Las Joyas de Sangre

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Capítulo 19 XIX

—¡Entrenamiento para los débiles! —exclamó Dravenhild, y su voz fue devuelta por el eco de las montañas—. ¡Que las mujeres de espíritu de caza tomen el arco y la lanza! No partiremos hacia Inglaterra como saqueadores, sino como el fin del mundo. No zarparemos hasta que nuestras tierras sean un erizo de espinas que nadie, ni hombre ni ser, se atreva a tocar en mi ausencia.

Mientras tanto, a leguas de distancia, en las frías y neblinosas tierras de Inglaterra, el panorama era el opuesto absoluto, aunque igual de inquietante. El rey Thomas regresaba con una pompa que deslumbraba incluso bajo el cielo plomizo, cargado de nubes que amenazaban con una tormenta de proporciones épicas. La felicidad de los súbditos era un rugido gutural que acallaba el silbido del viento. Los soldados, con sus armaduras plateadas reluciendo bajo la luz pálida del atardecer, disfrutaban del gozo que la multitud les arrojaba en forma de vítores y pétalos de flores marchitas por el frío.

Los niños jugaban entre las patas de los caballos, ajenos a la sangre que aún manchaba las hendiduras de las corazas de sus héroes, percibiendo una libertad que solo el retorno de un monarca victorioso puede otorgar. Las mujeres de la vida galante, envueltas en perfumes baratos que apenas ocultaban el olor a sudor y sedas de colores chillones, invitaban a los hombres de armas a celebraciones de carne, vino y olvido. Pero en medio de aquella fiesta palpitante, Thomas no buscaba el aplauso de las masas hambrientas. Su alma, agotada por el peso de la corona y el recuerdo de los degollados, anhelaba ver a la mujer que había capturado cada fibra de su esencia, la única que podía acallar los gritos de los muertos en su cabeza.

En el interior del palacio, el eco de zapatos incómodos —lujosos pero restrictivos— resonaba en los pasillos de mármol frío. Catherine se había preparado con una disciplina casi militar para ese momento. Su cuerpo estaba decorado con las joyas que Thomas mismo había diseñado para ella en momentos de paz, coronada por una tiara de diamantes cuya frialdad alzada acentuaba sus virtudes y, al mismo tiempo, ocultaba sus miedos más profundos. Raluca, su dama de confianza y la única que conocía las grietas en su máscara de porcelana, percibía el estrés en la rigidez antinatural de sus hombros. El corazón de la reina latía con tal violencia contra sus costillas que parecía una criatura atrapada queriendo escapar de su corsé de seda.

La corte, ese nido de víboras expertas en la hipocresía y el arte de la puñalada por la espalda, había preparado discursos inflados de adjetivos innecesarios para endulzar el oído del rey. Los nobles leales, aunque entregados a la causa, seguían practicando los hábitos de adulación que la Emperatriz Viuda les había inculcado como un dogma religioso durante años. Thomas, sin embargo, siempre había odiado ese teatro de sombras. Había visto de primera mano cómo la adulación constante había corrompido el juicio de su madre, convirtiéndola en la estratega amarga y resentida que era hoy, una mujer que amaba el poder más que a su propia sangre. Ahora, solo quedaba entre ellos el respeto formal que el protocolo exigía: un muro de hielo infranqueable que ninguno de los dos se atrevía a romper por miedo a desatar una inundación de verdades dolorosas.

Las trompetas de plata, largas y brillantes, dieron el aviso final: el Rey estaba en las puertas de la ciudadela. Con el corazón en un puño y la respiración contenida, los protectores de la reina —Edward, con su armadura impecable y su alma torturada, y el Conde, con su elegancia depredadora— la vieron marchar hacia la gran entrada. Thomas ingresó montado en su corcel blanco, una bestia noble que parecía entender la importancia del momento. Su armadura estaba amarillenta por el sol de las marismas y cubierta por el polvo de la guerra; sostenía el yelmo bajo el brazo, revelando un rostro cansado pero iluminado por una devoción absoluta.

Al ver a Catherine, sus ojos brillaron con una luz que no procedía de la victoria militar, sino de un hambre espiritual. Saltó de la silla antes de que el caballo se detuviera por completo, ignorando el protocolo para caer en los brazos que habían sido su único refugio en sus pesadillas más oscuras.

—Mi rey, esta reina te da la bienvenida por tu honorable travesía y por la protección de nuestro hogar —dijo ella, inclinándose con una gracia que ocultaba las lágrimas de alivio que amenazaban con desbordarse. El contacto de sus manos fue como una chispa en un pajar seco.

Los súbditos estallaron en vítores, pero ellos estaban solos en su propio universo de carne y alivio. El banquete que siguió fue una orgía de abundancia, un derroche de comida y bebida que pretendía enterrar el recuerdo del hambre en las trincheras. La milicia comió hasta el hartazgo, y los heridos fueron trasladados al nuevo edificio de sanidad que Catherine había supervisado. Los doctores trabajaron arduamente, cosiendo heridas abiertas y amputando lo que el acero enemigo había condenado, con una eficiencia fría que redujo las muertes a una cifra insignificante para los estándares de la época.

Sin embargo, la Emperatriz Viuda no estaba allí. No había sido invitada a la mesa principal, un insulto calculado que ardía en sus entrañas más que cualquier veneno de los que ella misma solía preparar. El desacato de Catherine había puesto sus planes al límite de la ruptura. Pero ella, como buena estratega de las sombras y la bilis, sabía que el tiempo es el mejor aliado de la venganza; solo tenía que esperar a que la euforia del regreso se disipara para atacar de nuevo.

En la alcoba real, lejos del ruido ensordecedor de la fiesta y del choque de las copas de oro, las lágrimas que Thomas había evitado derramar en público frente a sus generales eran besadas una a una por Catherine. No había espacio para la corona de oro ni para el cetro de mando sobre la cama de dosel; allí solo había carne, sudor y un deseo acumulado durante meses de ausencia. Los incesantes y desesperados "te amo" que Thomas susurraba contra el cuello de su esposa actuaban como una droga poderosa en el sistema de la reina, activando una dopamina que le hacía olvidar temporalmente el nido de serpientes que era su propia corte. Había soñado durante más de un año con este reencuentro, con sentir el calor de su cuerpo contra el de ella, con que él llenase los vacíos que la soledad y la responsabilidad habían excavado en su pecho.

Pero la alcoba no era el santuario privado que ellos imaginaban. Fuera de las pesadas puertas de roble, ocultos por la penumbra de las cortinas de terciopelo y el silencio sepulcral de los pasillos, los hombres que la amaban en secreto permanecían como estatuas de sal. Edward, con su honor herido y su mano apretando el pomo de la espada hasta que sus nudillos blanqueaban, y el Conde, con su sed insaciable y sus instintos oscuros, escuchaban los gemidos de placer de su reina. Se preguntaban, con el alma rota y la rabia contenida, cuándo llegaría el día en que ella les viera realmente, cuándo dejarían de ser solo sombras protectoras para convertirse en los dueños de aquel calor que ahora Thomas reclamaba para sí. La oscuridad los consumía, pero se mantenían allí, guardianes de un amor que solo podía florecer en la tragedia.

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