Las Joyas de Sangre

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Capítulo 12 XII

Con el poco tiempo que había encontrado para sí misma, logró fortalecer su cuerpo de manera lenta y constante. La ayuda de Edward había sido fundamental, no solo porque se había acercado a ella como un confidente leal, sino porque gran parte de su fortaleza física se debía a su guía incansable. Sostuvo su espíritu decaído con la determinación de reencontrarse consigo misma; sus enseñanzas iban mucho más allá de la simple táctica corporal, pues también abarcaban el dominio emocional, la resistencia mental y la aceptación del propio dolor.

Mientras tanto, la guerra avanzaba entre lamentos y gritos ahogados. Las pérdidas a las que se enfrentaban eran drásticamente superiores a lo que se había anticipado en los consejos iniciales. Con las tropas entregadas por la propia madre del rey, se habían confiado en que podrían lograr con éxito el resultado de la misión. Lastimosamente, no era posible enfrentar a un enemigo tan poderoso con tan pocos aliados armados. Pese al envío constante de alimentos, medicinas y activos útiles en forma de refuerzos humanos, aún no era suficiente. El enemigo se había asentado entre la fuerza de las mareas bramantes y las hierbas altas que ocultaban de la superficie cualquier plan que intentara infiltrarse sin ser descubierto.

—¡Mi rey! —exclamó un escudero con voz quebrada—. ¡¡Los daneses han tomado la tierra del sur!! —gritó con desesperación.

Su mensaje fue abruptamente interrumpido por un hacha que ya había perdido su filo a causa de la cantidad de carne que había cercenado en un solo día. La herida fue exageradamente majestuosa y brutal: con un único golpe certero, la arteria carótida fue cortada, y la sangre comenzó a desvanecerse en el aire como un fino hilo carmesí que caía sobre sus telas. El hombre más cercano al rey había sido eliminado con precisión, lo que otorgaba una moral salvaje y peligrosa al contrincante.

—Majestad, ¿cómo proseguimos? —preguntó un general, casi besando la desesperación con su voz—. Nos quedan muy pocos hombres y mujeres.

Thomas reflexionó con la cabeza agotada por la acumulación de problemas que se presentaban sin tregua en su camino. Pensó, por un instante, que tal vez su vida hubiese sido más sencilla si no hubiera nacido en una familia tan noble; el campo abierto y los brazos de su amada eran el único refugio donde su mente encontraba descanso.

—Hay que mantener la fortaleza —ordenó finalmente—. Entreguen un mensaje a la reina. Se solicita con urgencia el envío de soldados —concluyó con un suspiro cargado de cansancio.

La entrega del mensaje fue encomendada a un soldado que desfalleció por el cansancio en las entradas de la capital. Aun yaciendo en el suelo, se aferraba al pergamino con una fuerza desesperada, evitando que cayera en manos equivocadas. Los soldados lo llevaron herido hasta los pies de la reina, quien aguardaba con ansiedad las órdenes de su rey.

—Majestad —dijo el hombre, mientras su cuerpo se desvanecía lentamente—. Nos están ganando por fuerza y violencia. Poco a poco han ido apropiándose del territorio.

—Raluca, ¿cuántos soldados están listos para partir? —preguntó la reina sin apartar la mirada del mensajero.

—Cinco mil trescientos —contestó con firmeza.

—Aunque sé que no es suficiente, en unos días enviaré más. Por favor, dile a nuestro rey que estamos trabajando sin descanso para él —dijo mientras extendía una orden sellada para la movilización de tropas.

Dejó descansar al soldado en una cómoda habitación, mientras Edward partía al frente de los hombres rumbo al encuentro del rey. Los días eran peligrosos, pues cada segundo contaba en la guerra. Comían sentados sobre los caballos, y estos apenas gozaban de unas pocas horas de descanso antes de reanudar la marcha. Al encontrarse frente a frente con el rey, Edward se enfureció al ver su estado: el mandato de cuidar a la reina había sido descuidado.

—Mi rey —dijo, cargando la carta real y personal—. Aún no están listos los demás soldados, pero nuestra reina está haciendo todo lo posible por enviarlos lo más pronto posible —añadió, sosteniendo la mirada ante el rostro enfurecido del monarca.

—Catherine siempre está pensando en el reino y se descuida a sí misma —reprochó Thomas mientras ingresaba a la carpa—. ¿Acaso no he sido claro en que te quedarías a su lado en mi ausencia?

Edward cayó de rodillas mientras escuchaba los reproches del rey. Una punzada de angustia atravesó su pecho al no poder cumplir plenamente con su deber.

—El soldado que enviamos fue herido en el camino y desfalleció en la entrada de la ciudad. Mi reina me envió para asegurarle que se encuentra a salvo.

Thomas, aún enojado, le señaló la salida. Edward abandonó el sitio apretujando entre sus dedos el listón que Catherine le había entregado como muestra de respeto entre alumna y profesor. Ese simple acto le otorgó una calma inesperada en su corazón, aunque no podía evitar sentir que su reina estaba en peligro absoluto al haberla dejado sola con la emperatriz.

Al abrir el amarillento papel impregnado con el agradable perfume de su mujer, Thomas sintió que caía irremediablemente como una mosca en la tela de araña tejida por su amada esposa.

—Me tienes comiendo de la palma de tu mano, mi reina —susurró, besando la delicada tela íntima contenida en el mensaje.

Pese al continuo ataque, las fuerzas enemigas fueron aplacadas por un tiempo indeterminado, el cual resultó extremadamente necesario para sucumbir en alianzas. Algunos nobles de alta cumbre aceptaron que sus hijas fuesen entregadas en matrimonio a antiguos enemigos. La idea no era aceptada por la reina, pero sabía que sería necesaria para enviar más soldados a la guerra.

Aun con la mente llevada al límite, Catherine, como reina de Inglaterra, debía priorizar el bienestar del reino. Pese a la gran posibilidad de que su marido falleciera en combate, debía pensar en los problemas de los súbditos. Mientras el proyecto avanzaba, el tiempo continuaba su curso sin advertencia alguna. Era necesario estar listos en pocos días para reorganizar la agenda ante el retorno de los soldados y abrir centros hospitalarios destinados a atender a los heridos. Ya contaba con un amplio abanico de personas especializadas, no solo locales, sino provenientes de diversas partes del mundo. Parte de su dote, de gran importancia económica, sería destinada a solventar los gastos venideros; fraccionarla permitiría una distribución casi equitativa de los recursos.

La emperatriz había intentado asesinar incontables veces a Raluca, quien, al ser inmortal, lograba cazar a sus atacantes de forma instintiva. La información necesaria jamás había salido de los labios de sus víctimas. Necesitaba eliminar de manera justa a quienes atentaban contra su reina; sin embargo, incluso en la muerte, todos permanecían leales. Al comentar estos acechos al conde, musitó explícitamente que aún no debía morir la anciana. No dio motivos para preservar su vida, pero Raluca comprendía que todo era por la reina.

—Mi reina —dijo mientras trenzaba el cabello que había lavado momentos antes—, ¿cómo se encuentra el día de hoy?

—Extraño a mi marido —susurró Catherine mientras las lágrimas descendían sin control—. Quisiera ir aunque fuese un día para estar con él, pero si cedo ante mi corazón, perderé el reino que estamos construyendo —apretó un pétalo que escapaba de la tina con gesto tembloroso.

Pese a que esa noche el conde Lucard Dalv acompañaba a la emperatriz en cuerpo, su mente y su corazón seguían anclados a Catherine. Este hecho demostraba que daría todo de sí para engrandecerla, incluso arrastrarse como un perro entre la inmundicia o entregar su mayor punto de debilidad. Pensar que algún día lograría poseerla y convertirla en una versión aún más poderosa de sí misma lo llenaba de motivación.

—Mi conde —susurró la emperatriz a su oído—. Si Catherine se enterara de que compartes intimidad con la asesina de su madre, ¿qué reacción tendría? —rió con crueldad.

—No puede saberlo —respondió mientras besaba su pecho—. Estoy cada vez más cerca de entregarte el reino. Aún no.

El ardor de los labios de la emperatriz despertaba la incredulidad del conde. Pese a aquel acto, no podía saber qué hacía la reina en ese preciso instante. Catherine dormía soñando con Thomas, mientras él se entregaba al placer que su esposa le había enviado a través del recuerdo. Rememoraba cada pasaje de su cuerpo, suspiraba su nombre como si fueran besos reales. Se rendía entre los cortes de su piel y la sangre que descendía hasta el suelo. Aun ensangrentado, no podía frenar el placer de poseer, aunque fuese solo un fragmento de ella.

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