La Reina del IMPERIO RUSO

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Capítulo 6 Distracciones peligrosas

Kirill

Tiempo de dedicarse al trabajo

Las caderas de la señorita Olesen ondeaban ante mí mientras la seguía por las empinadas escaleras que llevaban al segundo piso. ¿La señorita Olesen? Cuando se mira el trasero de una mujer con la misma intensidad con la que yo lo estaba haciendo, es imposible pensar en ella manteniendo semejante distancia profesional. Era el trasero de Alexandra lo que estaba contemplando, y me confundía de mala manera.

Invitarme a subir debía de formar parte de la actuación que había logrado perfeccionar en una sola noche. Tenía demasiados motivos para odiarme y, sin embargo, interpretaba el papel de mi noviecita con una credibilidad que me llevaba a preguntarme si de verdad se lo creía; pero eso no podía ser y yo tampoco quería que fuera así. ¿Verdad?

No. Hasta ahora había mantenido las cosas distantes y profesionales porque una mayor familiaridad corría el riesgo de hacer nacer en nosotros sentimientos reales, al menos por mi parte. Esta mujer me había cautivado y era demasiado fácil que esto se convirtiera en algo más, sobre todo considerando lo atractiva que era. Pero ahora nada de eso importaba, porque ella solo estaba interpretando un papel.

Sí, para ella se trataba de un juego estratégico: quería que me planteara exactamente estas preguntas y que cuestionara sus motivos. En el momento en que yo expresara esas dudas en voz alta, admitiría la artimaña y se reiría a mis espaldas. Tendría que haber comprendido que un plan semejante tenía un fallo fundamental.

Esperaba que yo descubriera su farol, ¿pero por qué iba a hacerlo? Si la dejaba ganar, no haría más que mangonearme. Si la ignoraba, en cambio... Solo porque supiera que me odiaba y que estaba actuando, no significaba que no pudiera acostarme con ella. Habiendo devorado su trasero con la mirada desde que empezó a subir las escaleras delante de mí, no sería ninguna gran confesión admitir que la encontraba atractiva.

Había demostrado lo que valía: todo lo que la vi hacer durante la reunión de esta mañana me decía que estaba a la altura de la tarea. Observarla durante la cena de esta noche me había aportado más pruebas. Para sobrevivir en este mundo, tanto en los negocios como en la vida privada, hacían falta socios competentes. Solo teníamos que recordar que esto era un trabajo disfrazado de relación personal.

En mi interior, debía mantener las dos cosas separadas. Disfrutar de su trasero, no de su intelecto. Desde la muerte de Anika, había satisfecho mis necesidades a medida que se presentaban. Siempre me había resultado fácil separar el sexo del amor. El amor exigía un vínculo más profundo que yo no deseaba, igual que no deseaba volver a sentir el dolor que me había causado perder a mi pareja. Por eso, en el fondo, Jack y yo elegimos a alguien que no se enamoraría de mí. De todos modos, eso no me impediría tener sexo con ella si estaba dispuesta.

Las escaleras conducían a un espacio abierto más grande que la cocina del restaurante de abajo. Había pilas de cajas de cartón por todas partes y una pasarela a lo largo de la pared que llevaba hacia la parte delantera, donde otra puerta se abrió sin necesidad de llave.

Alexandra vivía en un estudio angosto con ventanas que daban a la calle. Estaba limpio, la cama hecha y no había ni una taza sucia o un plato abandonado, pero debido a lo pequeño que era, parecía atestado. Ella frunció el ceño al contemplar su habitación, pero se obligó a sonreír y se volvió para mirarme.

—Si nos casamos, podrás usar este espacio también como almacén —dije—. El armario de mi apartamento ya es tan grande como toda esta habitación.

—Y probablemente esté lleno de trajes oscuros y camisas aburridas —respondió ella. Luego metió dos dedos entre los botones de mi camisa y palpó el tejido con el pulgar—. Si te pido la mitad del espacio, ¿intentarás bajar mi porcentaje otra vez al diez por ciento?

—Puedes quedarte con todo el armario si aceptas el diez por ciento de la recaudación del blanqueo.

Cubrí su mano con la mía y la apreté contra mi pecho. Su respiración se volvió temblorosa. Intentó soltarse con esfuerzo, pero solo una vez; luego se rindió al ver que no la dejaba ir. Cuando se recuperó y recobró su determinación, una sonrisa asomó a su rostro.

—¿Abrimos las negociaciones? ¿Ahora mismo? —Se me echó encima y mi espalda se estampó contra la puerta—. He oído decir que las mujeres son mejores en la multitarea que los hombres. Por lo visto, es fácil distraerlos, porque su mente funciona en una sola dirección. No estoy segura de si todas las distracciones valen lo mismo, pero conozco una que funciona casi siempre.

Su mano libre se movió entre nosotros. Las yemas de sus dedos rozaron mis pantalones. Encontraron mi miembro, que ya se estaba endureciendo, y lo prepararon aún más para la acción, acariciándolo. La clavé la mirada en los ojos. Si para ella esto era solo un truco, me lo habría dejado notar. Me habría bastado un solo parpadeo por su parte para pillar su juego, pero mantuvo el tipo, tal como esperaba.

—Me parece bien. No es la primera vez que negocio con alguien que intenta distraerme de esta manera —dije—. En mi primer ascenso, me pusieron a cargo de un burdel. La madama pensó que podría renegociar su parte de las ganancias seduciéndome.

—¿Y te mantuviste firme?

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