La Reina del IMPERIO RUSO

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Capítulo 5 Un trato entre enemigos

Kirill

Jack estaba sentado en la mesa del rincón, mimetizado entre la multitud de modernos y ejecutivos de Brooklyn, pero para mis ojos entrenados resaltaba como una mancha de aceite en agua limpia. Daba la espalda a la puerta, una postura que en nuestro mundo suele ser una invitación al desastre, pero él se permitía el lujo de la indiferencia. Lo observé desde el otro lado de la calle, refugiado tras el cristal de mi coche, analizando cada movimiento. Sostenía un libro de papel con una mano y un hojaldre con la otra; una cascada de migas caía sobre su regazo cada vez que mordía el dulce, pero él parecía ignorarlo, absorto en su lectura.

Hacía años que aquel viejo hijo de puta no me contactaba. Si no conociera a Jack tan bien como, por desgracia, lo conocía, habría jurado que estaba muerto o pudriéndose en alguna celda de una prisión clandestina en el tercer mundo. Sin embargo, ahí estaba, enviándome señales a través de un viejo menú de comida para llevar bajo el limpiaparabrisas de mi auto. Me llevó casi una hora descifrar las coordenadas; estaba fuera de práctica, y encontrar una pastelería de moda en lugar de un almacén abandonado en Jersey City me hizo dudar de mis propias habilidades. Pero el código no mentía. Jack estaba allí, y por muy absurdo que fuera el escenario, nunca era buena idea hacerlo esperar.

Crucé la calle, esquivando el tráfico pesado de la mañana, y pasé de largo la fila de jóvenes que aguardaban por sus cruasanes artesanales. La mayoría ni siquiera levantó la vista de sus teléfonos; vivían en un mundo de filtros y selfies, ajenos a la violencia que sostenía los cimientos de su ciudad. Me acerqué a la mesa con paso firme, el sonido de mis mocasines golpeando las baldosas con una cadencia militar. Jack ni siquiera se inmutó.

—¿Por qué no te sientas, Kirill? —dijo sin levantar la cabeza del libro—. Es de mala educación quedarse mirando a la gente mientras come.

Era él. Aquella voz rasposa y cargada de una ironía cansada no podía pertenecer a nadie más. Tomé la silla junto a la pared, arrastrándola un poco más hacia el rincón para asegurar que mi espalda estuviera protegida y mi visión de la sala fuera total.

—Estoy seguro de que comprendes mi reticencia, Jack —solté una vez instalado—. No he sabido de ti en años y eliges una pastelería para vernos. Estás oxidado, y en este negocio, la oxidación precede a la tumba.

Jack soltó una risita que le hizo sacudir los hombros y finalmente cerró el libro.

—Me senté aquí porque sabía que tú querrías la pared. ¿Es este tu agradecimiento por ser un caballero? —Me miró con esos ojos que habían visto caer regímenes enteros—. Además, la mayoría de mis enemigos están muertos. Los que aún respiran están demasiado asustados para intentar dispararme en un lugar con tantos testigos.

—Aun así, es un lugar demasiado público.

—Al contrario —rebatió él, señalando el gran ventanal—. Para el mundo, solo somos un viejo amigo de tu padre y un muchacho compartiendo el almuerzo. Si alguien intentara escucharnos a través de este vidrio, solo obtendría un ruido confuso. La empresa me enseñó que el mejor escondite es el que está a plena vista.

—¿La "empresa"? ¿Sigues trabajando para la CIA o finalmente te han dado la patada?

Jack se recostó, dejando los restos de su dulce en el plato. Su barriga tensaba los botones de su camisa, un signo de una jubilación que él llamaba "trabajo independiente". Me explicó que la Agencia aún lo llamaba cuando necesitaban a alguien que conociera los canales secundarios de la ciudad.

—Tengo un cliente internacional con necesidades muy específicas —continuó, bajando el tono—. Necesitamos que la resistencia en el extranjero reciba suministros, y para eso necesitamos que los canales de Nueva York estén bajo un mando... cooperativo. Queremos que asciendas, Kirill. Tus jefes actuales, especialmente Boris, son demasiado cerrados, demasiado paranoicos con las viejas tradiciones.

—Sabes por qué me descartaron para el ascenso —dije con amargura—. Boris quiere "hombres de familia". Cree que una esposa y unos hijos son el ancla que mantiene a un hombre leal a la organización. Yo ya perdí a una esposa por este trabajo, Jack. No voy a usar a otra mujer como escudo o trofeo.

Jack sonrió, una expresión depredadora que no encajaba con su risa de abuelo.

—Y ahí es donde entra la señorita Olesen —dijo, señalando con la barbilla hacia el mostrador.

Seguí su mirada. Alexandra Olesen estaba allí, moviéndose con una gracia tensa, atendiendo a los clientes con una máscara de profesionalismo que no lograba ocultar la dureza de sus ojos. Era hermosa, de una belleza aceitunada y afilada, pero me miraba como si fuera el demonio personificado.

—Es la hija de Frank Olesen —susurró Jack—. Su hermano Tony murió por hablar de más, y su padre le debe una fortuna a los Morello por un golpe que salió mal... el mismo golpe que te hizo ganar tanto dinero a ti el año pasado. Alexandra está pagando esa deuda blanqueando dinero para los italianos aquí mismo. Pero los Morello están desesperados; necesitan efectivo rápido y van a vender su deuda.

El plan de Jack se desplegó ante mí como una trampa perfecta. Comprar la deuda significaba poseer a los Olesen. Casarme con ella me daría el estatus que Boris exigía para mi ascenso. Era una sinergia perfecta de intereses, envuelta en un papel de regalo empapado en sangre.

—¿Me pides que me case con una mujer que desea verme muerto? —pregunté, sintiendo el peso de la responsabilidad—. Boris no es idiota. Si el matrimonio es falso, lo sabrá.

—Entonces haz que sea real, muchacho. Tienes el encanto, y ella tiene la necesidad de sobrevivir. Míralo como una apuesta: si ganas, te sientas a la mesa de los grandes.

En ese momento, las puertas de la cocina se abrieron y Lorenzo, el hombre de los Morello, salió con aire de suficiencia. Alexandra lo seguía, con los puños apretados. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, la intensidad de su odio fue casi tangible.

Me puse en pie, sintiendo la adrenalina recorrer mis venas.

—Veré qué puedo hacer —dije, ajustándome la chaqueta—. Pero si esto sale mal, Jack, me aseguraré de que seas el primero en saberlo.

Salí del local tras Lorenzo, dejando atrás el aroma a café y azúcar para sumergirme de nuevo en el aire frío de la realidad. El juego había comenzado, y Alexandra Olesen no tenía idea de que yo estaba a punto de convertirme en su único y más peligroso salvador.

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