Capítulo 9 Una verdad a solas
Una verdad a solas
Lo esperé al amanecer, antes de que Sofía bajara, antes de que la casa se llenara de oídos. Me vestí sin cuidado estético. Sin vestido pensado para gustarle. Pantalón oscuro, camisa cerrada hasta el cuello, el cabello suelto solo porque no tenía tiempo de pelear con él. La marca se adivinaba igual bajo la tela. Siempre se adivinaba.
El estudio olía a tinta, a madera y a él. La puerta no estaba cerrada del todo. Damien estaba de pie frente al mapa del este, con una venda improvisada en la ceja y los hombros rígidos como si el bosque todavía le pesara encima. No se giró cuando entré. El lazo, en cambio, sí lo hizo. Un tirón seco, molesto, casi ofendido por mi olor tan temprano.
—Te dije que te quedaras arriba.
—Y yo te dije que somos esposos. Ayer no me dejaste terminar.
Cerré la puerta. El pestillo sonó demasiado alto. Damien apoyó las manos en el borde del escritorio y bajó la cabeza un segundo, como quien calcula si vale la pena gritar o echarme con el menor gasto posible.
—No tengo tiempo para esto, Aria.
—Entonces hazlo corto —dije—. Quiero que me lo digas a la cara. Sin Sofía. Sin guerreros. Sin consejo.
Por fin se volvió. Los ojos dorados estaban opacos de cansancio y de algo más oscuro.
—¿Qué cosa?
—Si tu lobo se confunde cuando estoy cerca… o si tú tienes miedo de que el lazo deje de ser una cadena.
El silencio que siguió no fue vacío. Fue denso. El lazo se puso tan tenso que me dolió el cuello. Damien dio un paso hacia mí. No era cercanía. Era amenaza contenida.
—¿Quién te dijo eso?
—No importa.
—Importa. Porque suena a boca de Sofía.
—Entonces desmiéntela.
Soltó una risa breve, sin humor.
—No le debo explicaciones a nadie. Menos a ti.
—Sí me las debes —repliqué, y la voz me salió más firme de lo que me sentía—. Me marcaste. Me casaste. Me encerraste en esta casa. Me mandaste al flanco. Me humillaste en el recibidor. Puedes odiarme. Puedes preferirla. Pero no voy a seguir tragándome versiones de terceros como si yo no tuviera derecho a oírte.
Damien me miró como si yo hubiera cruzado una línea que él mismo había dibujado alrededor de su paciencia. El aire entre nosotros se volvió estrecho. Su olor —bosque, hierro, sueño incompleto— me llenó la garganta. El lazo cantó bajo, traicionero, buscando un cuerpo que no quería recibirlo.
—Mi lobo no se confunde —dijo al fin, despacio—. Mi lobo está furioso. Contigo. Con la Diosa. Con esta marca que no pedí. Cada vez que te hueles demasiado cerca, algo en mí tira. Y yo lo corto. Lo corto porque no voy a permitir que un hilo invisible me quite lo que yo elegí.
—Lo que elegiste es mi hermana.
—Sí.
La palabra cayó limpia. Sin adorno. Sin culpa visible. Me atravesó igual.
—Entonces dímelo completo —insistí—. Dime que no sientes nada. Dime que ayer, cuando el lobo extraño cruzó, no notaste que yo también estaba ahí. Dime que el lazo no te jaló.
La mandíbula se le tensó. Por un segundo vi la grieta. Mínima. Un destello de memoria animal: el grito del bosque, el flanco izquierdo, un tirón que él había odiado reconocer. Después lo aplastó.
—Sentí una distracción —concedió—. Eso no es amor. Es un defecto. Y los defectos se corrigen.
—¿Encerrándome?
—Si hace falta.
Me acerqué un paso. No lo toqué. No era estúpida. Pero tampoco retrocedí.
—No soy un defecto, Damien. Soy tu pareja destinada.
—Eres la prueba de que la Diosa también se equivoca.
Esa frase me quitó el aire más que el rechazo de la ceremonia. Porque no la gritó. La dijo como una certeza ya asentada, pulida por noches en las que Sofía le había dado la razón.
El lazo se retorció. Él lo notó. Lo vi en la forma en que apartó la mirada un instante, como si el pecho le hubiera respondido sin permiso. Odié esa respuesta. Odié también aferrarme a ella.
—Tienes miedo —susurré.
Se le encendieron los ojos.
—Cuidado.
—Tienes miedo de que si me miras demasiado tiempo, dejes de poder fingir que Sofía te basta.
El movimiento fue rápido. No me golpeó. No me agarró del cuello. Solo avanzó hasta que mi espalda tocó la puerta y su cuerpo ocupó todo el espacio frente al mío. El calor de él era una pared. El lazo estalló en un latido tan fuerte que se me doblearon las rodillas. Damien apretó los dientes, respirando por la nariz, luchando contra algo que no quería nombrar.
—No me provoques —dijo, muy bajo—. No conviertas esto en una escena. No voy a besarte. No voy a consolarte. No voy a darte la victoria de creer que puedes moverme.
—No quiero una victoria —contesté—. Quiero que dejes de usar a mi hermana para no mirarme.
Sus ojos bajaron un segundo a mi boca. Fue involuntario. Breve. Lo suficiente para que el lazo se iluminara con una hambre que no era mía sola. Damien retrocedió como si se hubiera quemado.
—Sal.
—No.
—Sal de este estudio ahora, Aria, o juro que esta conversación termina delante de toda la casa.
La amenaza funcionó porque no era vacía. Yo conocía su orgullo. Conocía también a Sofía. Si ella abría esa puerta, la verdad a solas se convertiría en otra humillación pública.
Apoyé la mano en el pestillo.
—Un día vas a tener que elegir sin testigos —dije—. Y ese día no te va a alcanzar con decir que soy un defecto.
Abrí. Sofía estaba al otro lado.
No del todo pegada a la madera, no con la desvergüenza de quien se esconde mal. Lo bastante cerca, eso sí, para haber oído el final. Sonreía con la boca, no con los ojos.
—Qué temprano para una discusión de matrimonio —comentó—. Damien, el consejo te busca. Eron quiere saber por qué sacaste a tu esposa de las patrullas después de exigirte unidad.
Damien se pasó una mano por la cara.
—Que entre.
Sofía no se movió de inmediato. Me recorrió de arriba abajo, lenta, evaluando el daño.
—Estás pálida, hermana. ¿Te dijo que no? Tranquila. A mí también me lo dice a veces. La diferencia es que después viene a buscarme.
Pasé junto a ella sin responder. El lazo me siguió por el pasillo como un animal herido. Detrás, la voz de Damien se volvió otra vez la del Alfa: corta, administrativa, dirigida a Sofía con una familiaridad que a mí me negaba.
No fui a la habitación. Fui a la cocina vacía y me bebí un vaso de agua que no sentí. Las manos me temblaban. No de miedo. De la cercanía. De ese segundo en que sus ojos habían bajado a mi boca y el lazo había contestado por los dos. Damien podía llamarlo defecto. Yo lo había sentido como una grieta. Y las grietas, en una casa como aquella, no se dejaban abiertas mucho tiempo.
A media mañana el rumor ya había cambiado de forma. Ya no era solo que yo era imprudente en el bosque. Ahora también había “una escena” en el estudio. Sofía no necesitaba mentir del todo. Bastaba con recortar. Bastaba con decir que yo lo había encerrado, que lo había presionado, que el Alfa había tenido que recordarme mi lugar. Lira me miró distinto en el patio. Una sirvienta apartó la bandeja cuando me acerqué. El desprecio se estaba volviendo costumbre; la costumbre, ley extraoficial.
Marcus me encontró junto al almacén.
—¿Qué hiciste?
—Le pregunté la verdad.
—Eso, en esta casa, se paga caro.
—Ya la estaba pagando.
Marcus suspiró.
—Eron no está conforme. Si Damien te mantiene escondida, el consejo va a exigir otra prueba pública de unidad. Tal vez en la próxima ronda de luna. Tal vez antes.
—Qué conveniente para Sofía.
—O qué peligroso —dijo él—. Si te ponen otra vez a su lado delante de todos, el lazo se va a notar. Damien lo sabe. Por eso te encierra. No solo por crueldad.
Me quedé con esa frase el resto del día, dándole vueltas como a un hueso. Encerrarme no era únicamente castigo. Era control. Era miedo disfrazado de indiferencia. La idea no me alivió. Me dio una esperanza peor: la de que algo en él ya no estaba tan muerto como pretendía.
Al atardecer Damien cruzó el recibidor con Sofía a un paso. Iba a otra reunión. No me miró. No hizo falta. El lazo llevó el eco de su malestar, esa irritación densa que aparecía cada vez que yo estaba cerca y él se obligaba a no detenerse. Sofía sí me miró. Le bastó una sonrisa pequeña para reivindicar la mañana.
Esa noche no sentí de inmediato el calor de otras veces. Primero hubo silencio. Después una discusión baja, demasiado lejos para distinguir palabras y lo bastante cerca para que el lazo me las tradujera en emoción: enfado, deseo, reafirmación. Damien no venía a Sofía solo por gusto. Venía también para demostrarse que todavía podía elegir. Yo era el motivo. Ella, la prueba.
Me senté en el suelo de la habitación de invitados, con la espalda contra la cama y la marca palpitando. No me hice promesas grandes. No soñé con un beso. Solo guardé el segundo en que había retrocedido, como quemado, después de mirarme la boca.
Un defecto, había dicho.
Los defectos, cuando se niegan demasiado, terminan por romper la superficie.
Y yo, todavía terca, todavía herida, todavía encerrada, iba a estar ahí cuando eso ocurriera. Aunque Sofía escribiera otra versión. Aunque Damien jurara que no sentía nada. Aunque el precio de una verdad a solas fuera otra humillación al día siguiente.
