La Reina del IMPERIO RUSO

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Capítulo 3 Deudas de sangre

Alexandra

Volviendo al presente, al objeto de mi ira, los ojos siempre vigilantes de Kirill se posaron en mí lo suficiente como para que mis labios se torcieran en una mueca. Él desvió la mirada sin reaccionar y dijo algo a su compañero. El otro hombre era un afroamericano de cabello negro canoso y una barriga que hacía tensar los botones de su camisa. Tenía un aire modesto en comparación con Kirill, que en cambio llevaba el cabello rubio ceniza peinado a la perfección, y nunca se volvió a mirarme, sino que se mantuvo, como él, listo para la acción.

—Disculpe, señorita Olesen —dijo una voz tímida a mis espaldas.

Una de las pasteleras intentó esquivarme como mejor pudo, cargando una gran bandeja de pasteles. Crucé las puertas y sostuve una abierta hasta que ella pasó con su carga. Me puse tras el mostrador y abrí la segunda caja, intentando ignorar al gánster ruso sentado en el rincón, de la misma forma en que él me ignoraba a mí.

Durante unos minutos me perdí en el frenesí de la hora del almuerzo, entre pedidos, pagos y venta de los artículos que estaban en la caja. La fila avanzaba lentamente. Brad me sonrió una vez que cruzó la puerta. Ante la insistencia de Daisy, lo tomé en consideración por un momento.

Si mi situación fuera diferente, podría haber pensado en darle cuerda. Tenía un corte de pelo impecable, era elegante incluso con aquel traje de diseño y el abrigo Bugatchi, que apenas ocultaba su complexión menuda. Yo prefería a los hombres con un poco más de carne sobre los huesos. Si no hubiera destruido a mi familia, tal vez habría mirado a Kirill de otra manera, pero en el momento en que me vino a la cabeza ese pensamiento, suspiré y sacudí la cabeza, espantándolo.

El destino quiso que Brad se encontrara frente a mi caja unos minutos después. Cuando llegó su turno, sus ojos se movieron entre la otra cajera y yo mientras ambas completábamos los recibos anteriores. Incluso ralentizando un poco, gané yo la carrera.

—Hola, Alexandra —dijo, con esa sonrisa suya coqueta—, tengo un pedido grande, como de costumbre.

Leyó de su teléfono y yo tomé una caja y empecé a llenarla. Una vez terminé, se guardó el teléfono en el bolsillo y sacó la billetera, abriéndola y mostrándome con nonchalance el dinero en su interior: quizá habría podido impresionar a Daisy, pero yo había crecido entre hombres que ostentaban continuamente el efectivo. Era una mala señal. Los hombres que sentían la necesidad de fanfarronear, ya fuera de sus finanzas o de sus habilidades en combate, siempre intentaban compensar un déficit, por lo que yo había visto.

—Deberíais entrar de verdad en el siglo veintiuno y priorizar los métodos de pago sin efectivo —dijo, echando mano al dinero—. Quiero decir… todavía cobráis un recargo por usar tarjeta. Esos recargos se acumulan.

—Siempre he preferido los billetes, algo que puedo tocar —respondí, tomando un tercer cruasán de jamón y queso para añadirlo a la caja.

—Si tuvierais una App, podríais cobrar también por el servicio exprés —continuó Brad como si yo no hubiera respondido ya—, sé que yo, personalmente, pagaría por no tener que hacer fila. Quiero decir, dejaría incluso una buena propina por no esperar.

—Estaría encantada de ofrecer un servicio exprés previo pago de un recargo en efectivo.

Para algunos el efectivo, el dinero físico, se había convertido en una molestia. Cuando se tenía mucho, moverlo se volvía un problema. El hecho de que se pudiera tocar físicamente lo hacía mucho más fácil de robar y, al ser inmediatamente fungible, poco se podía hacer si alguien te lo quitaba. Estas mismas características, sin embargo, lo hacían más práctico para mis necesidades.

—Estoy seguro de que, si alguna vez te sentaras conmigo, podría convencerte de dar el salto a la era moderna y prepararte para el futuro —dijo Brad mientras le pasaba la caja por encima del mostrador—. Hasta entonces, supongo que puedes quedarte con el cambio.

—Lo pensaré —dije, repitiendo la misma frase que había usado el día anterior. Siempre había sido generoso con las propinas y podría dejar de serlo si le decía un "no" rutundo.

Con una última sonrisa, se marchó y pasé al siguiente cliente mientras el horario de almuerzo estaba por terminar. Mi atención seguía desplazándose hacia el delincuente ruso del rincón y su conversación con el hombre de color de más edad. Él escrutaba la sala como siempre, pero no volvió a concentrarse en mí. En un momento dado su postura cambió y sus ojos se dirigieron hacia la puerta de entrada.

Habían entrado dos energúmenos, saltándose la fila. Reconocí al de delante, con su traje de raya diplomática y el pelo negro cardado. Lorenzo era uno de los jefes de la familia Morello. El hombrón de pie tras él debía de ser su mano derecha. Lorenzo se concentró en mí, pero su secuaz lanzó una mirada a Kirill.

Hice un gesto hacia las puertas de la cocina y seguí a Lorenzo y a su hombre. Daisy levantó la vista de la mastodóntica amasadora, pero en los últimos meses ya había visto a nuestro "socio silencioso" venir a reuniones semanales y había dejado de hacerme preguntas sobre aquel hombre. En realidad, no lo esperaba antes de mañana.

—Los negocios parecen ir bien, como siempre, Alexandra —dijo Lorenzo con su habitual voz tranquila después de que cerrara la puerta tras de mí.

—¿Cuánto quieres que hayan mejorado esta semana? —preguntó.

Sonrió e hizo un gesto a su acompañante silencioso. El hombrón sacó del abrigo de la chaqueta dos sobres repletos y los arrojó sobre el escritorio. Tenía muchas razones para amar el dinero en efectivo: era mucho más fácil de blanquear que los números en una pantalla, con sus movimientos siempre rastreables a través del sistema bancario.

—15.362 dólares —dijo Lorenzo mientras yo recogía los sobres y los guardaba junto al portátil en el compartimento secreto bajo el escritorio—, pero tenemos que hablar también de otra cosa.

Aquellas palabras me asustaron y me hicieron enfurecer contra aquel maldito ruso, probablemente aún sentado en la mesa del rincón. Él y sus hombres le habían soplado un golpe a mi padre, un golpe grande, y no se podía simplemente decir a los Morello "Lo sentimos, los rusos llegaron antes". No, aquel fracaso se había transformado en una deuda para mi padre; deuda de la que yo lograba pagar poco más que los intereses dejando que Lorenzo blanqueara el dinero a través de la pasticceria y se llevara una generosa parte de mis beneficios. Me había ilustrado este esquema la primera vez que se había presentado y había dicho querer "hablar también de otra cosa".

—Te escucho —dije.

—El gran jefe está pensando en aceptar ofertas sobre la deuda de tu familia —dijo.

—¿Ofertas?

Mis manos se cerraron en puños, pero las mantuve ocultas bajo el escritorio. Las actividades criminales a menudo reflejaban, en su estructura, a sus contrapartes legítimas: los bancos vendían continuamente hipotecas, pero los deudores tenían protecciones legales, así como el nuevo propietario de la deuda tenía un sistema legal para imponer el pago. En nuestro mundo, era el miedo lo que hacía que el deudor pagara a tiempo; la única forma en que una organización podía mantener cierto nivel de miedo era la violencia.

Si la familia Morello estaba lista para vender mi deuda, significaba que mi vida estaba a punto de pasar a manos de alguien nuevo. Alguien que, probablemente, no se conformaría solo con los intereses.

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