Capítulo 7 |Capítulo: La despedida|
|Capítulo: La despedida|
Retrocedí de regreso al porche, ya con toda mi ropa humedecida.
Lo vi marcharse y después decidí entrar, este lugar me sacaba lo salvaje.
Cuando abrí la puerta, estaban todos pegados a ella, muchos cerca de las ventanas y otros a la espera de que se les dijera lo que pasaba.
—Que la han dejado.
—Fue infiel él, pero ella le hizo lo mismo.
—Ya no se casará.
—Seguro por eso regresó.
—Espero que no se quede.
—¿Con quién le puso el cuerno?
—¿Viste como le rompió el paraguas?
Esos solo eran unos de los pocos comentarios que estas personas hacían, como si no fuera nada, como si yo no los estuviera escuchando.
Mi tío hizo un extraño sonido y todos guardaron silencio.
Yo estaba empapada y todo esto parecía un circo, Tommy había venido para arruinar el funeral de mi padre.
—Sobrina, casi deja de llover. Cámbiate, porque en breve iremos a enterrar a tu padre. No hagas caso a lo que escuches, ya sabes cómo son aquí. Solo ignóralos.
Y eso era lo mejor, ignorarlos.
Entré a la habitación empapada, el agua goteaba de mi cabello y mi ropa se pegaba a la piel como una segunda capa fría y pesada. Cerré la puerta con llave por instinto, aunque sabía que nadie entraría sin llamar. La luz encendida apenas iluminaba lo suficiente; el día seguía gris y opaco fuera de las ventanas.
Primero me quité la blusa empapada: desabroché los botones con dedos temblorosos, el tejido se resistía pegado al cuerpo, y cuando por fin la liberé, cayó al suelo con un sonido húmedo. El sostén también estaba calado; lo desabroché por detrás, los tirantes se deslizaron por mis hombros y lo dejé caer junto a la blusa. Mis pechos quedaron expuestos al aire frío de la habitación, los pezones endurecidos por el contraste de la lluvia y la temperatura interior.
Luego bajé la cremallera de la falda, la tela pesada se deslizó por mis caderas y cayó en un montón arrugado a mis pies. Me quedé solo en bragas y con los zapatos aún puestos, que también me quité de un tirón, dejando huellas húmedas en el suelo de madera.
Las bragas estaban adheridas a mi piel, transparentes por la lluvia, el encaje negro pegado a los pliegues y al monte de Venus. Metí los pulgares por los costados y las bajé despacio: la tela se despegó con un leve sonido húmedo, dejando una sensación de frío repentino en la entrepierna. Las dejé caer al suelo junto al resto, completamente desnuda ahora, la piel erizada por el aire y los nervios.
Tomé la toalla que había sobre la cama, me envolví primero los hombros y el torso para entrar en calor, luego me senté en el borde del colchón. Sequé con cuidado las piernas, empezando por los muslos: subí la toalla desde las rodillas hacia arriba, absorbiendo el agua que aún corría por la piel, hasta llegar a la parte interna, donde el roce me hizo contener un escalofrío. Bajé a los pies, entre los dedos, secando cada uno con paciencia, sintiendo cómo el frío iba cediendo poco a poco.
Estaba completamente desnuda, sentada allí, con la toalla ahora húmeda en las manos y el cuerpo libre al silencio de la habitación, cuando escuché una voz.
—Cami. —Aquella voz.
Sentí un escalofrío recorrer mi nuca y esparcirse por todo mi cuerpo, de inmediato me puse de pie y me cubrí con la toalla.
—Trevor —no sabía que estaba aquí, ni en esta habitación y menos en este lugar, salió de la pequeña terraza que tenía la habitación—. Pudiste haber dicho que estabas allí antes de que me desnudara —le reproché.
—Pude —dijo como si nada. Yo ya no era una adolescente y él era un hombre casado, quizás con hijos y una hermosa familia—. También pudiste percatarte de que había alguien.
—¿Estabas… mirando?
—Todo. Absolutamente todo. Has cambiado mucho.
—Eres…
—¿Un pervertido? Cami, yo solo estaba tranquilo en esta habitación, cuando de pronto entró una mujer a vestirse.
—¡Es mi habitación! ¿Cómo puedo ser yo la culpable?
—Lo mismo me pregunto.
—¿Qué haces aquí? —me envolví bien en la toalla y él se acercó cuando lo hice.
—Lamento mucho lo de tu padre —era la primera persona en este lugar que me daba el pésame y cuando Trevor me abrazó yo me sentí muy frágil, sensible, ahora lloraba—. Lo siento mucho.
Sentir su abrazo, poder llorar sin que todas las miradas me juzgaran, era algo que se sentía muy bien. Fuera de esta habitación solo había un montón de personas a las que yo no les agradaba, a pesar de que no tenían un verdadero motivo para rechazarme, solo porque me fui, pero aquí, entre sus brazos estaba yo, con la única persona que me daba una cálida bienvenida y me dejaba llorar en su hombro.
Una hora después íbamos camino a enterrar a mi padre y todo el tiempo Trevor se mantuvo a mi lado.
Hasta que llegó la hora de despedirme de mi padre.
Me acerqué con una rosa en mi mano y la arrojé a su tumba. No tuvimos la relación perfecta, jamás nos llevamos del todo bien, pero él sabía que yo lo amaba y yo sabía perfectamente lo que él sentía hacia mí.
Sé que estaba feliz porque me iba a casar y le entusiasmaba venir a mi boda, pero nada de eso ya sería posible.
—Adiós, papá. Te prometo que haré todo lo que esté en mis manos para cuidar de él.
Y así… tan solo así, me despedí de él.
