Capítulo 15 XV
La sesión fue levantada, pero la tensión permaneció en el aire como el olor antes de un rayo. Los fondos para la construcción y las materias primas seguían siendo una quimera, una deuda que crecía con cada segundo. Raluca, cuya percepción de los estados anímicos abrazaba lo sobrenatural, observó cómo el agobio se enroscaba en los hombros de la reina. Comprendió que si Catherine no encontraba una salida para esa presión, su salud se quebraría irrevocablemente.
—Majestad —propuso Raluca en la intimidad de los aposentos—, el entrenamiento es la única forma de acallar los gritos de vuestra mente. Yo misma tomaré el lugar de Edward mientras él se ocupa de la leva.
Catherine accedió. El entrenamiento no fue una práctica, fue una flagelación litúrgica. En el patio de armas, bajo un sol que no calentaba pero sí cegaba, Raluca se mostró implacable. No había rastro de la dama de compañía en sus movimientos; solo una guerrera de instintos letales. Las espadas de madera no cortaban, pero cada golpe era un martillazo que molía la fibra muscular. Catherine caía una y otra vez sobre el suelo de piedra, su respiración convirtiéndose en un silbido agónico.
Sus manos, antaño suaves y cuidadas, se transformaron en una cartografía de dolor. Ampollas redondas y purulentas brotaron en sus palmas, fruto del roce constante con la madera tosca. Por las noches, sus sirvientas, con dedos temblorosos y ojos bajos, procedían al ritual de curación. Reventaban las ampollas con agujas de plata, dejando que la linfa y la sangre se mezclaran, para luego aplicar ungüentos espesos de eucalipto y menta que quemaban la piel con un frío abrasador. El cansancio era la única droga que Catherine aceptaba; solo cuando sus músculos pesaban como el plomo, lograba que el rostro de su marido y las intrigas políticas dejaran de torturarla.
En el rincón más oscuro del palacio, la viuda anciana alimentaba una locura que se nutría de los recuerdos del cuerpo. Su odio no era una emoción, era un organismo vivo que supuraba bilis. Al mirar a Catherine, la anciana no veía a su nuera, sino al espectro de la mujer que su propio marido había amado con una devoción patológica antes de su matrimonio. Cada gesto de la joven reina, la forma en que el cuello se curvaba o el tono de su risa, era un eco de la "ramera" original —como ella la llamaba—, aquella que se había negado a ser posesión de su esposo por amor al Rey de Luxiner.
Años atrás, movida por un celo que le había podrido el corazón, la entonces princesa había asesinado a aquella mujer con sus propias manos, deleitándose en el sonido de los huesos del cuello al quebrarse. Se había quedado con la cabeza de su rival, creyendo que así poseería finalmente el amor de su marido. Pero el Rey de Luxiner, roto por el hallazgo del cadáver en el lugar donde solían encontrarse, se dejó morir de inanición, siguiendo a su amada a la tumba y dejando a la asesina en un palacio lleno de ecos y desprecio.
Ahora, la risa de la anciana vibraba en los pasillos como el crujido de ramas secas. Planeaba repetir el ciclo. Veía cómo su hijo miraba a Catherine con la misma sed, con el mismo culto a ese espíritu primordial que ella nunca pudo encarnar. Estaba dispuesta a hundir sus manos de nuevo en la sangre para arrancar esa luz que la cegaba.
Esa noche, la oscuridad en la habitación de Catherine no era natural. Era una negrura densa, aceitosa, que parecía absorber la luz de las velas.
—Querida... —la voz del Duque reptó desde las sombras, un susurro que no llegaba a los oídos, sino directamente a la espina dorsal—. Ven a mí, pequeña reina.
Bajo un influjo hipnótico que sabía a hierro y a sueño sin fin, Catherine se dejó llevar. Sus ojos estaban abiertos pero vacíos. El Duque emergió de la nada, sus manos frías recorriendo la piel de la reina con una urgencia depredadora. Sus labios ocuparon los de ella, no en un beso de amantes, sino en una succión de energía y voluntad. La saliva del Duque, espesa como la de un animal rabioso, marcaba el cuello de Catherine mientras sus gemidos de lujuria se mezclaban con el silencio de la tumba.
Pero en el clímax de esa posesión oscura, el hechizo se rompió con una sola palabra.
—Thomas... Thomas... —gimió Catherine, invocando el nombre que era su único refugio, su único ancla en la realidad.
El Duque se detuvo en seco. Se desplomó de rodillas ante ella, su figura temblando violentamente. El impacto de sus huesos contra el suelo resonó como un trueno en la estancia. Llevó su rostro al pecho de la reina, no buscando deseo, sino una piedad que no existía para él.
—Nunca lo reemplazaré... ¿verdad? —preguntó con una voz que era un lamento de mil años.
De sus ojos, antes gélidos, brotaron unos hilos rojos. No eran lágrimas de agua; era sangre arterial, espesa y caliente, que quemaba sus propias mejillas como si fuera ácido. Este era su castigo eterno: sentir la humanidad a través del dolor de la pérdida, una y otra vez. Esas lágrimas ardían más que el fuego del infierno.
Ante el agónico llanto, su forma física se desvaneció, disolviéndose en una niebla fétida que se arrastró de vuelta al cementerio de la ciudad. Allí se enterraría, bajo la tierra húmeda y los gusanos, aguardando en un letargo de pesadilla a que Catherine, su obsesión y su tormento, volviera a necesitarlo en la oscuridad del siguiente día.
