Los hijos secretos del CEO

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Capítulo 1 1.

Era la noche del viernes, la despedida de soltero de Emilio Monter, y no podía encontrar el lugar en el que el hombre más rico y frío de la ciudad, según la cantidad de pretendientes que tenía, se sintiera menos a gusto. 

Emilio estaba sentado en el amplio mueble rodeado de sus amigos, no eran más que seis hombres, ninguno realmente importante en su vida, tal vez uno nada más que merodeaba por ahí como una mariposa mientras se relamía los labios antes de que empezara el show. 

Las luces se apagaron, apenas se encendió una en el centro del techo que apuntó hacia un punto en específico donde una mujer rubia apareció. 

Tenía el cabello corto y rubio a los hombros y una máscara que le cubría el rostro, un traje de cuero que ajustaba su perfecta silueta con cadenas de plata que hacían ruido cuando la mujer se movía y unos tacones altos que le impedían caminar bien. No parecía ser muy diestra para manejarlos y eso le causó impaciencia a Emilio.

La música comenzó, los amigos de Emilio se inclinaron hacia el frente para ver el espectáculo, pero él simplemente se encogió en el lugar. No quería una despedida de soltero, tampoco quería una bailarina exótica, pero ¿quién podía decirle que no a su amigo Samuel? 

La mujer estiró las caderas y arqueó la espalda. 

Era indudable que era un espectáculo de mujer, con la figura marcada, las piernas torneadas, pero había algo peculiar en ella. Emilio se inclinó hacia el frente, estrechando los ojos. 

No frecuentaba nunca lugares de estriptis, pero aquella mujer se le hizo curiosamente conocida mientras intentaba mediocremente de seducir a los hombres. Lo que tenía de hermosa, lo tenía de mala bailarina. 

La música llegó a su punto álgido, la mujer se contoneaba, bailaba, tenía movimientos sexys y una buena flexibilidad, al menos, y Emilio notó como sus amigos comenzaron a emocionarse de más, pero él ciertamente estaba un poco aburrido. 

Se recostó en el mueble con los brazos cruzados y observó el show en silencio. 

—Vamos, anímate —le dijo Samuel meneándolo por el hombro —la contraté especialmente para ti, es toda una joya, y una ganga, era de las más baratas, pero la verdad no veo por qué. Para mí era la más atractiva de todo el catálogo, además, baila increíble. Mira esas caderas —Emilio cuestionaba muchas cosas de samuel, pero añadió el gusto por el baile a la lista. La música seguía sonando a todo volumen, cuando terminó, los hombres aplaudieron. 

La mujer no se quitó el antifaz. 

La siguiente canción era más lenta, más seductora. Se tocó el cuerpo y el cabello, las estrechas caderas y se mordió el labio.

—Mira eso, todo eso puede ser tuyo esta noche —Murmuró Samuel en su oído, pero Emilio negó.

—No, sabes que no me gustan ese tipo de cosas, no me voy a acostar con ella.

—¿cómo que no? ¡pagué un precio muy alto para que viniera hasta aquí! No puedes hacerme eso.

—¿No dijiste que era la más barata?

—Sigue siendo mucho para mí, no todos somos los presidentes de la empresa de moda más importante del país, ¡Vamos!

 —Para nada, Samuel, me caso mañana.

—Sí, pero no te casas por amor. Yo más que nadie sé que es simplemente un negocio, además ni siquiera es un buen negocio —su amigo parecía frustrado.

—Claro que la amo —mintió —además, necesito una esposa temporal para que Casa Monter logre ese contrato con su familia, una vez terminen nuestras actividades con la empresa de ella… no sé.

—Bien, no te creo que te cases por amor con la pelirroja, pero si aún es así, ¿qué te impide llevarte a la cama a esa preciosura? — Emilio pasó saliva, ciertamente no tenía la respuesta a esa pregunta, pero no le pareció correcto. Al ver la duda en los ojos de su amigo, Samuel se tronó los dedos y Emilio notó sus intenciones.

—Pues si ella quiere, entonces tú acuéstate con ella —Emilio se encogió de hombros. 

—Bien, no soy mucho de recoger las sobras de mis amigos, pero son tiempos oscuros y hay que aprovechar —Samuel se puso de pie y caminó hacia la mujer, ella se acercó a él y comenzó a bailar cadenciosamente a su lado. 

Su amigo trató de agarrarla por las caderas, pero ella tomó sus muñecas y las levantó en el aire impidiendo que la tocara. 

Aquello solo hizo emocionar más a Samuel, sus compañeros aplaudían y chiflaban. 

Emilio se recostó perezoso en el mueble y observó la escena, su amigo trataba de bailar con la chica, pero lo cierto es que era pésimo bailando, tal vez un poco peor que ella, y lo cierto es que la escena comenzaba a tornarse un poco cómica. 

Ella se meneaba y lo seducía, pero no parecía dispuesta a ir más allá. 

Cuando el hombre estiró la mano y la puso sobre uno de los senos de la bailarina a través del traje de cuero, ella se inclinó y le murmuró algo al oído. 

La cara de su amigo cambió, del placer más erótico a la sorpresa más absoluta.

—¡¿Cómo qué no?! —preguntó enojado. 

El que controlaba la música le bajó un poco el volumen. 

—¿Qué está pasando? —preguntó Emilio. 

En cuanto la bailarina escuchó su voz, clavó los ojos en él, pero la luz del techo y la oscuridad de la casa le impidieron verlo con claridad. 

—Pues que aquí nuestra bailarina me dice que no la puedo tocar, que ella es sólo bailarina —la muchacha se quedó paralizada en medio de la luz, la música se detuvo. 

Uno de los amigos salió corriendo a encender las luces. 

Cuando lo hizo, Emilio notó que era incluso más joven de lo que parecía, no podía ser mayor de veinte seis, pero el antifaz le cubría parte del rostro. 

Samuel la tomó por la muñeca con fuerza. 

—Yo pagué mucho dinero para traerte aquí, ahora no te me vas a negar —la mujer se soltó con fuerza del agarre de Samuel.

—Cuando me contrató, en el catálogo muy explícito estaba que yo no era una prostituta, solo una bailarina, por eso era más barata que las demás. Si quería acostarse con una debió haber pagado las más caras —Emilio sintió un extraño escalofrío en la columna. Esa voz... 

Caminó hacia la mujer, la tomó por la muñeca y en un hábil movimiento antes de que ella lograra hacer algo se deshizo del antifaz de su rostro y entonces la vio. 

Las fuerzas del cuerpo le fallaron, el antifaz en su mano cayó al suelo y rodó hasta estar a los pies de sus compañeros anonadados al otro lado. 

La bailarina parpadeó un par de veces, pero en cuanto lo vio, en cuanto lo reconoció, abrió los ojos como dos enormes lunas llenas. 

Espantada, apretó los labios y luego dio un paso atrás, pero seguía atrapada en el fuerte agarre de Emilio en su muñeca.

—¡Tú! —le dijo Emilio, la voz le tembló. 

Samuel los miró a ambos sorprendido, luego se aclaró la garganta. 

—¿Acaso la conoces? —Emilio asintió. 

—¿Que si la conozco? ¡Esta mujer es mi esposa!

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