LOS GEMELOS SECRETOS DEL CEO

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Capítulo 5 CAPÍTULO 5

El cruce

El Rolls Royce cruzó el portón de la mansión de los de la Vega a las cuatro y veinte de la tarde.

Sergio bajó del auto con Santiago de la mano. El niño todavía llevaba la máscara puesta, blanca, con el número siete en la frente.

—Quítatela ya, hijo. Estamos en la casa.

—Pero quiero dormir con ella, papá.

—Para eso te la quitas y te la pones.

Santiago se la sacó despacio y se la entregó a Sergio con las dos manos. Sergio la miró un segundo. Cuando llegó la solicitud de las máscaras, tres días antes del torneo, le pareció una idea descabellada. Ahora la agradecía. Su hijo iba a estar protegido. Nadie iba a tener un primer plano del nieto de los de la Vega circulando en redes.

—Sube a hacer la tarea. Esta noche tenemos tu primera partida.

—¿Voy a ganar, papá?

—Vas a hacer lo mejor que puedas.

Santiago subió las escaleras corriendo. En el segundo escalón, tropezó con Lorena.

Lorena bajaba con una bandeja de café. La taza se tambaleó. Apretó los dientes.

—Maldito mocoso —susurró.

Esperó dos segundos hasta que Sergio se metió al despacho. Después agarró a Santiago del brazo y lo pellizcó por el costado a través del suéter. El niño apretó los puños y se mordió la lengua.

—Te he dicho mil veces que no corras por la casa.

—Lo siento.

—Desaparece de mi vista.

Santiago corrió a su habitación.

No era la primera vez. Llevaba dos años aguantando los pellizcos, los empujones cuando nadie miraba, los castigos a la merienda. Lorena lo había entrenado con una sola frase repetida: si tú le cuentas algo a tu papá, mi amor, él me echa, y si me echa, tu papá se enferma. Tu papá vuelve al hospital. ¿Tú quieres que tu papá se muera?

Santiago, con seis años, había aprendido que el silencio era el precio de mantener vivo a su padre.

Lorena bajó las escaleras acomodándose el vestido. Cuando entró al despacho, traía la sonrisa puesta como un maquillaje.

—Sergio.

—Hola.

—¿Cómo estuvo el hotel?

—Listo.

—¿Tenías que gastar tanto?

Sergio levantó la vista del portátil.

—Mi hijo está en esa competencia. Voy a gastar lo que sea necesario.

Lorena vio el gesto de fastidio. No supo parar.

—Yo voy esta noche con ustedes. Ya tengo los carteles para Santiago.

—No es necesario. Vamos él y yo.

—Pero, Sergio…

—Tú te quedas en la casa.

—Siempre voy a los eventos importantes del niño.

—Porque Santiago no te quiere ahí.

Silencio.

Lorena parpadeó. Forzó una sonrisa.

—Está celoso de mí. Piensa que voy a robarle a su padre. Es normal.

Sergio la miró sin parpadear.

—Lorena. No me importa por qué lo haga. Esta noche te quedas.

Volvió a bajar la cabeza al portátil.

Lorena salió del despacho con la sonrisa puesta. Cerró la puerta detrás de sí. Caminó por el pasillo apretando el puño hasta que las uñas se le clavaron en la palma.

Seis años. Seis años en esa casa, soportando todo, esperando a que Sergio la viera. Y la respuesta seguía siendo la misma.

No.

Llegó a su habitación y cerró la puerta de un golpe. Su paciencia tenía un límite. Y esa noche acababa de cruzarse.

A las ocho en punto, Sergio y Santiago entraron al salón principal del hotel.

Cien mesas con tableros impecables, banderines de los países en las paredes, luces blancas frías y cámaras en las cuatro esquinas. Cien niños con máscara y un número en la frente.

Santiago le agarraba la mano a Sergio con fuerza.

—¿Y si pierdo, papá?

—No vas a perder.

—Pero si pierdo.

—Comemos pizza igual.

El niño sonrió detrás de la máscara.

El organizador se acercó.

—Señor de la Vega. El número siete a la mesa veintidós. Empiezan en diez minutos.

Sergio se agachó. Le acomodó la máscara al niño.

—Tú juegas. Yo te miro desde aquí.

Santiago caminó a su mesa. Sergio se quedó en la zona de acompañantes, separada del salón por una baranda baja.

A tres mesas de distancia, en la mesa diecinueve, otro niño con máscara se sentaba frente a su rival.

Su madre estaba parada a cinco metros de Sergio, separada de él por dos hombres y una mujer con cartel.

Llevaba el pelo suelto, corto, en ese tono caoba claro. Vestido oscuro, sencillo. Y aunque estaba dentro de un salón cerrado, no se había quitado las gafas de sol.

Emma López tenía los ojos puestos en el número doce. En su hijo.

Las primeras partidas pasaron rápido. Eliminación directa. Ángel ganó la primera. La segunda. La tercera. A tres mesas, Santiago ganaba al mismo ritmo. Avanzaban juntos sin saberlo.

Eran cerca de las once de la noche cuando Sergio sintió el peso.

Esa sensación que tiene la gente cuando alguien la mira mucho rato y después no.

Levantó la cabeza. Miró alrededor.

Y la vio.

Pelo corto, suelto. Vestido oscuro. Gafas de sol.

La mujer del lobby de esa mañana.

Sergio se quedó quieto. Ella no lo estaba mirando a él. Tenía los ojos puestos en uno de los niños del centro, las manos apretadas a la altura del estómago, la boca apretada también.

Le había parecido familiar en el lobby. Ahora, de medio lado, con esa luz blanca cayéndole sobre la cara, le parecía familiar otra vez. No era el rostro. El rostro no se le veía bien por las gafas. Era otra cosa. La forma en que tenía las manos. La forma en que apretaba la mandíbula. La forma en que estaba parada con un pie apenas adelante del otro, como si estuviera lista para correr.

Eso lo conocía. Eso lo había visto antes.

Sergio dio un paso hacia la baranda. Trató de mirarla mejor.

En ese momento ella sintió algo. Levantó apenas la cabeza. Giró el rostro un grado.

Lo miró.

A través del cristal oscuro de las gafas, lo miró.

Y aunque ella no veía claramente, aunque ella no lo recordaba, aunque ella no sabía quién era, el cuerpo le contestó por dentro con un latido que no debió haber sido suyo. Se le aceleró el pulso. Le subió calor a las mejillas. Apretó las manos hasta que le dolieron.

A Sergio se le secó la boca.

Dio otro paso, despacio, sin pensar. La baranda quedó entre los dos. Tres metros de distancia. Él la miraba sin pestañear y ella lo miraba a través de los cristales oscuros, y por una fracción de segundo, una sola, los dos olvidaron al niño que tenían en el tablero, olvidaron el salón, olvidaron a las personas que los rodeaban.

Sergio abrió la boca como para decir algo.

No le salió la voz.

Ella reaccionó primero. Bajó la cabeza, dio un paso atrás y volvió la mirada al tablero diecinueve, como si nada hubiera pasado. Pero las manos le temblaban. Sergio lo notó desde donde estaba.

—Señor de la Vega.

—Dígame.

—Su hijo pasó a octavos. Mañana juega contra el número doce a las nueve.

—Gracias.

El organizador se fue. Sergio buscó a la mujer otra vez con la mirada.

Ya no estaba.

Emma caminó rápido por el pasillo lateral del salón. Tenía a Ángel de la mano. El niño se había quitado la máscara y la miraba con los ojos brillantes.

—Mami, gané.

—Lo sé, mi amor.

—¿Estás bien?

—Vamos al cuarto, Ángel.

Llegaron al ascensor. Emma apretó el botón tres veces seguidas. Cuando se cerraron las puertas, se apoyó contra la pared y respiró hondo.

—Te pusiste pálida, mami.

Emma cerró los ojos.

Un hombre. Alto, traje oscuro, ceño fruncido, mirándola desde el otro lado del salón.

No lo había visto bien. Había bajado la cabeza enseguida. Pero el cuerpo se había puesto raro otra vez. Igual que en el lobby. Una sensación que no podía nombrar. Algo entre el miedo y el calor, entre el reconocimiento y el vacío.

Como si el cuerpo se acordara de algo que la cabeza llevaba seis años sin saber.

Las puertas del ascensor se abrieron.

—Vamos, mi amor.

Llegó al cuarto y cerró con doble llave. Se sacó las gafas. Se sentó al borde de la cama.

Las manos le temblaban.

Mañana, a las nueve de la mañana, su hijo iba a jugar contra el número siete.

Y ella, sin saberlo, iba a estar a tres metros del padre que su hijo nunca había conocido.

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