La rechazada del Alfa

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Capítulo 5 La sonrisa que no llega

La sonrisa que no llega

El sol apenas comenzaba a filtrarse entre las cortinas grises cuando el lazo me despertó otra vez. No fue un tirón violento como las primeras noches, sino una oleada lenta y constante de calor ajeno que se instaló en el centro de mi pecho y se extendió hasta la marca del cuello. Damien estaba despierto. Sofía también. Podía sentir la forma en que su respiración se mezclaba con la de él, la suavidad de sus dedos recorriendo la piel del Alfa, la risa baja y satisfecha que ella soltaba contra su garganta. Cerré los ojos con fuerza y conté hasta diez, después hasta veinte. El lazo no se apagó. Solo se volvió más nítido, más cruel.

Me levanté de todos modos. El suelo de madera estaba frío bajo mis pies descalzos. Caminé hasta el baño y me miré en el espejo durante un rato largo. La marca seguía inflamada, de un rojo oscuro que contrastaba con la palidez de mi piel. Los ojos se me veían cansados, rodeados de ojeras que el sueño inquieto había dejado. Me lavé la cara con agua helada hasta que la piel ardió. Me peiné el cabello con dedos torpes y lo recogí en una trenza baja que dejaba la marca completamente expuesta. Elegí un vestido gris sencillo, sin adornos, el mismo tono de las nubes que cubrían el cielo aquella mañana. Si tenía que cargar con la evidencia de su rechazo, al menos que él la viera cada vez que me mirara.

Bajé las escaleras en silencio. La casa del Alfa todavía olía a madera vieja y a pino. Nadie más estaba despierto. Encendí el fuego de la cocina y preparé el desayuno con movimientos mecánicos. Café negro, sin azúcar, exactamente como a Damien le había gustado desde que teníamos quince años. Pan tostado con un poco de mantequilla. Fruta cortada en trozos pequeños. Nada elaborado. Nada que pudiera interpretarse como una súplica desesperada. Solo un gesto simple. Lo dejé todo en la mesa del comedor, junto a una nota breve escrita con letra temblorosa: «Buenos días». Nada más.

Me senté a esperar. El reloj de la pared marcaba los minutos con una lentitud cruel. Cuando por fin escuché pasos bajando la escalera, el corazón se me aceleró de una forma que odié. Damien apareció primero. Vestía solo unos pantalones negros y una camisa abierta que dejaba ver el torso marcado por antiguas cicatrices de batalla. El cabello negro todavía desordenado por el sueño. Detrás de él venía Sofía, envuelta en una de sus camisas, el cuello marcado por un chupetón fresco y una sonrisa perezosa que hablaba de una noche bien aprovechada.

Damien miró la mesa. Sus ojos dorados se posaron un segundo en el desayuno, después en la nota. Por un instante creí ver algo en su expresión, una grieta mínima, casi invisible. Después parpadeó y la grieta desapareció. Pasó de largo sin tocar nada. Se sentó al otro extremo de la mesa larga y abrió unos papeles que había traído consigo. Sofía se acomodó a su lado con total naturalidad, tomó uno de los trozos de manzana que yo había cortado y lo mordió con lentitud, mirándome por encima de la fruta.

—Qué detallista —comentó en voz alta, con ese tono dulce que siempre usaba para clavar cuchillos—. ¿Todavía crees que con pan tostado y café vas a cambiar algo, Aria? Es casi tierno.

No respondí. Serví café en mi propia taza y me senté lo más lejos posible de ellos. Marcus entró poco después, olfateó el ambiente y me dedicó una mirada breve, cargada de una advertencia silenciosa. Damien no levantó la vista de sus papeles. Hablaba en voz baja con Sofía sobre la patrulla de la tarde, sobre los límites del territorio norte, sobre un posible avistamiento de lobos desconocidos. Cada vez que ella se reía, el lazo me enviaba una pequeña descarga de molestia que él sofocaba de inmediato, como si siquiera sentir algo relacionado conmigo le resultara ofensivo.

Cuando terminó de desayunar —sin tocar nada de lo que yo había preparado—, Damien se levantó. Sofía se pegó a su lado de inmediato. Yo me quedé sentada frente a los platos fríos, escuchando cómo sus voces se alejaban por el pasillo. Solo entonces me permití soltar el aire que había estado conteniendo.

Más tarde lo esperé en el corredor que conducía al patio de entrenamiento. Sabía que pasaría por ahí antes de reunirse con los guerreros. Cuando su figura apareció al fondo del pasillo, me planté en medio del camino. Él se detuvo a unos pasos de distancia. Su expresión no cambió, pero el lazo se tensó con una irritación clara.

—Habla —dijo sin preámbulos.

—Hay una reunión de las hembras esta tarde para organizar los suministros de invierno —expliqué, cuidando que la voz no me temblara—. Pensé que podría encargarme de la parte de las hierbas medicinales. Conozco bien el inventario. Podría ser útil para la manada.

Damien me miró durante un segundo demasiado largo. Otra vez esa grieta mínima en sus ojos dorados. Otra vez la sensación de que, por un instante, algo dentro de él dudaba. Después parpadeó y la duda se esfumó como humo.

—Haz lo que quieras. No necesito que me informes de cada tarea doméstica que decides asumir.

Antes de que pudiera responder, Sofía apareció detrás de él, como si hubiera estado esperando el momento exacto. Se deslizó junto a Damien y le pasó un brazo por la cintura con una posesividad natural que me revolvió el estómago.

—Déjala, Damien —dijo con voz suave—. Le hace bien sentirse ocupada. Pobre. Necesita distraerse de… todo esto.

Damien no la corrigió. Solo asintió una vez y siguió caminando, llevándose a Sofía con él. Ella se quedó unos segundos más, girando la cabeza para mirarme por encima del hombro. Su sonrisa era pequeña, perfecta y venenosa.

—Sigue intentándolo —susurró—. Me encanta ver cómo te esfuerzas. Cada gesto tuyo le recuerda lo mucho que desea que no estuvieras aquí. Y créeme, se lo recuerda muy a menudo… especialmente por las noches.

Se alejó. Yo me quedé en el pasillo vacío con las manos cerradas a los costados hasta que los nudillos se me pusieron blancos y el dolor me obligó a soltarlos.

Durante la tarde trabajé en el almacén de hierbas como si mi vida dependiera de ello. Conté frascos, organicé manojos de lavanda y manzanilla, etiqueté cada recipiente con letra clara y precisa. El olor a plantas secas me envolvió y por un rato logré no pensar en nada más. Mis manos terminaron manchadas de tierra y de residuales verdes. Cuando el sol comenzó a bajar, el inventario estaba completo. Decidí llevarle el informe personalmente a Damien. No porque esperara un agradecimiento. Solo porque necesitaba intentarlo una vez más. Porque la esperanza terca que vivía en mi pecho todavía no había aprendido a rendirse.

La puerta del estudio estaba entreabierta. Escuché risas suaves antes de llamar. Sofía estaba sentada en el borde del escritorio, demasiado cerca de Damien. Él tenía una mano apoyada en su muslo mientras revisaba unos mapas extendidos sobre la madera. Al oír mis pasos, Sofía giró la cabeza y sonrió con esa inocencia falsa que dominaba a la perfección.

—Mira quién llegó —dijo—. La esposa dedicada.

Damien levantó la vista. Su expresión se cerró de inmediato, como una puerta que se golpea.

—¿Qué necesitas?

—Terminé el inventario de las hierbas medicinales —contesté, manteniendo la voz lo más neutra posible—. Todo está en orden. Dejé una copia completa en la mesa del consejo.

—Bien. Puedes retirarte.

No hubo nada más. Ni una pregunta sobre el trabajo. Ni un segundo de reconocimiento. Sofía se inclinó hacia él y le susurró algo al oído que lo hizo soltar una risa baja, casi privada. El lazo me transmitió la calidez de ese momento, la forma en que los dedos de Damien se cerraban un poco más alrededor del muslo de mi hermana. Me di la vuelta antes de que pudieran ver cómo se me quebraba la expresión.

Esa noche no preparé nada. No dejé notas. No busqué excusas para cruzarme con él en los pasillos. Me quedé en la habitación de invitados con la ventana abierta, escuchando el viento moverse entre los pinos oscuros. El lazo, sin embargo, no me dio tregua. Sentí cuando Damien y Sofía subieron juntos las escaleras. Sentí la forma en que él la empujaba contra la pared del pasillo antes de abrir la puerta de su habitación. Sentí cada roce de piel, cada respiración entrecortada, cada vez que Sofía decía su nombre como si fuera una victoria personal. El placer de Damien se filtró a través del lazo como veneno lento, instalándose en mi propio cuerpo hasta que tuve que morder el interior de la mejilla para no soltar un sonido.

Me senté en el suelo, con la espalda apoyada contra el borde de la cama, y me obligué a no llorar. Las lágrimas no servían de nada. El esfuerzo constante tampoco parecía servir. Y aun así, cuando el lazo por fin se calmó y el silencio regresó a la casa del Alfa, me descubrí pensando en el desayuno del día siguiente. En qué más podría intentar. En cómo hacer que, aunque fuera por un segundo, Damien Blackwood me mirara sin ese desprecio frío que me destrozaba por dentro.

Porque la esperanza, esa cosa terca, estúpida y cruel que se negaba a morir, seguía ahí. Más pequeña. Más herida. Más silenciosa. Pero todavía viva.

Y yo, a pesar de todo, a pesar del dolor y de la humillación y de la risa de mi hermana resonando en el lazo, seguía dispuesta a aferrarme a ella con uñas y dientes.

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