La rechazada del Alfa

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Capítulo 6 Lo que toda la manada ya susurra

Lo que toda la manada ya susurra

Amanecí con el sabor metálico de la sangre en la boca. Me había mordido el interior de la mejilla durante la noche, otra vez, para no hacer ruido mientras el lazo me obligaba a sentir lo que ocurría dos pasillos más allá. Damien. Sofía. El mismo ritmo. La misma calidez que no me pertenecía. Me quedé quieta en la cama hasta que el temblor de las manos se calmó lo suficiente como para vestirme.

Ese día no preparé desayuno. No dejé nota. No me planté en ningún pasillo. Había decidido cambiar de estrategia, aunque la palabra “estrategia” me sonara ridícula aplicada a un hombre que ni siquiera quería mirarme. Si los gestos pequeños no servían, entonces me haría visible de otra forma. Útil. Presente. Imposible de ignorar sin que el resto de la manada lo notara.

Bajé cuando el comedor ya estaba lleno. Damien ocupaba la cabecera. Sofía, a su derecha, hablaba con dos guerreras jóvenes y reía como si aquella mesa le perteneciera. Varias cabezas se giraron al verme entrar. No eran miradas de respeto. Eran las miradas de quienes ya habían oído una historia y estaban esperando ver si yo la confirmaba con la cara.

Me senté. Serví café. Fingí que el silencio a mi alrededor no pesaba.

Fue Marcus quien rompió el hielo, aunque no de la forma que yo habría querido.

—Esta tarde hay consejo abierto —anunció, dirigiéndose más a Damien que a nadie—. Los ancianos quieren tratar el tema de los avistamientos en el límite este. También… el asunto de la esposa del Alfa y sus funciones públicas.

Damien dejó el cuchillo sobre el plato con un golpe seco.

—No hay asunto —dijo—. Aria no tiene funciones públicas. Ya lo dejé claro.

Sofía apoyó los dedos en su antebrazo, suave, casi tierno.

—Tal vez deberían dárselas, Damien. Así deja de vagar por la casa como un fantasma. Ayer la vi otra vez en tu estudio. Pobre. Debe ser agotador insistir tanto.

Las guerreras rieron bajito. Una de ellas me miró de reojo, con esa mezcla de lástima y burla que ya se estaba volviendo costumbre. Yo sostuve la taza con las dos manos para que no se notara el temblor.

—No vagaba —dije, con la voz más firme de lo que esperaba—. Llevé el inventario de hierbas. Eso es todo.

Sofía inclinó la cabeza, fingiendo sorpresa.

—Ah, sí. El inventario. Damien me contó que entraste sin llamar. Que te quedaste mirándonos. Entiendo que el lazo te ponga… sensible. Pero hay límites, hermana. Aunque la ley te haya puesto un anillo en el dedo.

Damien no la corrigió. Tampoco me miró. Solo bebió su café como si la conversación ocurriera en otra habitación. El lazo, en cambio, sí me miró. Sentí su incomodidad. Una punzada breve, casi irritada, que él aplastó de inmediato. No era defensa. Era molestia porque yo existía en esa mesa.

El consejo se reunió al atardecer en el salón de piedra, el mismo donde semanas atrás me habían obligado a jurar. Había antorchas, ancianos, guerreros y un silencio expectante. Yo me quedé de pie a un costado, donde Marcus me indicó. Damien ocupó el asiento central. Sofía se sentó entre las hembras de rango, demasiado cerca de la primera fila, como si ya formara parte del círculo interno.

Marcus expuso primero los avistamientos. Huellas extrañas. Olor a lobo que no pertenecía a Lunas Negras. Damien escuchó con la mandíbula tensa y dio órdenes precisas: más patrullas, turnos dobles, nadie solo en el límite este. Hablaba como Alfa. Firme. Claro. El tipo de voz que yo había admirado desde niña.

Después uno de los ancianos, un hombre de barba blanca llamado Eron, aclaró la garganta.

—Queda el segundo punto. La esposa del Alfa ha sido marcada y casada bajo ley. Sin embargo, no ocupa el lugar que corresponde. Hay murmuraciones. La manada necesita ver unidad, sobre todo ahora que hay extraños olfateando nuestras fronteras.

Damien apoyó ambos antebrazos sobre la mesa.

—La unidad no depende de que ella se siente a mi lado en cada reunión.

—Depende de las apariencias —replicó Eron, sin bajar la mirada—. Y las apariencias, Alfa, ahora mismo dicen que tu pareja destinada duerme en el ala de invitados mientras otra mujer ocupa tu sombra.

Un murmullo recorrió el salón. Sofía no se inmutó. Al contrario: bajó los ojos con modestia fingida, exactamente el gesto que usaba cuando quería parecer inocente.

Damien giró la cabeza hacia mí por primera vez en todo el consejo. Sus ojos dorados estaban fríos.

—Aria cumplirá lo que la ley exige. Nada más. No voy a convertir este salón en un teatro.

Eron no se rindió.

—Entonces que asista a las patrullas de frontera, como corresponde a la compañera del Alfa. Que la vean. Que deje de ser un rumor.

Damien calló unos segundos. El lazo se puso rígido, como un cable a punto de romperse. Su lobo no quería tenerme cerca. Su orgullo, menos. Pero la ley y la mirada de los ancianos no le dejaban mucho margen.

—Una patrulla —concedió al fin—. Mañana. Marcus va con ella. Sofía también.

El nombre de mi hermana cayó en la sala con naturalidad deliberada. Varios guerreros intercambiaron miradas. Yo sentí cómo se me encogía el estómago. No era una concesión. Era una trampa disfrazada de orden.

Sofía sonrió apenas, lo justo para que yo lo viera.

Después del consejo, mientras la gente se dispersaba, ella se acercó a un grupo de hembras junto a las antorchas. No bajó la voz lo suficiente.

—Pobrecita. Se emociona con cualquier migaja. Damien solo la llevó al consejo porque los ancianos lo presionaron. Anoche me dijo que cada vez que la huele le duele la marca. Que es como tener una cadena amarrada al cuello.

Una de las mujeres rió. Otra me buscó con la mirada y apartó los ojos en cuanto me vio escuchando. Yo seguí caminando. No iba a darles el espectáculo de detenerme.

En el pasillo que conducía a las habitaciones, Damien iba delante. Lo alcancé porque el lazo me empujaba hacia él aunque yo no quisiera.

—No tenías que incluirla —dije en voz baja.

Se detuvo. No se giró del todo.

—No te pedí opinión.

—Mañana voy a estar en esa patrulla. Ella también. Sabes lo que va a hacer.

Entonces sí me miró. De cerca. El olor a bosque y a poder me golpeó el pecho con una fuerza que me dejó sin aire. El lazo cantó, traicionero, como si todavía creyera que ese hombre podía ser mío.

—Lo que haga Sofía no es asunto tuyo —dijo—. Tú vas porque los ancianos lo exigieron. Caminas. Obedeces. Y no me hables como si tuviéramos algo que discutir en privado.

—Somos esposos.

La palabra salió más rota de lo que yo quería. Damien apretó la mandíbula.

—Somos una obligación. No lo confundas.

Siguió subiendo las escaleras. Yo me quedé abajo, con la marca ardiendo y las palabras de Sofía todavía flotando en el salón. Esa noche no necesité acercarme a ninguna puerta para saber lo que ocurría. El lazo me lo trajo entero: la risa de ella, la voz grave de él, la forma en que la atraía contra su cuerpo como si yo no existiera dos habitaciones más allá.

Me acosté vestida. Miré el techo. Pensé en la patrulla del día siguiente. En el bosque. En Sofía caminando a su lado. En Damien ignorándome frente a los guerreros. Y, aun así, una parte estúpida de mí se aferró a una idea mínima: si estábamos juntos en el territorio, si el peligro era real, tal vez el lazo lo obligaría a mirarme aunque fuera un segundo distinto.

No era esperanza grande.

Era solo la que me quedaba.

Mañana saldríamos al límite este.

Y yo iba a descubrir si ser visible de verdad servía de algo… o si solo le daría a Sofía un escenario más amplio para romper lo poco que todavía intentaba sostener.

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