Las Joyas de Sangre

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Capítulo 16 XVI

El barro de los campos sajones ya no era tierra, sino una amalgama asfixiante de lodo, heces de caballo y sangre coagulada que chapoteaba con un sonido viscoso, casi rítmico, bajo los cascos herrados del semental. El aire en el valle apestaba a una mezcla de ozono tras la tormenta y el olor dulzón y pesado de las cavidades abdominales abiertas al sol. El animal, con los ijares bañados en una espuma amarillenta y espesa y los ojos desorbitados por un terror que sobrepasaba el entendimiento animal, galopaba hacia el campamento real como si huyera del mismísimo infierno o como si las almas de los caídos tiraran de su cola desde el fango.

Sobre su lomo, un soldado de ojos inyectados en sangre, cuyas córneas apenas se distinguían entre el polvo y la fatiga, sostenía un trofeo que desafiaba toda cordura humana. Con su mano derecha, cuya garra estaba ennegrecida por la pólvora, el sudor y la grasa de los degollados, movía rítmicamente de un lado hacia el otro la cabeza cercenada de uno de sus enemigos más feroces. Los tendones del cuello colgaban como raíces muertas, goteando un licor oscuro que se mezclaba con el sudor del caballo. Intentaba con todas sus fuerzas, con una voluntad que rozaba la psicosis, llevar aquel despojo putrefacto a los pies de su rey, convencido de que aquel horror era la única moneda válida para comprar la redención de su linaje.

El rostro del muerto era una máscara de espanto eterno, una efigie de la sorpresa ante la extinción. La lengua, grisácea, hinchada y bífida por el frío de la muerte, asomaba entre unos dientes amarillentos que, en vida, habían ladrado órdenes que masticaron la libertad de miles de hombres. Aquel jinete no solo cargaba carne muerta; cargaba sobre su montura la posible paz de su nación, una carga tan pesada que sus nervios, destrozados por el estrépito de la carnicería y el chirrido del acero contra el hueso, se manifestaban en los espasmos incontrolables de sus manos. Necesitaba llegar a la carpa real antes de que el peso del pecado cometido —el asesinato de un rey mientras dormía— le hiciera perder el último rastro de juicio que le quedaba en el cráneo, antes de que el espíritu del decapitado empezara a hablarle en la oscuridad del bosque.

Los centinelas del cordón exterior, figuras espectrales envueltas en capas de lana sucia, al ver el bulto sangriento que el jinete portaba —una esfera de carne y hueso que goteaba hilos de un carmesí oscuro sobre el pelaje del animal—, sintieron un escalofrío que no provenía del viento del norte. Corrieron a abrir las pesadas telas de la tienda real, cuyo interior olía a cera de abeja y vino rancio. Thomas, el rey guerrero, un hombre cuya estatura parecía aumentar bajo la luz de las antorchas, se adelantó hacia el encuentro del mensajero. Sus botas se hundían en el suelo alfombrado, manchándolo irrevocablemente con la inmundicia del exterior, un rastro de fango que simbolizaba la entrada de la guerra en el santuario del mando. Al bajar la mirada, sus ojos se cruzaron con los del difunto soberano danés: Skorvald, el Rey del Mar Negro.

Aquel hombre, cuya sombra había cubierto Inglaterra como un sudario de ceniza durante meses, había sido el más fuerte de entre todos los presentes, una mole de músculos endurecidos por la sal y cicatrices que se decía forjada en el fuego de los volcanes boreales. Sin embargo, en su momento más vulnerable —quizás traicionado por la lujuria de una esclava comprada con sangre o vencido por un sueño inducido por el hidromiel —, Skorvald había sido atacado sin rastro de compasión. Su cuello había sido desgarrado por un acero sin honor, un corte sucio que no buscaba la gloria del duelo, sino la eficacia del matadero. Inglaterra reclamaba su gloria a través de un regicidio que olía a cobardía y hierro oxidado, una victoria que sabía a ceniza en la boca de los hombres justos.

Pero la gloria es una amante de aliento fétido que suele volverse contra quien la reclama con manos sucias. Las noticias de la decapitación volaron como pan caliente entre los involucrados, cruzando las aguas gélidas de los fiordos hasta llegar a los oídos del heredero del Mar Negro. Dravenhild, el Portador del Martillo, no era una criatura nacida de la piedad ni del amor. Se murmuraba en los salones de piedra del norte, donde el fuego nunca calienta los corazones, que Dravenhild había sido alimentado desde su primera dentición con sangre de ciervo herido y carne humana arrancada de los enemigos caídos; un ritual chamánico para endurecer su espíritu contra la debilidad de la empatía.

Era un guerrero más hábil que su padre, una bestia dotada de una inteligencia depredadora que sobresalía por encima de cualquier hombre o mujer. Sus repentinos cambios de humor eran como tormentas eléctricas sobre el mar: en un momento podía ser la calma más absoluta, un frío que congelaba los pulmones, y al siguiente, un torbellino de hachas y vísceras que no dejaba ni el recuerdo de sus enemigos en la tierra. El respeto que le profesaban sus hombres no nacía de la lealtad feudal, sino de un pavor religioso hacia aquel que caminaba entre los vivos como un heraldo de la extinción, un hombre que no buscaba tronos, sino el fin del tiempo de los hombres.

En el palacio, a leguas de distancia del barro y la sangre, los sueños de Catherine parecían haber tocado finalmente los deseos de un universo indiferente y cruel. Lo que tanto le había costado gestar en las sombras de los pasillos —una red de espionaje tejida con hilos de seda y veneno, sobornos a clérigos y promesas rotas antes de ser pronunciadas— ahora podía ofrecérselo a su esposo como una muestra de agradecimiento, lealtad y, sobre todo, un amor que era más una cadena de hierro que un sentimiento noble. Catherine no amaba como las demás; ella poseía.

No obstante, los anhelos de sus pares no le resultaban en absoluto provechosos. Ella sentía el peso de la envidia sobre su nuca como una gota de agua fría que nunca termina de caer. Era ese aliento gélido de quienes intentaban callar su voz en cuanto ella se retiraba de los salones de baile, esas miradas que buscaban la mancha en su vestido o la duda en su voz. Catherine vivía envuelta en infinitos bucles de sentimientos encontrados, una espiral de paranoia y ambición que la obligaba a despertar cada mañana con la guardia en alto, los sentidos agudizados como los de un lince, lista para morder la yugular del mundo antes de que el mundo decidiera morder la suya.

—Conde —pronunció la reina, y su voz sonó como el roce de una navaja sobre el terciopelo. Una sonrisa de una belleza inquietante, casi irreal, se dibujó en sus mejillas rosadas, un contraste violento con la frialdad de sus ojos.

El Conde la observaba desde las penumbras de una columna con una fijeza que rozaba la necrofilia espiritual. Para él, Catherine no era una mujer, ni siquiera una reina; era una posesión que debía ser arrancada del flujo del tiempo, preservada bajo su ala como una mariposa clavada en un alfiler de plata. En sus perfectos y oscuros planes, él era el único digno de habitar el espacio vital de la soberana, el único que debía rozar sus dulces carnes y respirar el mismo aire estancado de su ambición. Ni siquiera Raluca, la fiel servidora que conocía los secretos de su alcoba, debía acercarse a ese círculo de intimidad que el noble había trazado con la sangre de su propia paciencia y los restos de su humanidad descartada.

—Su servidor, mi reina —respondió él, saliendo de las sombras con una elegancia que resultaba antinatural. Tomó el pálido guante de seda de Catherine con una presión mínima, pero posesiva. Lo besó con una parsimonia tan prolongada que hizo que el vello de los brazos de ella se erizara, no de placer, sino de una alarma instintiva.

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