Las Joyas de Sangre

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Capítulo 14 XIV

La virtud del Barón era un bálsamo amargo sobre una herida gangrenada. Gracias a su intervención, aquellos que habían sobrevivido a las últimas calamidades comenzaban a recibir un auxilio que llegaba con el olor de la caridad desesperada. Las contingencias climáticas no eran simples tormentas; eran latigazos de una naturaleza que parecía conspirar contra el reinado de Catherine. El cielo, un manto de nubes color plomo, escupía una llovizna helada que calaba hasta los huesos, transformando los caminos de socorro en lodazales intransitables donde la esperanza se hundía hasta las rodillas.

Los suministros de grano, que apenas alcanzaban para acallar el rugido de las tripas del pueblo, habían estado a punto de ser devorados por los saqueadores. Estos hombres no eran simples ladrones; eran espectros hambrientos, remanentes de un imperio que se desmoronaba desde las entrañas. Muchos de ellos actuaban bajo el influjo invisible de las facciones leales a la antigua emperatriz, movidos por el veneno que aquella mujer había inoculado en la estructura misma de la sociedad. Eran marionetas de una voluntad muerta, persistiendo en el caos solo para ver arder lo que ya no les pertenecía.

Fue un rastreador bajo las órdenes de Edward quien, tras días de seguir el rastro de sangre y hollín, encontró el cubil de los marginados. Escondidos entre el entramado de ramas secas y troncos podridos que parecían garras emergiendo de la tierra, estos parias aguardaban. Sus armas eran un insulto a la metalurgia: trozos de hierro oxidado atados a mangos de hueso, flechas con puntas de piedra tallada con furia. Sin embargo, su peligrosidad no residía en su sofisticación, sino en su salvajismo. Eran capaces de destripar a una escolta entera solo por un saco de harina rancia. La inseguridad en el reino no era un problema logístico, era una enfermedad sistémica. La Guardia Imperial, antaño el orgullo de la nación, era ahora una hilera de hombres con armaduras abolladas y ojos vacíos, operando al límite de su cordura mientras la estabilidad del trono se desvanecía como humo entre los dedos.

En la sala del trono, el aire era denso, saturado por el olor a cera quemada y el sudor rancio de la nobleza asustada. Un funcionario, cuya piel parecía pergamino viejo estirado sobre un cráneo, se desplomó ante la reina.

—Mi Reina —articuló con una voz que era un estertor—. Las fuerzas de Inglaterra son un cadáver que camina. Sin protección, sin un muro de acero que nos rodee, el próximo invierno será nuestra fosa común. No podemos seguir así, Majestad. El poder se nos escapa por las costuras.

Catherine sentía el peso de la corona como un yugo de hierro quemándole las sienes. El murmullo de la corte creció; era un siseo de víboras protegidas por encajes y sedas. En medio de ese ruido asfixiante, se adelantó un general de reciente nombramiento. Sus botas, manchadas con el barro de la frontera, dejaban huellas oscuras sobre los pulcros mosaicos imperiales. Su rostro era un mapa de cicatrices, y sus ojos tenían la fijeza de quien ha visto el abismo y no ha parpadeado.

—Majestad —dijo, golpeando el suelo con su frente en una reverencia que fue más un desafío que un acto de sumisión—. Tengo una propuesta que hará que los aquí presentes se lleven las manos a sus cuellos de terciopelo. Es una solución cruda, nacida del hambre y la desesperación, pero ante el fin del mundo, la etiqueta es un lujo que no poseemos.

Sus manos, herramientas de carnicero que habían arrancado vidas con la frialdad del acero bajo el sol, temblaban bajo una capa de sudor amargo. Sentía el rechazo visceral de la corte, una presión física que buscaba aplastarlo. Pero al levantar la vista y encontrar la mirada de Catherine —una mirada que espejaba su propio agotamiento—, el general encontró el último gramo de valor.

—Vengo de la plebe, de los rincones donde la vida no vale más que un mendrugo de pan. Allí, la tasa de jóvenes es la más alta del reino. Son fuertes, son feroces y no tienen nada que perder. Ellos le entregarán sus vidas, se convertirán en su espada y su escudo a cambio de una moneda de plata y el respeto que este palacio les ha negado siempre.

El silencio que siguió fue absoluto, una campana de vacío antes de la tormenta. Luego, los gritos de los nobles estallaron como disparos. "¡Entregar las armas a la chusma!", "¡Es una locura!", "¡Nos degollarán en nuestras camas!". Catherine extendió el cetro de rubí, cuya gema parecía palpitar con una luz de advertencia. Edward, de pie a su lado, apretaba los puños hasta que los nudillos se volvieron blancos, sus ojos inyectados en sangre ante la insolencia de aquellos que hablaban de honor mientras el reino se desangraba. Caminó ella, hacia el general y, en un gesto que heló la sangre de los cortesanos, le sujetó el brazo con firmeza.

—Edward —la voz de la Reina era un hilo quebrado pero afilado—, ayuda al general a reclutar a esos hombres. Quiero una guardia que sepa lo que es el hambre, porque solo ellos sabrán defender el pan de este reino. En cuanto a ustedes —miró a los nobles con un desprecio gélido—, les sugiero que mediten sobre su utilidad. Mi paciencia es un recurso más escaso que el oro

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