Capítulo 1 Dante
Desde que tenía uso de razón, Dante había sido su obsesión.
Todo comenzó el día que entró a su casa siendo apenas una cría flaca y torpe. Su padre León lo presentó como su amigo y compañero de armas. Cuando Dante la levantó en el aire con esos brazos fuertes y le sonrió, algo dentro de Adriana se encendió para siempre. Un fuego silencioso y peligroso que creció con los años.
Con el tiempo su padre murió en servicio. Dante, fiel a su promesa, se quedó cerca. Tanto que terminó casándose con Catalina, su madre. Para Adriana, Dante siempre había sido esa figura prohibida: el hombre que la trataba con cariño distante, como a la pequeña de su amigo. “Pequeña”, le decía. Siempre “pequeña”.
Y ella esperó. Pacientemente. Obsesivamente.
Pasaron los años y, aunque la tensión entre ellos era palpable, habían logrado una especie de rutina extraña. Hasta que Catalina murió de repente.
El vacío que dejó su madre fue inmenso… pero también abrió una puerta.
Esa misma noche, después del entierro, Adriana entró en la habitación de Dante con los ojos hinchados de llorar. Llevaba solo un camisón fino que apenas le cubría los muslos.
— ¿Puedo dormir contigo? — preguntó con voz quebrada—. No quiero estar sola.
Dante, hundido en su propio dolor, asintió y abrió las sábanas.
— Ven aquí.
Ella se metió en la cama y se pegó a su cuerpo caliente. Durante un rato se quedó quieta, disfrutando de su olor, de la anchura de su pecho, del latido fuerte de su corazón. Pero el deseo que había acumulado durante años fue más fuerte que el duelo.
Cuando sintió que él se había dormido, deslizó la mano lentamente por su abdomen hasta llegar a su entrepierna. Lo acarició por encima de la tela hasta que lo sintió endurecerse. Con el pulso acelerado, bajó su pantalón y liberó su miembro grueso y pesado. Era aún más grande de lo que recordaba de aquella vez que lo vio desnudo en el baño.
Se mordió el labio y lo tomó en su boca con devoción hambrienta. Chupaba con torpeza pero con pasión, queriendo marcarlo, queriendo que fuera suyo por fin.
Dante despertó de golpe.
— ¡¿Qué carajo haces?! — rugió, incorporándose violentamente.
Adriana levantó la mirada, con los labios brillantes y los ojos llenos de lágrimas y deseo.
— Puedo darte lo que te daba mamá… y más — susurró—. Yo te amo, Dante. Siempre te amé.
Por un segundo él se quedó mudo, procesando la situación. Luego la tomó de los brazos con firmeza.
— Adriana… esto no está bien. Eres mi hijastra. Te vi crecer. Siempre fuiste la pequeña de la casa. No puedo hacerte esto.
Ella se soltó con rabia y se quitó el camisón de un tirón, quedando completamente desnuda frente a él.
— ¡Mírame! Ya no soy esa pequeña. ¿Hasta cuándo vas a seguir negándolo?
Dante desvió la mirada, apretando la mandíbula.
— Vístete. Esto no va a pasar.
La humillación le quemó el pecho. Pero también alimentó algo mucho más oscuro dentro de ella.
Los días siguientes Dante apenas le hablaba. Hasta que una mañana le ordenó que armara su valija.
— ¿A dónde vamos? — preguntó ella.
— Solo obedece.
Nunca imaginó que terminaría en un internado lejano. Lloró, gritó, se arrodilló y se aferró a sus piernas, pero nada lo detuvo. Dante la dejó allí, convencido de que era lo mejor.
Mientras veía el auto alejarse desde la ventana del internado, Adriana sintió cómo la obsesión que había sentido toda su vida se transformaba en algo frío y decidido.
Él la había rechazado.
Pero ella ya no era esa pequeña. Y si Dante creía que podía apartarla de su lado… se equivocaba completamente.
Porque tarde o temprano, lo tendría solo para él. Aunque tuviera que atarlo para conseguirlo.
