Me casé con el Hombre que arruinó a mi Padre

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Capítulo 2 La mujer que vino a destruirme

La primera en aplaudir fue ella.

El sonido fue lento, rítmico, casi coreográfico. Un aplauso seco que cortó el aire con una crueldad que me heló la sangre. Era el sonido de alguien disfrutando, segundo a segundo, el espectáculo de mi propia destrucción.

Giré la cabeza con un nudo en la garganta. Y allí estaba.

Isabella Valtieri.

Vestida de un blanco tan puro que resultaba ofensivo, sostenía su copa de champaña con una elegancia que escondía una naturaleza depredadora. Su sonrisa no era de simpatía; era la de un espectador en primera fila viendo un accidente inevitable.

—Qué escena tan… memorable —murmuró, su voz destilando una falsa sofisticación—. Aunque debo admitir que esperaba algo más discreto. Esto ha resultado ser… demasiado vulgar, incluso para ustedes.

La rabia ascendió por mi garganta como una llamarada de ácido. Mi padre seguía inconsciente en el suelo, rodeado de desconocidos que fingían ayudar mientras sus teléfonos capturaban su vulnerabilidad para la posteridad. Y ella… ella se alimentaba de nuestra humillación.

—Cierra la boca, Isabella —le solté, las palabras saliendo como cuchillas.

Un murmullo de sorpresa recorrió el salón. Sabía que era un error táctico perder los papeles frente a ella, pero en ese momento, con el mundo cayéndose a pedazos, la etiqueta me importaba un bledo.

Isabella inclinó la cabeza lateralmente, analizándome con la curiosidad de quien observa a un insecto atrapado en un frasco.

—¿Así es como piensas manejar las cosas ahora, Valeria? —preguntó con una dulzura venenosa—. ¿A base de gritos? Supongo que es lo único que te queda cuando sabes que ya lo has perdido todo.

Fue el límite. Me puse de pie con una lentitud calculada, dejando a mi padre en manos de los paramédicos que acababan de irrumpir en el salón con su camilla y sus equipos de emergencia. Caminé hacia ella, ignorando los flashes y los susurros.

—Repite lo que acabas de decir —exigí en voz baja, invadiendo su espacio personal.

Su sonrisa se ensanchó, mostrando unos dientes perfectos.

—Dije que tu familia ya está acabada. Es un hecho, no una opinión.

El golpe no fue físico, pero dolió más que una bofetada. Lo había dicho en voz alta, frente a todos, sellando nuestro destino social.

—Llevábamos años esperando este momento —continuó ella, deleitándose en mi dolor—. Solo faltaba que alguien tuviera el valor de tirar de la manta en público.

La sangre me hervía en las sienes.

—¿“Llevábamos”? —repetí, captando el plural—. ¿Tú también estás detrás de esta emboscada?

Ella soltó una risita cristalina que me crispó los nervios.

—Oh, cariño… yo no muevo los hilos. Yo solo disfruto de la función cuando el telón se cae.

Antes de que mi cerebro pudiera procesar la consecuencia, mi mano actuó por su cuenta. Arrebaté la copa de vino tinto de la mesa contigua y la vacié sobre su vestido.

El líquido carmesí se expandió sobre el blanco impecable como una herida abierta. El salón explotó en un jadeo colectivo. Isabella se quedó petrificada. Uno. Dos segundos. Su máscara de perfección se agrietó y lo que emergió de debajo fue algo oscuro y peligroso.

—Te acabas de equivocar de una forma irremediable —dijo con una voz que era puro hielo.

Le sostuve la mirada, aunque mis manos temblaban de adrenalina.

—No. Solo me he asegurado de que dejes de fingir que eres intocable. Ahora te ves exactamente como eres: una mancha.

Su mano se alzó, rápida como un látigo, lista para estamparse contra mi rostro. Cerré los ojos esperando el impacto, pero nunca llegó. Una mano la interceptó en el aire. Un agarre firme, dominante, que detuvo el golpe con una fuerza incuestionable.

Sebastián.

Su presión sobre la muñeca de Isabella fue tal que ella soltó una mueca de dolor contenido.

—No —dijo él. Una sola palabra, pero cargada de una autoridad que hizo que hasta la orquesta, que intentaba retomar la música, se detuviera de nuevo.

Isabella lo miró, y por primera vez en la noche, la vi genuinamente sorprendida.

—¿En serio, Sebastián? —susurró ella, con un deje de despecho—. ¿Vas a defenderla a ella después de esto?

Sebastián no la soltó de inmediato. Sus ojos eran dos pozos impenetrables de frialdad absoluta.

—Te estás pasando de la raya.

—Ella me ha humillado —protestó Isabella, señalando su vestido.

—Te estás exponiendo —replicó él.

Esa frase pareció ser la clave de un código que solo ellos conocían. Isabella se tensó, entendiendo que su rabieta estaba afectando una estrategia mayor. Retiró la mano con brusquedad cuando él finalmente la soltó y trató de recomponer su dignidad, aunque el vestido arruinado gritaba su derrota.

—Esto no termina aquí —me lanzó ella, con una mirada que prometía mil formas de venganza—. Acabas de cruzar una línea que no tienes la menor idea de cómo manejar.

—Entonces explícame el mapa —respondí con amargura—, porque parece que tú y Sebastián llevan años jugando en las sombras mientras nosotros creíamos que eran amigos.

Ella recuperó su sonrisa venenosa antes de dar media vuelta.

—Bienvenida al juego de verdad, Valeria. Intenta no morir en el primer turno.

Se marchó sin mirar atrás, no como una mujer humillada, sino como un general que se retira para reagrupar sus fuerzas. Eso fue lo que me erizó la piel. Me giré hacia Sebastián, sintiendo que el aire entre nosotros pesaba toneladas.

—No necesito que me defiendas —le espeté, aunque el corazón me latía en la garganta.

Él me observó con una indiferencia que dolía más que el odio.

—No lo hice por ti.

—Me lo imagino. Siempre hay un motivo oculto contigo.

—Lo hice porque no puedo permitirme un escándalo mayor… todavía. El caos innecesario arruina las inversiones.

—Siempre tan estratégico —ironicé, sintiendo las lágrimas de impotencia pincharme los ojos.

—Siempre tan impulsiva —devolvió él.

Nos quedamos allí, en medio de las ruinas de mi vida, rodeados de gente que nos juzgaba en silencio.

—Esto no termina aquí, Sebastián —le advertí.

—Nunca lo hizo, Valeria. Solo ha cambiado de fase.

Las puertas del salón se abrieron de par en par. Los paramédicos sacaban a mi padre en la camilla mientras los flashes de los periodistas apostados fuera iluminaban la estancia como relámpagos de mal agüero. Intenté correr tras él, pero el abogado de la familia, un hombre que siempre había sido la sombra de mi padre, me detuvo. Estaba pálido, casi traslúcido.

—Valeria… tienes que ver esto. Ahora.

Me puso el teléfono frente a los ojos. El titular brillaba con una luz cruel:

“HEREDERA DEL GRUPO CRUZ IMPLICADA EN FRAUDE MILLONARIO: LA CAÍDA DE UN IMPERIO”

Debajo, mi foto. Un retrato de estudio de hace un año, donde me veía joven y segura. Ahora parecía la ficha policial de una criminal.

—Eso es una calumnia —susurré, sintiendo que el mundo giraba demasiado rápido.

—No importa si es verdad —respondió el abogado con voz rota—. Ya es la verdad del mundo. Estamos bloqueados. Las cuentas, las propiedades… todo.

Levanté la vista lentamente hacia Sebastián. Él seguía allí, impasible, observando cómo la noticia se propagaba como un virus. No había sorpresa en él. No había compasión.

Y en ese instante, la verdad me golpeó con la fuerza de un camión: esto no era una crisis financiera. Era una ejecución pública planeada con precisión quirúrgica.

Sebastián Montalvo no quería mi dinero. Quería mi rendición absoluta. Y yo acababa de darle la razón al mundo entero con mi rabieta. Estaba sola, señalada y sin salida.

Exactamente donde él me quería.

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