La Stripper del jefe

Descargar <La Stripper del jefe> ¡gratis!

DESCARGAR

Capítulo 2 Broma

Creo que soy la persona con menos suerte en este mundo. Si me equivoco, pueden comprobarlo en este momento, donde tengo a mi jefe y a sus dos hijos mirándome como maníacos. El estúpido ese me observa con una sonrisa que quiero arrancarle cuanto antes. Estúpido. Suspiro mientras trato de no verme nerviosa. Trío de locos.

—¿Se conocen? —la voz de mi jefe, mejor conocido como el imponente Eric Russell, resuena entre las paredes del espacioso despacho.

—Claro, padre —se adelanta a decir el imbécil ese. Mis ojos lo miran fijamente, lanzándole dagas, rogando que cierre esa estúpida boca.

—¿Ah, sí? —inquiere de manera curiosa mientras nos observa—. ¿Se puede saber de dónde?

El bastardo que tiene por hijo sonríe, y yo debo tener una expresión de horror ahora mismo. Quiero contestarle que no. Que al loco que tiene por hijo, y que debería estar detenido por incumplir la ley, no lo conozco para nada. Además, si mi trabajo no estuviera en juego, también agregaría que mi jefe es un entrometido por querer saber más de lo necesario.

—Padre, la señorita frente a nosotros es mi novia —mis ojos automáticamente se abren de par en par.

¿Escuché bien lo que dijo? No. Creo que no me limpié bien los oídos esta mañana al bañarme, porque estoy segura de que acabo de oír cualquier cosa menos algo lógico.

—¿Novios? —la pregunta que suelta su padre debería hacerme reaccionar, pero yo aún estoy paralizada por la inmensa estupidez que acaba de decir el señorito presente.

—¿Que somos novios? —pregunto aturdida, mientras él sonríe divertido.

—Cariño, amor, ya no tenemos que mentir, ya no hay que ocultarnos. La verdad es que, desde que mi padre me habló de ti, siempre me llamaste la atención. Ahora no hay impedimento para nuestro amor. No debemos fingir más tener una relación secreta.

Deberían darle un premio al mejor idiota del año. Estoy segura de que ganaría una fortuna.

—¡Usted y yo no somos nada! —espeto furiosa, pero él solo sonríe con arrogancia.

—Amor, ya no discutas más —su tono relajado hace que mi mal humor crezca de manera sorprendente. Quiero matarlo por idiota.

—Amor nada, yo a usted lo vengo a conocer hoy.

El señor Russell y el otro hijo, con cara de amargura y funeral, nos observan divertidos. ¿Qué diablos les pasa a estos hombres?

Creo que estoy a punto de arrancarme el cabello del enojo que el maldito rubio con aires de Ken me está provocando. Estoy al borde de un colapso nervioso por la cantidad de palabras obscenas que quieren escaparse de mis labios.

—Pero qué aburrida eres, Ariadna —me replica mientras bosteza de forma falsa.

—Aburrido va a ser cuando te corte las…

Mis palabras se ven interrumpidas por la estúpida de mi otra jefa, la señora Roberta. Esa mujer sí que es una amargada. Se la pasa reclamando todo el día, fastidiando y quejándose. Como si el mundo tuviera la culpa de que su esposo le ponga los cuernos con otra.

—Siempre tan maleducada, señorita Monroe —arqueo una ceja.

Algo por lo que siempre he mantenido mi empleo es por hacer feliz a mi jefe con uno de mis comentarios fuera de lugar.

—Disculpe mi atrevimiento, pero es usted la que entró sin permiso y escuchaba conversaciones ajenas. La maleducada aquí es otra.

Ven, a eso me refiero con mis comentarios fuera de lugar.

Ninguna de mis compañeras tendría el valor o la capacidad de estupidez para correr el riesgo de ser despedidas como yo. Pongo mi mejor cara de angelito y una falsa e hipócrita sonrisa se forma en mis labios mientras los Russell se ríen por lo bajo y de forma muy discreta.

—Siempre con algo que decir. Ya verá cuando se le despida por no callar —dice Roberta antes de salir de la oficina enojada, sin siquiera mencionar para qué había venido. Supongo que solo quería recordarnos su presencia, como si alguien pudiera olvidarla. Esa mujer es una sádica cuando se trata de hacer sufrir a los empleados.

—Yo me retiro, señor Russell —anuncio entre dientes mientras camino hacia la puerta.

—Pero nuera, ¿por qué te vas tan pronto? —Mi cara debe de estar ardiendo del enfado provocado por las palabras burlonas de mi jefe.

—No soy su nuera, señor Russell —cruzo los brazos, molesta, y él se mantiene serio.

—Mi hijo lo acaba de confirmar, no tienes por qué negarlo. Además, yo no crié un hijo mentiroso.

Quiero acercarme y abrazar su cuello con mis manos... fuerte... muy fuerte... hasta que no pueda respirar.

—Es cierto, cuñada, únete a la celebración —Ahora es el otro hijo del señor Russell quien habla.

—¿Tú quién eres? —pregunto molesta.

—Christian Russell, cuñada. Estoy seguro de que mi hermano ya te habló de mí, ya que planean casarse.

Me atraganto con mi propia saliva al escuchar sus palabras. Comienzo a toser de manera descontrolada mientras los miro a cada uno de ellos, con sus malditos cabellos rubios, de forma incrédula.

Todos los Russell estallan en carcajadas, dejándome a mí con cara de: ¿Qué mierda? Pero es entonces cuando caigo en cuenta de que se están burlando de mí. Al parecer, todos sabían del jueguito que el idiota ese tenía conmigo.

—Lo siento, Ariadna, pero el juego de Oto era muy divertido. Tenías que ver tu cara —habla más tranquilo el señor Russell.

—Inmaduros —murmuro bajito, para que nadie me escuche.

—Mucho gusto, señorita chistes malos. Mi nombre es Oto Russell, nuevo dueño y jefe suyo durante largos meses —se presenta él, dejándome congelada en mi lugar.

¿Nuevo jefe? Debe de estar jugando otra vez. Miro al señor Russell con cara de querer respuestas.

—Estaré tomando unas vacaciones con mi esposa y, durante el tiempo que esté fuera de la empresa, mi hijo Oto estará a cargo. Christian se encargará de mi otra empresa. Necesito que lo ayudes en todo lo que necesite. Eres la persona en quien más confío para una misión como esta.

Literalmente, me deja sin palabras. En todos los años que llevo conociendo al señor Russell, nunca lo había visto hablar de una manera tan dulce. Él es amable conmigo a veces, pero nunca así.

Su tono casi me hace suspirar, pero no puedo evitar presentir que esa dulzura viene acompañada de algo sospechoso.

—Cuente conmigo —digo con una sonrisa, y él asiente, feliz.

—Muchas gracias —me guiña un ojo de manera divertida, y yo le devuelvo el gesto.

—Me retiro —ellos asienten, y yo salgo para seguir con mi trabajo.


—Estoy agotada —susurro mientras caigo en la cama de manera dramática.

Julia y yo hemos pasado todo el día trasladando sus cosas a mi casa, ahora nuestra casa. Peter está de lo más feliz con esta decisión, ya que ahora tendrá con quién jugar mientras yo no estoy.

A pesar de la buena relación que tengo con mi hermano, soy consciente de que muchas veces estoy ausente. Llevar dos trabajos, cuidar de él y asegurarme de que tenga una vida cómoda es todo un desafío. A veces no sé ni cómo tengo tiempo para pensar.

Desde hace cuatro años, esta ha sido mi vida: correr de un lado a otro para que todo esté en orden. Me niego rotundamente a que Peter vuelva a pasar por lo que ya vivimos: tener hambre, abandonar sus estudios o sufrir de cualquier otra forma.

—Habla por las dos —murmura Julia mientras camina hacia la cama y se deja caer a mi lado.

—Oye, ¿pasamos por el bar? Creo que nos vendría bien relajarnos un poco y sacarnos el estrés de encima —propongo mientras nos ponemos de pie.

—De acuerdo contigo. Me doy un baño y nos vamos —responde Julia. Yo asiento porque definitivamente también necesito un baño urgente; estoy sudada y pegajosa.

En cuanto llego a mi habitación, me quito la ropa y camino al baño. Abro el grifo y dejo que el agua fría caiga sobre mi cuerpo, relajándolo en cuestión de segundos.

Todavía no puedo creer que tenga un nuevo jefe y que sea un idiota de ese nivel. Su sonrisa sarcástica me hace querer golpearlo. Si fuera una chica normal, probablemente ya estaría babeando a sus pies, porque, aunque no quiero admitirlo, el hombre está buenísimo. Esa boca de pecado y esos ojos avellana tan intensos... Pero, claro, arruina todo en cuanto abre la boca para decir alguna de sus estupideces.

En fin, es buena idea que Julia se haya mudado aquí, ya que, gracias al idiota ese, me he quedado sin coche.

Después de terminar mi baño, salgo y me visto. Escojo una de mis prendas típicas para ir al bar: una minifalda, un top negro, botas altas y el cabello recogido. Con el tiempo, he perfeccionado el arte del maquillaje, hasta el punto de transformar completamente mi rostro. Aún me veo hermosa, pero elimino los rasgos que me hacen reconocible. Me miro en el espejo y sonrío, mostrando mis dientes blancos. Cuando me arreglo así, parezco otra persona: más mayor, más sexy.

Llamo a Luciana, la niñera que cuida de Peter. Es una chica excelente que, a pesar de sus propias dificultades, siempre está dispuesta a ayudar. Con este empleo, paga los medicamentos de su abuelo enfermo y los gastos de su universidad. Sé que el dinero que gana con nosotros no es mucho, pero la ayuda bastante, y ahora que está también el hermano de Julia, tendrá más ingresos.

—Luciana, te necesito aquí —digo cuando responde el teléfono. Hay un momento de silencio—. ¿Luciana? —pregunto al escuchar una respiración al otro lado de la línea.

—¿Ariadna? —entonces, finalmente, escucho su dulce voz.

—Lo siento, Luciana, pero te necesito esta noche. Tengo que salir al bar y necesito que vengas a cuidar de Peter. Te pagaré más porque también estará el hermano de mi mejor amiga —me explico rápidamente—. Lamento arruinarte la noche, pero necesito que vengas —termino con un suspiro.

—Claro, cierra la puerta, ya voy en camino —responde tranquila.

—Gracias, hermosa —camino con el teléfono en mano hacia la habitación de Julia.

—Descuida, es mi trabajo —responde antes de colgar.

Mis tacones resuenan por el pasillo de la segunda planta mientras avanzo. Me detengo frente a la habitación de Julia y toco la puerta.

—¡Pasa! —se escucha la voz de mi mejor amiga. Entro y la encuentro ya lista.

Lleva un vestido corto combinado con unas medias negras de cuadros. Su rostro está maquillado impecablemente, y su cabello castaño, con mechones rosas, le da un toque entre gracioso y sexy.

—¿Nos vamos? —pregunto, y ella asiente mientras recoge sus cosas.

—¿Luciana ya viene en camino? —cuestiona mientras se ajusta el bolso en el hombro.

—Sí, seguro estará aquí en cinco minutos. Es la persona más puntual que conozco —respondo mientras camino hacia mi habitación para buscar un abrigo. Me lo pongo al pasar por el pasillo y, antes de salir, me detengo frente a la puerta de Alex.

Toco suavemente antes de entrar y lo encuentro concentrado haciendo sus deberes. Por un momento, simplemente lo observo. Este niño, tan dulce y lleno de vida, es todo para mí.

Levanta la mirada y me encuentra ahí, mirándolo. Sonríe, algo desconcertado.

—Tu maquillaje es raro, Ari —comenta con una sonrisa divertida. Entro a la habitación y me siento en la cama junto a él.

—Ya sabes que me gusta experimentar —le respondo encogiéndome de hombros—. Tengo que salir. Luciana viene en camino, así que recuerda obedecerla y portarte bien. Te amo mucho. No te acuestes tarde y cena algo, ¿sí?

Él asiente con esa seriedad que a veces me sorprende en un niño tan pequeño. Suspiro y me inclino para besarlo en la frente, dejando la marca de mi labial rojo.

—Diviértete un poco —es lo único que me dice, y su simple frase se siente como un abrazo al alma. Salgo de su habitación con una mezcla de amor y nostalgia.

Desde que me hice cargo de Alex, la diversión se acabó para mí. Tuve que crecer más rápido de lo normal y asumir responsabilidades que nunca imaginé.

Cuando salgo de la casa, Julia me lanza las llaves del coche. Subimos rápidamente y nos ponemos en marcha.

Durante el trayecto, comienzo a contarle todo lo que pasó con los Russell. Julia no puede contener la risa, y yo la fulmino con la mirada.

—¿En serio te hicieron eso? —pregunta entre risas.

—Claro, son tan inmaduros —respondo mientras giro el volante, desviándome por la ruta correcta.

—No puedo creer que el señor Russell se haya prestado a eso —murmura con una sonrisa.

—Yo tampoco lo podía creer en ese momento. Estaba completamente paralizada.

Julia estalla nuevamente en carcajadas.

—¡Me imagino tu cara! Seguro parecía un meme andante.

Ruedo los ojos y no respondo. Para ella es un chiste, pero para mí, la vergüenza todavía sigue viva.

No sé en qué momento mi ropa desaparece, dejando solo el encaje que cubre mi cuerpo. Me muevo al ritmo de la música, dejándome llevar hasta que la canción termina y nos despedimos de todos. Me apresuro a vestirme nuevamente y camino hacia la barra para servir tragos.

Javier tenía razón: el bar está repleto esta noche. Las despedidas de soltero parecen haberse puesto de acuerdo, y la barra no deja de llenarse con clientes pidiendo más y más tragos.

El tiempo pasa volando mientras intento atender a todos, moviéndome de un lado a otro sin descanso. La música y las risas ahogan cualquier pensamiento en mi cabeza, hasta que una voz familiar rompe el bullicio y hace que me quede helada en mi lugar.

—No lo puedo creer... Secretaria de día y stripper de noche.

Mi cuerpo se congela al instante. Reconozco esa voz, inconfundible y llena de sarcasmo: Oto Russell.

Siento cómo toda la sangre me sube a la cabeza y mis manos tiemblan al sujetar el vaso que estaba preparando. No necesito voltear para confirmar lo que ya sé. Estoy totalmente jodida.

Trágame, tierra.

Capítulo Anterior
Siguiente Capítulo