Las Joyas de Sangre

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Capítulo 8 VIII

El carruaje se mecía de un lado a otro, como una furiosa marea dispuesta a volcar a sus navegantes. El reverberar de los corceles y las rocas que colisionaban contra las ruedas intensificaban aún más el recorrido. Aun así, no podía evitar pensar que los hechos que atormentaban las sombras del castillo pesaban más que cualquier tempestad.

—Edward —gritó para ser escuchada con su voz quebrada—. ¿Cuánto tardaremos en llegar?

La noche en que habían llegado no había visto el camino; era imposible verlo tras las diminutas luces nocturnas. Pero ahora había claridad en ella, pareciéndole eterno el avance hacia el castillo.

—Ya se ven las puertas —comunicó—.

Los soldados se alinean en formación para recibirla.

En ese momento no deseaba ser glorificada ni recibir algún tipo de honra por parte de los ejércitos. Necesitaba ver a su esposo y corroborar personalmente si él estaba en perfectas condiciones. Si solo tuviese más poder sería capaz de defenderlo, aunque significara sacrificar su vida por la de él.

Los instrumentos de aire resonaban en las calles anunciando la llegada del miembro imperial. La gente saludaba con ánimos de festival, mientras Catherine, con sus sentimientos a punto de estallar, se escondía en una sonrisa. El llegar a su encuentro le era ya imposible; las madres acercaban a sus hijos para que fuesen besados por ella, ya que todas las princesas herederas de antaño lo habían realizado, una costumbre que no se erradicaría tan fácilmente.

—¡Abran paso! La princesa heredera de Inglaterra se apresura a saludar a la Emperatriz Viuda —anunció un soldado desconocido.

Las flores rociaban el carruaje, delicados de colores claros, recordándole la sepultura de su madre y cómo ella se había encargado del fúnebre momento.

<<¿Debo saludar a esa arpía?>> se preguntó mientras saludaba de pie ante todos.

<<¡Larga vida a la princesa Catherine!>> gritaban los campesinos una y otra vez, a oídos de la Emperatriz, que con esto, recorriendo las calles, afirmaba su decisión; quien, en un punto de inflexión, pensó que tal vez estaba cometiendo un gran error.

Las puertas se abrieron dejando ver que Thomas la esperaba con una gran sonrisa, haciéndola sentir segura de que estaba bien. Ella se apresuró a sostener su mano.

—Fue imposible dormir sin mi amada Catherine a mi lado —dijo mientras besaba el dorso de su mano cubierta.

—Me alegra saber que estamos juntos.

Ambos fueron llevados a almorzar con la emperatriz y sus invitados. Entre ellos estaba su hermano mayor, el vendedor del uso no público. Aun con sus sentimientos a flor de piel, Catherine debía demostrar que era fuerte y que el pasado debía quedar plegado en una hoja más del tiempo.

—Saludos, madre —Catherine se inclinó suavemente—. Saludos, hermano mayor.

—Veo que mi hermana no ha aprendido buenos modales aún. Hace días debía haber venido a saludar a su madre —dijo mientras se acercaba con pasos firmes.

Sin importarle en lo más mínimo las personas presentes, que curiosas no dejaban de observar por encima de sus espaldas. No obstante, Thomas se puso delante de ella como su fiero protector; su palabra valía más que la efímera corona.

—Cuñado, deberías echarme la culpa a mí. Por mi egoísmo y mi profunda devoción necesitaba pasar el tiempo que me rechazaste cerca de ella —sonrió—. Comamos.

Ante tan tajante respuesta, el hombre no pudo lograr nada más que sentir vergüenza ante la irrefutable contestación. La sala continuó como si nada hubiese sucedido, tendidos en sus propias charlas. Aun así, integraron al desvergonzado rey; no podían dejar de lado a la hipocresía viviente que, con sus desagradables miradas, incomodaba a Catherine. A pesar de todo, ella mantuvo su espíritu con una notable distinción de orgullo y respeto por sí misma. Ante tal actitud, él deseó amargarle la existencia, haciéndole, aunque fuera un poco de agravio en algún momento.

Los sirvientes llegaron con sus diferentes porcelanas, traídas de distintas partes del mundo, demostrando de esta forma que Inglaterra podía encontrar incluso esas simples artesanías. 

Demostraban poder en cada accionar, ya fuera con la vajilla, sus palacios o sus invitados. No todos los reinos podían conseguirlos; la confianza de este reino superaba a cualquiera que estuviese de acompañante.

La reunión fue más breve de lo pensado. Algunos expusieron su apoyo explícitamente sin solicitar ningún pacto momentáneo. Solo anhelaban la paz que no podían dejar en confianza directa con su madre imperial. Catherine sabía que el apoyo constante no solo permitiría que su esposo estuviese seguro, sino que ella también estaría salvaguardada de todo ataque de su madre. Las amenazas que la sostenían se harían realidad estando lejos de Thomas.

En su castillo, por última vez necesitaba recordar la amabilidad que había recibido de su querida servidora Bler, pero para su espantosa sorpresa el joven rey de cabellos dorados la esperaba recostado sobre sus ropas. El modo en que yacía entre sus pertenencias le recordaba el mal que le había causado. Su mirada fría, que solo buscaba su propia satisfacción, la observaba con los mismos ánimos crueles.

—¿Cómo se sintió tu esposo al no ser el primero? —se rio con gran energía.

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