LOS GEMELOS SECRETOS DEL CEO

Descargar <LOS GEMELOS SECRETOS DEL CEO> ¡gratis!

DESCARGAR

Capítulo 2 CAPÍTULO 2

El heredero de los de la Vega

Constanza de la Vega llegó a la clínica privada y entró a la habitación 301 con el bebé envuelto en la manta de lino. Adentro, sobre una cama blanca rodeada de máquinas, yacía Sergio de la Vega. Cinco meses en coma. Un mes desde el trasplante. La cicatriz todavía fresca bajo la gasa.

Se sentó en la silla al lado de la cama. Le acarició la frente despacio, como hacía cuando era niño y tenía fiebre.

—Hijo. Cuando despiertes vas a tener a tu niño en los brazos. Y esa arribista que te metió ideas en la cabeza ya no va a molestarte más.

Sacó el teléfono. Marcó.

—¿Te encargaste?

—Sí, señora. A esta hora esa mujer ya es comida de los cerdos.

—Bien. Cierre ese cuchitril y desaparezca. Le deposito el doble para que se vaya del país.

—Encantado.

Colgó. Y sin darse cuenta, empezó a resbalarse hacia atrás en el tiempo, hasta el día en que todo había empezado.

Había sido una tarde de agosto.

Sergio salía de una reunión en la torre de Vega Enterprises. Bajando del piso cincuenta y dos sintió un tirón distinto en el pecho. Más profundo, más frío. Alcanzó a salir del ascensor antes de desplomarse.

La gente gritó. Y entonces apareció ella.

Una muchacha menuda, de pelo oscuro, con jeans y una mochila al hombro. Venía a entregar una hoja de vida en un piso alto. Se arrodilló al lado del cuerpo, sacó unas agujas finas del maletín y empezó a hacer algo que nadie entendía.

En dos minutos, el corazón de Sergio volvió a latir.

Alma Sarmiento. Veinte años. Pasante de medicina, especializada en acupuntura desde los doce gracias a una abuela del pueblo que la crió y que se había muerto un año atrás dejándola sola en el mundo.

Sergio se despertó en el hospital al día siguiente. Lo primero que preguntó fue por la muchacha de las agujas. Cuando ella entró al cuarto con la bata blanca, los dos se miraron por un segundo demasiado largo. Ninguno habló. No hizo falta. Ella se le acercó a la cama, le puso dos dedos en el pulso, y él le agarró la mano antes de que se la quitara. Se la sostuvo así medio minuto, con los ojos cerrados, como quien retiene un milagro.

—Gracias —dijo él al fin, con la voz quebrada.

—No me agradezca.

—¿Cómo se llama?

—Alma.

Sergio sonrió por primera vez en una semana.

—Alma. Eso explica todo.

Ella se rió bajito. Una risa corta, nerviosa. Una risa que él iba a recordar después en sueños cuando todo se rompiera.

Pasaron tres meses. Se vieron a escondidas, en cafés pequeños, en el apartamento que Sergio tenía en la zona norte. Cuando Constanza se enteró, ya era tarde. Su hijo estaba enamorado de una muchacha de pueblo sin apellido, sin familia, sin nada más que unas manos de oro.

Constanza le ofreció dinero para alejarla. Alma dijo que no. Le ofreció el doble. Alma dijo que no. Le ofreció una beca a Europa. Alma dijo que no por tercera vez.

Mientras tanto, Sergio empeoraba. El corazón le fallaba cada vez más seguido. Tres años en lista de espera, hasta que una tarde de noviembre, almorzando con Alma en un restaurante del centro, se desplomó sobre la mesa.

Alma le hizo maniobras de reanimación encima de los platos. Se subió a la ambulancia con él. En urgencias se lo arrancaron de los brazos.

Se quedó en la sala de espera, con la ropa manchada, con el corazón al doble. A las dos horas una enfermera la vio pálida, le tomó la presión, la obligó a acostarse. Le sacaron sangre. A los cuarenta minutos la doctora entró con el resultado.

—Señorita Sarmiento. ¿Sabía que está embarazada?

Alma se quedó mirándola. Nueve semanas, decía el papel.

Y en ese momento la puerta se abrió de golpe y entró Constanza de la Vega.

Constanza venía a buscar el parte médico de su hijo. Alcanzó a escuchar la última frase antes de que la doctora saliera.

—Conque embarazada.

—Señora…

—De mi hijo. ¿Cuántas semanas?

—Nueve.

Constanza se sentó al pie de la camilla con una calma que daba más miedo que los gritos.

—Usted lleva en el vientre a mi nieto. Desde este momento, está bajo mi cargo. No come donde quiera. No va donde quiera. No decide sobre usted misma. Porque lo que lleva adentro no es suyo. Es mío.

Alma no contestó. Tenía la cabeza en la sala de operaciones.

Sergio entró en coma inducido esa misma noche. O recibía el trasplante o no pasaba de la semana. Constanza movió cielo y tierra. Aun así el corazón no aparecía.

Al cuarto día, Constanza apareció en la sala de espera con una carpeta.

—Firma.

—Qué es.

—Renuncia a todos los derechos maternos. Yo lo crío. Usted desaparece.

—No voy a firmar eso.

—Sí va a firmar.

—Señora, yo no…

—Mi hijo se está muriendo al otro lado de esa puerta —la voz de Constanza bajó una octava—. Y si se muere, ese niño que usted carga es lo único que me queda. ¿Cree que voy a dejar que el único nieto que voy a tener crezca con una pobretona sin apellido, sin familia, sin casa?

—Señora…

—Ni muerta. Firme.

—Déjeme pensarlo…

—No hay qué pensar. ¿Lo ama?

—Lo amo.

—Entonces firme.

Alma firmó. Con la mano temblándole, sin leer una línea. Firmó porque estaba destrozada, porque llevaba cuatro días sin dormir, porque Sergio se le estaba muriendo. Firmó porque tenía veinte años y porque Constanza sabía exactamente cuándo se quebraba una mujer.

Esa misma noche, mientras Constanza dormía tranquila, Alma salió del hospital por una puerta de servicio y desapareció.

Pasó los siguientes seis meses escondida, sin contacto con nadie excepto Lorena, una compañera de la pasantía que trabajaba en cardiología y que le pasaba noticias desde un teléfono público.

—Está estable. No ha despertado.

—¿Me buscan?

—Constanza dice que desapareciste con el niño. Cuídate, esa mujer es peligrosa.

A los siete meses, Lorena la llamó con algo distinto.

—Apareció el corazón. Lo operan pasado mañana.

Alma cerró los ojos. Sabía lo que venía. Pero ese niño era suyo y no lo iba a entregar.

Esperó a que Sergio entrara a quirófano. Cuando supo que la operación había empezado, agarró lo poco que tenía y se fue al aeropuerto con un pasaporte falso y un vestido demasiado grande para disimular la barriga de ocho meses.

No duró ni dos horas.

La agarraron en la fila de migración.

Una semana después, Sergio de la Vega abrió los ojos.

Constanza corrió por el pasillo en pantuflas. No recordaba la última vez que había corrido en su vida.

Sergio la miraba desorientado, con la barba crecida y los labios secos.

—Mamá…

—Hijo. —Le tomó la mano. Los ojos se le llenaron de lágrimas, de verdad esta vez—. Estás vivo. Te hicimos el trasplante.

Sergio parpadeó. Tragó saliva. Y cuando volvió a hablar, era la voz de un hombre que acababa de recordar algo.

—¿Dónde está Alma?

—Hijo…

—Dónde está.

—Tengo que contarte algo.

Constanza hizo un gesto hacia la puerta. La asistente entró con una carpeta.

—Eres padre. Tienes un hijo varón. Nació hace ocho días. Está aquí.

—Alma…

—Alma vendió al niño, Sergio.

Silencio.

—Qué.

—Firmó la renuncia. Cobró una fortuna. Desapareció.

—Ella no haría esto.

—Mira los papeles.

Sergio abrió la carpeta con las manos temblándole. Vio la firma al pie. Era su letra. La misma A. La misma M. La misma rúbrica torcida con la que ella le había escrito te amo ocho meses atrás.

Y ahora esa misma letra renunciaba a su hijo.

Sergio empezó a llorar en silencio. Lloró porque la mujer que lo había reanimado dos veces, la que le decía mi amor al oído, había resultado ser una mujer que vendía a su propio hijo. O al menos eso decía el papel. Y él, con un corazón nuevo latiendo torpe bajo la cicatriz, no tenía fuerzas para dudar del papel.

Constanza volvió a los pocos minutos con el bebé en los brazos. Se lo puso sobre el pecho, evitando la cicatriz.

Sergio lo miró. Pequeño. Tibio. Una mata de pelo negro igual a la suya. Era suyo.

Le pasó un dedo por la mejilla.

—Hola, hijo. Tu mamá no te quiso. Pero yo sí.

Apretó al bebé contra el pecho. El corazón nuevo le latió distinto por primera vez, con un propósito que no le conocía.

—Y te juro, mi niño. Algún día voy a encontrar a esa mujer. La voy a buscar hasta debajo de las piedras. Y le voy a hacer pagar, una a una, cada lágrima que te robó. Cada minuto que me robó a mí.

El bebé abrió los ojos un instante. Lo miró sin enfocar. Volvió a cerrarlos, como si hubiera escuchado todo y hubiera entendido.

Constanza, desde la puerta, sonrió de medio lado. Todo estaba saliendo exactamente como ella lo había planeado.

Lo que ninguno de los dos sabía era que, a dos ciudades de distancia, en la camilla de un hospital público, una mujer joven abría los ojos con un dolor de cabeza brutal y un bebé durmiéndole contra el pecho.

No recordaba su apellido. No recordaba su edad. No recordaba nada del último año.

Solo le salió un nombre a los labios, antes de que todo volviera a apagársele.

—Sergio…

Y después, nada.

Capítulo Anterior
Siguiente Capítulo