
—Acepto —susurré.
—Sabia elección —dijo él, soltándome—. El juez de paz nos espera en una hora. Bienvenida al infierno, esposa mía.
