La Secretaria Comprada - El precio de la Venganza

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Capítulo 3 El Contrato del Diablo

El sonido del cajón cerrándose fue definitivo, como el golpe de un juez dictando sentencia.

Valeria soltó la pluma, sintiendo que sus dedos estaban entumecidos. Había firmado. Había vendido un año de su vida al hombre que la miraba desde el otro lado del escritorio con una satisfacción depredadora.

-Bien -dijo Dante, su voz carente de cualquier calidez-. Ahora que los trámites legales están resueltos, hablemos de tus obligaciones.

Se levantó de su silla de cuero y caminó lentamente alrededor del escritorio, deteniéndose justo frente a ella. Valeria se obligó a no retroceder, a mantener la barbilla en alto, aunque por dentro estuviera temblando.

-Soy tu asistente ejecutiva -dijo ella, aferrándose a la poca dignidad profesional que le quedaba-. Organizaré tu agenda, filtraré tus llamadas y...

Dante soltó una risa oscura, interrumpiéndola.

-¿Asistente ejecutiva? -repitió, como si fuera el chiste más gracioso que hubiera escuchado-. Valeria, tengo a tres personas con maestrías en Harvard que se pelean por traerme el café. No te necesito para eso.

Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que Valeria pudo oler la mezcla embriagadora de su colonia cara y tabaco.

-No te contraté por tus habilidades, princesa. Te contraté por tu apellido. Y por tu obediencia.

Valeria frunció el ceño.

-¿Entonces qué esperas que haga?

Dante comenzó a enumerar, marcando cada punto con un dedo, acercándose un paso más con cada palabra.

-Primero: Tu agenda es mi agenda. Si tengo una reunión a las tres de la mañana en Tokio, tú estarás allí. Si decido cenar a medianoche, tú me servirás el vino. No hay horarios de oficina. No hay fines de semana. Tu tiempo me pertenece.

Valeria tragó saliva.

-Eso es ilegal. Las leyes laborales...

-Leíste la Cláusula 4 -la cortó él-. Renunciaste a tus derechos laborales a cambio de la deuda de tu padre. Siguiente punto.

Dante rodeó la silla donde ella estaba sentada, su mano rozando deliberadamente el hombro de Valeria. Ella se tensó bajo el contacto, sintiendo el calor de su palma a través de la tela de su chaqueta.

-Segundo: Tu imagen. -Hizo una pausa, y Valeria sintió su mirada recorriendo su espalda-. Ese traje blanco de Chanel... es ridículo. Pareces una virgen sacrificada. Y en mi empresa, la inocencia es una debilidad.

-Es un traje de diseño -replicó ella, ofendida.

-Es un disfraz -corrigió él al oído, provocándole un escalofrío-. A partir de mañana, usarás lo que yo diga. Mis sastres vendrán al ático a primera hora. Tirarás todo lo que trajiste. Ropa interior, zapatos, vestidos. Todo.

Valeria se giró bruscamente para mirarlo.

-¿Incluso mi ropa interior? ¡Eso es pervertido!

Dante no se inmutó. Su rostro era una máscara de piedra.

-Es control, Valeria. Quiero que cada vez que te vistas por la mañana, recuerdes a quién perteneces. No quiero ver ni un solo hilo de la "vieja" Valeria. Esa niña mimada murió en el momento en que tu padre perdió esa apuesta.

Él se apartó y caminó hacia una mesita auxiliar donde había una jarra de agua y varios dispositivos electrónicos. Tomó un teléfono inteligente de última generación, negro y elegante, y lo lanzó sobre el regazo de Valeria.

-Tercero: Comunicación. Dame tu teléfono.

Valeria protegió su bolso instintivamente.

-¿Qué? No. Tengo mis contactos, mis fotos, mis...

-Dámelo -ordenó Dante, extendiendo la mano con la palma abierta. No gritó, pero la autoridad en su voz era absoluta-. O el trato se rompe y llamo a la policía ahora mismo.

Con los ojos llenos de lágrimas de rabia, Valeria sacó su iPhone y lo dejó caer en la mano de él. Dante ni siquiera lo miró; lo dejó caer en la papelera de metal junto a su escritorio con un ruido sordo.

-Ese -señaló el teléfono negro en el regazo de ella- es tu nuevo número. Solo tiene un contacto guardado: Yo. Tiene GPS activado las 24 horas. Si intentas salir de la ciudad, lo sabré. Si intentas llamar a la prensa, lo sabré. Si intentas contactar a tus viejos amiguitos del club de campo, lo bloquearé.

Valeria miró el dispositivo negro como si fuera una granada. Estaba aislada. Completamente sola en la guarida del lobo.

-¿Por qué? -susurró, levantando la vista hacia él. Sus ojos marrones brillaban con una mezcla de miedo y desafío-. ¿Por qué haces esto, Dante? ¿Tanto me odias porque no quise salir contigo cuando tenías dieciséis años? ¿Es eso? ¿Un ego herido?

La temperatura en la habitación pareció descender diez grados.

Dante se acercó a ella, esta vez rápido, atrapándola entre sus brazos y el respaldo de la silla. Apoyó las manos en los reposabrazos, encerrándola. Su rostro estaba a centímetros del de ella, y Valeria pudo ver una tormenta en sus ojos grises.

-No te hagas la ingenua, Valeria -gruñó él, con una intensidad que la dejó sin aliento-. No fue solo un "rechazo". Tú y tu maldita familia me trataron como basura. Me humillaron. Me hicieron creer que no valía nada.

Hizo una pausa, respirando con dificultad, como si estuviera conteniendo una violencia antigua.

-Ahora, yo tengo el poder. Y voy a enseñarte lo que se siente no ser nadie. Vas a ser mi sombra, Valeria. Vas a ver cómo dirijo el mundo mientras tú solo puedes mirar y obedecer. Y cuando termine el año... cuando te haya roto lo suficiente... entonces, y solo entonces, podrás irte.

Se apartó de golpe, como si su cercanía le quemara. Se arregló la chaqueta, recuperando su frialdad habitual en un instante.

-Vete al ascensor. Mi chofer te llevará al ático. Tus maletas ya están allí.

Valeria se puso de pie, sintiéndose mareada.

-¿Y tú?

Dante se sentó de nuevo tras su escritorio y abrió un expediente, ignorándola deliberadamente.

-Yo tengo trabajo. No me esperes despierta. Ah, y Valeria...

Ella se detuvo en la puerta, con la mano en el pomo de cristal.

-No intentes escapar -dijo él sin levantar la vista-. Mis guardias no son tan amables como yo.

Valeria salió de la oficina, sintiendo que las paredes se cerraban sobre ella. Mientras el ascensor descendía, se miró en el espejo de metal pulido. Aún llevaba su traje blanco, pero ya se sentía manchada.

La jaula se había cerrado. Y la llave estaba en el bolsillo de Dante Volkov.

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