Liberada por amor

Descargar <Liberada por amor> ¡gratis!

DESCARGAR

Capítulo 2 Capítulo 2: El juego de las sombras

POV Blanca Ramírez

Pasé la noche entera con los ojos abiertos de par en par, clavados en la palabra "MAÑANA" que chorreaba en la fría pared de mi celda. El pánico era un veneno lento que se alimentaba de la oscuridad. Al amanecer, la amenaza cobró forma en las duchas de manera descarada: una de las aliadas más cercanas de la Alacrana dejó caer un trozo de jabón a mis pies; al partirse contra el linóleo húmedo, reveló la punta oxidada de una navaja casera. Fue una advertencia silenciosa, directa y letal. Me estaban cazando y el tiempo corría en mi contra. Por eso, cuando la celadora gritó mi apellido pocas horas después para regresar a los locutorios, me puse de pie con una urgencia desesperada, ansiosa por encontrar el único cable a tierra que me quedaba en ese infierno.

Matías de la Fuente me esperaba sentado en el mismo cubículo de siempre, luciendo tan impecable y ajeno a la podredumbre del penal que por un segundo mi mente lo procesó como un espejismo de otro mundo.

—De la Fuente —repetí en voz alta, paladeando cada sílaba del apellido con calculada lentitud mientras tomaba asiento frente a él. La ironía de su presencia me supo a óxido en la lengua—. Suena a dinero viejo. A colegios privados, apellidos de renombre y a gente que jamás ha pisado un charco para no ensuciarse los zapatos finos. ¿Qué hace un aristócrata de tu calibre jugando al buen samaritano en un lugar donde las paredes sangran mugre?

Él no se inmutó ante mi hostilidad. Ni siquiera reparó ante el veneno que escupía para ocultar mi propio terror. En su lugar, sus ojos marrones, profundos y peligrosamente cálidos, me escudriñaron con una fijeza tan absoluta que sentí un vuelco incómodo y eléctrico en el estómago. Sostuve el desafío con la barbilla en alto, pero mi dedo índice comenzó a golpear la mesa rítmicamente, delatando la tormenta que llevaba por dentro.

—Hago mi trabajo —respondió él, y su voz, firme y desprovista de cualquier duda, retumbó en las paredes desnudas del pequeño cubículo—. En mi trabajo nos encargamos de sacar de este infierno a la gente que el sistema masticó por error o por pura negligencia.

Solté una risa amarga y seca, un sonido áspero que murió antes de convertirse en verdadero humor.

—No hubo error, licenciado. Mi madre, Petra Martínez, se encargó de que todo saliera perfecto. Ella tejió la red, le puso el moño a la mentira y me pintó como el monstruo perfecto ante el juez para robarse a mi hija. El sistema no se equivoca, De la Fuente; el sistema simplemente traga entero cuando le pagan lo suficiente.

Matías se inclinó un poco más sobre la mesa de aluminio descarapelada. La distancia entre nosotros se acortó de golpe y el aroma a café cargado y jabón limpio inundó mis sentidos, borrando por un segundo la pestilencia a cloro de la prisión. Mi respiración se descompasó ante su cercanía. Sus ojos oscuros bajaron un segundo hacia mi hombro rígido, analizando mi postura defensiva, y luego volvieron a clavarse en mis pupilas con una intensidad que me hizo tragar saliva de golpe.

—Conozco a las mujeres como Petra Martínez —murmuró, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un secreto confidencial que me erizó la piel—. Usan la moralidad y las apariencias como un arma para ocultar su propia podredumbre. Pero los expedientes médicos no mienten, Blanca. Llevas cuatro años y medio limpia. Pasaste por un síndrome de abstinencia brutal embarazada, en un entorno hostil y no te quebraste. Sobreviviste.

Mis defensas flaquearon por completo, mostrando una grieta minúscula y peligrosa. Sentí un pánico frío golpearme el pecho al ver cómo este hombre ponía en palabras exactas mis peores noches de agonía.

—Sobreviví porque tengo que volver por Daniela —susurré, y la confesión me dolió en el pecho como una herida abierta—. El problema, De la Fuente... es que no sé si llegaré viva a la audiencia de la próxima semana.

Matías se congeló en su sitio. Su mirada se ensombreció de inmediato mientras yo le relataba, en un murmullo apresurado y tembloroso, el mensaje sangriento en mi colchoneta y el encuentro hostil en las duchas de esa mañana. Al escuchar que la Alacrana ya había recibido un pago para acabar con mi vida, la mandíbula de Matías se tensó con una furia tan salvaje que sus facciones se volvieron de piedra. El fantasma de su cliente inocente, aquel que fue asesinado en su celda porque él no actuó con la suficiente rapidez, revivió en sus ojos oscuros, transformándose en una determinación letal. No iba a permitir que la historia se repitiera conmigo.

—No voy a dejar que te pongan un solo dedo encima —sentenció, cruzando la mesa para tomar mi mano callosa con una fuerza protectora que me dejó sin aliento—. Mañana mismo tramito un traslado de emergencia a una zona segura. Descansa, come lo que puedas y mantén la cabeza fría, amazona. No te atrevas a rendirte ahora, Blanca.

Se marchó con pasos firmes, dejándome el pecho encendido por una certeza abrasadora y un calor que no recordaba haber sentido jamás. Sin embargo, el peligro de muerte no iba a esperar a que sus trámites burocráticos avanzaran en los juzgados.

La guardia que me escoltaba de regreso me desvió abruptamente hacia el corredor subterráneo que pasaba junto a las cocinas desiertas, una conocida zona ciega del penal donde las cámaras nunca funcionaban. A mitad del oscuro camino, la celadora se detuvo en seco, miró su reloj de pulsera y me soltó el brazo con una frialdad que me congeló la sangre.

—Espérate aquí, Ramírez. Olvidé registrar un papel importante en la entrada —declaró con voz monótona.

Se dio la vuelta sin darme tiempo a replicar y sus pasos se desvanecieron rápidamente en la penumbra, dejándome completamente sola. Un silencio sepulcral e imponente inundó el pasillo gris. Entonces, desde la profunda oscuridad de las cocinas abandonadas, escuché el eco nítido, seco y escalofriante de una navaja automática abriéndose.

Capítulo Anterior
Siguiente Capítulo