La Reina del IMPERIO RUSO

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Capítulo 4 Kirill volvió por lo que es suyo

Alexandra

Mi padre había sido un hombre de confianza de la familia Morello, aunque ya no fuera un miembro activo. Aquella posición mantenía a sus usureros lejos de nuestras puertas y nos permitía pagar a través del blanqueo de dinero y la cesión de parte de los beneficios. No tenía ninguna garantía de que otra familia u organización fuera a continuar manteniendo este equilibrio.

—Son solo negocios, Alexandra, ya sabes cómo es —respondió Lorenzo, luego se encogió de hombros haciendo una pequeña mueca—, sabes que tengo mucho respeto por tu padre, sobre todo después de lo que le pasó a Tony, pero ha sido un año de vacas flacas. Necesitamos más el efectivo que una lavandería.

—¿A quién estáis considerando?

—¿Honestamente? A cualquiera que tenga suficiente dinero —respondió.

No era una respuesta que me ayudara. Si una de las otras familias hubiera tomado el control, podría haber llegado a un acuerdo con ellos. Probablemente se habrían atenido a lo que había estipulado con los Morello y habrían usado la pasticceria para el blanqueo de dinero, así todos saldríamos ganando. Otro tipo de organización, sin embargo, podría no ser tan clemente. No, no había dudas: no querrían tener ningún vínculo conmigo o con mi padre, aparte del pago de la deuda.

—¿Y si el nuevo propietario no está contento con nuestro acuerdo?

—No eres una mala negociadora. Ya conseguiste un acuerdo favorable con nuestra familia. Estoy seguro de que serás capaz de negociar un acuerdo favorable con quienquiera que se haga cargo de la deuda —dijo Lorenzo.

Se encogió de hombros antes de seguir hablando y mantuvo el tono desenvuelto de quien dice algo que de verdad piensa. Detrás de él, sin embargo, su mano derecha lo traicionaba. Sus cejas se habían arqueado ante las palabras del jefe. Sabía que Lorenzo solo intentaba adularme. Quería que fuera complaciente hasta que se cerrara el trato por parte de los Morello y, después, yo me vería obligada a sufrir las consecuencias.

—Imagino que cualquier nuevo propietario de la deuda querrá que la pastelería rediscuta a sus proveedores. Podrían incluso querer sugerir algunos completamente nuevos, como hicieron en su momento los Morello —dije de forma sencilla, a diferencia de Lorenzo que se había pasado de la raya dándome jabón.

—Estoy seguro de que serás capaz de convencerlos de que la calidad de los ingredientes es fundamental para la popularidad del producto terminado —respondió.

Este argumento parecía haber tocado un nervio sensible. Su actitud jovial se volvió gélida en un instante y habló con una mueca. Mantuvo sus ojos fijos en mí para impedirme replicar. El estatus de mi padre, sin embargo, me protegía de Lorenzo, al menos por el momento, así que decidí insistir.

—¿Y por qué iba a querer hacer eso? —pregunté, con la misma falsa inocencia que mostraba él—. Si acaso, es probable que decida congraciarme con mi nuevo socio y utilizar a sus proveedores. Quién sabe, quizá sean incluso mejores que los vuestros y pueda vender aún más pasteles.

—¿Y la lealtad? —Lorenzo habló con un gruñido y sus mejillas se mancharon de rojo.

—¿Hablas de lealtad cuando has venido aquí a decirme que estás empeñando la deuda de mi padre a otro? —Mi máscara de anfitiona amable se cayó, pero contuve toda la rabia que pude—. Mi padre sirvió a la familia casi toda su vida. Mi hermano murió sirviendo a la familia. ¿Qué tipo de lealtad nos está ofreciendo la familia ahora?

La protección que el estatus de mi padre me daba a los ojos de los Morello era solo parcial. Si hubiera estado todavía en la flor de la vida, si hubiera estado todavía al servicio de la familia y al día con sus deudas, Lorenzo nunca habría pensado siquiera en ponerme un dedo encima, por muy irrespetuoso que fuera mi tono. La familia Morello se consideraba una familia de honor, y sus hombres luchaban contra la rabia para mantener esa idea ilusoria del honor en su cabeza.

Sin embargo, eran criminales. Los hombres que estaban al otro lado de la ley eran violentos, si no por naturaleza, por educación, ya que habían tenido que abrirse camino en el hampa. Si los pinchabas demasiado fuerte o demasiado a menudo, podían saltar contra ti. Por mucho que Tony, que en paz descanse, me hubiera enseñado cómo golpear y cómo encajar un golpe, no me habría gustado poner a prueba mis capacidades contra Lorenzo y su esbirro.

—Aunque encontráramos un comprador, no convendría crear problemas a la familia —dijo Lorenzo, tranquilo y casi carente de emociones—, podría resultar negativo para tus negocios.

—Sí, estoy segura de que es también lo último que mis nuevos socios querrían —respondí—, estoy convencida de que no serían muy clementes si las personas que les vendieron la deuda de mi padre vinieran, justo después, a arruinar su inversión.

Las amenazas y contra-amenazas se sucedieron y nos miramos fijamente de un lado al otro de la mesa durante un largo momento. El secuaz de Lorenzo enderezó los hmbros, bufando como un toro amenazado. Su jefe levantó una mano y el hombre se relajó.

—Te haremos saber si se vende la deuda y cuándo. En caso contrario, volveremos la semana que viene con una nueva entrega —dijo Lorenzo, alejándose del escritorio pero señalando el lugar donde acababa de esconder el dinero—, y, por supuesto, esperamos que esos sobres formen parte de ella.

—Claro —respondí, levantándome e indicando la puerta—, dejad que os acompañe fuera.

Daisy nos lanzó una mirada desde el banco de trabajo. Estaba plegando una tanda de masa para cruasanes cuando pasamos por la cocina. Ni Lorenzo ni su esbirro dijeron una palabra incluso después de que hubiéramos salido a la parte delantera del local. Me puse tras el mostrador y me situé en la segunda caja mientras ellos se marchaban, aunque la aglomeración del almuerzo ya había disminuido y no había cola.

En el momento en que los dos salieron por la puerta principal, Kirill se levantó de su mesa del rincón. Sus ojos siguieron a Lorenzo por la acera antes de lanzar una mirada al hombre de color mayor con el que estaba sentado. Sacudió la cabeza y se apresuró a salir, siguiendo a Lorenzo. ¿A qué juego estaba jugando? ¡Maldición! ¡Quería comprar la deuda! Habría preferido que cualquiera se hiciera con ella antes que él. Había sido toda su culpa que mi padre se hubiera visto obligado a cargar con ella.

—Señorita Olesen, debo felicitarla por sus dulces.

Las palabras me distrajeron de mirar fijamente el escaparate a la calle por donde Kirill había desaparecido tras Lorenzo. Su comensal se había puesto frente a mí y me había dedicado una sonrisa afable. Sostuvo un momento un billete de 20 dólares sobre el tarro de las propinas antes de dejarlo caer en su interior.

—Compraría más para llevar a casa, pero… —Se acarició el vientre generoso con una risa de Papá Noel—. Probablemente sea mejor que no lo haga. Pero volveré pronto, de eso estoy seguro.

Con otra carcajada, se alejó y salió por la puerta. Como había hecho con Kirill, me quedé mirándolo hasta que pasó por delante del escaparate, aunque tenía motivaciones muy diferentes para hacerlo. Se comportaba de forma tan relajada y tranquila, tan diferente de Kirill, Lorenzo o cualquier otro que estuviera del lado equivocado de la ley, pero aun así había algo extraño en él.

¿Por qué se había reunido con un hombre como Kirill? Aquella pregunta me rondó mientras cerraba la tienda, pero no fue hasta que las luces se apagaron y el silencio se instaló en el local cuando un escalofrío me recorrió la espalda. Recordé su sonrisa afable y su tono educado, y entonces me di cuenta de lo que no encajaba. Nunca me había presentado, Daisy no lo había llamado por mi apellido y él no era un cliente habitual.

¿Cómo diablos sabía que me llamaba señorita Olesen?

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