La rechazada del Alfa

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Capítulo 1 La marca que nadie quería

La marca que nadie quería

El olor a pino húmedo y a tierra removida se mezclaba con el de la sangre seca que aún impregnaba las piedras del claro sagrado. La luna menguante colgaba baja entre las copas de los árboles negros, tiñendo de plata las caras de todos los que se habían reunido aquella noche. La manada de Lunas Negras no solía reunirse completa excepto para los ritos más antiguos, y esta era una de esas noches. Yo lo sabía desde que el llamado del Alfa resonó por los enlaces mentales horas antes. Mi corazón había empezado a latir con una mezcla de esperanza y terror que no conseguía separar.

Me llamo Aria Voss. Tengo veintitrés años. He crecido dentro de esta manada, entre estos mismos árboles, bajo las mismas leyes. Damien Blackwood y yo compartimos casi todos los recuerdos de infancia. Cuando teníamos cinco años nos escondíamos juntos detrás del gran roble caído para escapar de las clases de historia de la manada. Cuando teníamos ocho él me empujó al río helado y después se lanzó a sacarme porque tenía miedo de que me ahogara de verdad. A los doce me enseñó a rastrear ciervos. A los quince me robó un beso torpe detrás de los establos y luego se rio de mi cara roja. Yo guardé ese beso como un tesoro. Él lo olvidó al día siguiente.

Porque siempre estuvo Sofía.

Mi hermana menor. Dos años más joven. Más alta, más delgada, con el cabello negro que caía como seda y esos ojos grises que parecían capaces de derretir cualquier voluntad. Desde que Sofía cumplió los catorce Damien solo tenía ojos para ella. Yo me convertí en la amiga leal, la confidente, la que escuchaba sus quejas cuando Sofía flirteaba con otros lobos solo para hacerlo celoso. Yo era la sombra. Ella era la luz.

Aquella noche yo llevaba el vestido ceremonial blanco que mi madre había guardado durante años. El mismo que ella usó cuando el lazo mate la unió a mi padre. El cuello estaba bordado con hilos de plata que brillaban bajo la luna. Mis manos temblaban tanto que tuve que esconderlas entre los pliegues de la tela. A mi alrededor la manada murmuraba. Cientos de lobos en forma humana, algunos todavía con restos de pelaje en los antebrazos, todos esperando el momento en que la Diosa Luna decidiera.

Damien estaba de pie frente al altar de piedra antigua. Llevaba la camisa negra abierta en el pecho y los pantalones oscuros de cuero que usaba para las ceremonias. Su cabello negro caía sobre la frente. Sus ojos dorados recorrían el claro sin detenerse en mí. Cada vez que su mirada pasaba por encima de mi cabeza sentía un pinchazo en el pecho, como si ya supiera lo que iba a ocurrir y se preparara para el golpe.

El anciano Marcus, Beta de la manada desde antes de que Damien naciera, alzó las manos. Su voz profunda cortó el murmullo.

—Esta noche la Diosa hablará. Que cada uno se prepare para recibir su voluntad.

El silencio cayó como una losa. Yo cerré los ojos. Respiré hondo. Por un segundo permití que la esperanza tonta que había alimentado durante años se expandiera. Tal vez esta vez sería diferente. Tal vez la Diosa vería todo el amor que yo había guardado y le diría a Damien que yo era suficiente.

El lazo se cerró de golpe.

Fue como si alguien hubiera clavado un gancho de fuego en el centro de mi pecho y tirara con todas sus fuerzas. El aire me abandonó los pulmones. Mis rodillas flaquearon. El dolor y el placer se mezclaron de una forma que no tenía nombre. Sentí el corazón de Damien latiendo dentro del mío. Sentí su sorpresa, su rechazo instantáneo, su rabia. El lazo era absoluto. Inevitable. La Diosa nos había unido.

Abrí los ojos y lo miré.

Damien había dado un paso atrás. Su rostro estaba tenso, los labios apretados en una línea blanca. Sus ojos dorados se habían oscurecido hasta volverse casi negros. Me miró por primera vez en toda la noche y en esa mirada no había sorpresa. Había algo peor: decepción.

—No —dijo en voz alta. Su voz resonó en el claro como un trueno—. No la quiero.

El murmullo de la manada se convirtió en un rumor agitado. Sofía, que estaba de pie entre las mujeres jóvenes, se llevó una mano a la boca. Sus ojos brillaban. No era horror lo que vi en ellos. Era triunfo.

Marcus dio un paso al frente. Su expresión no cambió.

—Alfa Blackwood. El lazo se ha cerrado. La Diosa ha hablado.

Damien giró la cabeza hacia el anciano. Su voz bajó de tono pero no perdió fuerza.

—Rechazo el lazo. Rechazo a Aria Voss como mi pareja destinada. No la deseo. No la marcaré. No la tomaré.

Cada palabra era un cuchillo. Yo las sentí entrar una por una. El lazo se retorció dentro de mí como si intentara aferrarse a algo que ya se estaba alejando. Las lágrimas quemaron detrás de mis ojos pero no las dejé caer. No frente a todos. No frente a Sofía.

Marcus no se inmutó.

—La ley de Lunas Negras es más antigua que cualquiera de nosotros. Desde que la primera luna llena iluminó este claro. Nadie rechaza el regalo de la Diosa. El lazo se cierra o la manada se rompe. No existe tercera opción, Damien.

—Entonces que se rompa —contestó Damien con los dientes apretados—. Prefiero perder el título antes que unirme a una mujer que no deseo.

El silencio que siguió fue tan denso que podía oír el latido de mi propio corazón. Marcus miró a los ancianos que formaban el consejo. Uno a uno inclinaron la cabeza. Entonces el Beta habló de nuevo, y su voz sonó como una sentencia.

—No. Esta noche te casarás con ella. Mañana la marcarás de forma permanente. En la próxima luna llena cumpliréis el rito completo. Si te niegas, perderás el título de Alfa, serás expulsado junto con tu linaje y la manada elegirá un nuevo líder. La ley no se doblega ni siquiera ante el hijo del antiguo Alfa.

Damien me miró otra vez. En sus ojos ya no había solo rechazo. Había odio. Odio hacia la Diosa, hacia la ley, hacia mí por existir en ese momento. Dio un paso hacia mí. Su olor a bosque y a poder me envolvió. El lazo cantó dentro de mi pecho, traicionero, esperanzado.

—No me toques —susurró solo para que yo lo oyera—. No te atrevas a mirarme como si esto fuera un regalo.

Marcus levantó las manos de nuevo.

—Que se realice el juramento.

Me empujaron hacia adelante. Mis pies se movieron solos. Me detuve frente a Damien. Él no me ofreció la mano. Marcus tomó la mía y la colocó sobre la de Damien. Su piel estaba fría. El contacto envió una descarga a través del lazo que me hizo morder el interior de la mejilla para no gemir.

Marcus pronunció las palabras antiguas. Damien las repitió con voz monocorde, como si estuviera leyendo una lista de compras. Yo dije las mías en un susurro que apenas se oyó. Cuando terminó el juramento, el anciano nos declaró unidos bajo la ley de la manada.

—Ahora la marca —ordenó Marcus.

Damien no esperó. Agarró mi muñeca con una fuerza que dejó marcas, me giró y empujó mi cabello hacia un lado. Sus colmillos se hundieron en el punto donde el cuello se une al hombro. El dolor fue agudo, eléctrico. El lazo se cerró todavía más, anudándose alrededor de mi alma con una fuerza que me dejó sin aliento. Sentí su sangre mezclarse con la mía. Sentí su rechazo convertise en una herida abierta dentro de ambos.

Cuando levantó la cabeza, se limpió la boca con el dorso de la mano. Había sangre en sus labios. Mi sangre.

—Que duerma en la habitación de invitados del ala este —dijo en voz alta para que todos lo oyeran—. No compartiré cama con una mujer que no deseo. Que nadie se atreva a cuestionarlo.

Los guardias se acercaron. Uno de ellos me tomó del brazo con suavidad. Yo caminé sin resistirme. Mientras cruzaba el claro sentí las miradas. Algunas de lástima. Otras de desprecio. Sofía me sonrió cuando pasé a su lado. Una sonrisa pequeña, perfecta, llena de victoria.

Me llevaron a través de los corredores de la casa del Alfa. La casa donde Damien y yo habíamos jugado de niños. La casa donde yo había soñado tantas noches que algún día compartiría su cama. Ahora me depositaron en una habitación fría, con una cama demasiado grande y ventanas que daban al bosque. Cerraron la puerta. El pestillo sonó como una sentencia.

Me quedé de pie en el centro de la habitación durante mucho tiempo. La marca en mi cuello latía con el ritmo del corazón de Damien. Podía sentirlo. Estaba cerca. Muy cerca. Y no estaba solo.

Caminé hasta el baño, me quité el vestido ceremonial y me metí bajo el agua fría. Intenté lavar el olor de su rechazo. Intenté lavar la sangre. Intenté lavar la esperanza estúpida que todavía se aferraba a mí. El agua corría por mi cuerpo y yo me repetía en silencio que algún día él podría cambiar. Que si era lo suficientemente paciente, lo suficientemente buena, lo suficientemente leal, él terminaría por mirarme como miraba a Sofía.

Cuando salí de la ducha y me sequé, escuché risas.

Venían del pasillo. Suaves. Intimas. La risa de Sofía, esa risa baja y melodiosa que siempre había sabido usar para conseguir lo que quería. Y después la voz de Damien. Grave. Cálida. La misma voz que me había rechazado frente a toda la manada ahora respondía a mi hermana con un tono que yo nunca había oído dirigido a mí.

Me acerqué a la puerta. Apoyé la frente contra la madera. El lazo se retorció. Podía sentir su placer. Podía sentir cómo su mano tocaba a otra mujer. Podía sentir cómo Sofía se reía contra su cuello.

Cerré los ojos.

La esperanza no murió esa noche. Solo se hizo más pequeña. Más terca. Más dolorosa.

Me senté en el borde de la cama, con la marca todavía sangrando ligeramente y el corazón hecho pedazos, y me dije que mañana empezaría de nuevo. Que le demostraría que yo podía ser suficiente. Que algún día Damien Blackwood dejaría de mirar a mi hermana y me miraría a mí.

No sabía todavía que esa esperanza iba a costarme todo lo que era.

Pero esa noche, en la habitación de invitados del ala este, con las risas de Sofía y Damien filtrándose por debajo de la puerta, todavía creía que el amor podía cambiarlo todo.

Todavía no había aprendido que algunas marcas nunca se curan.

Y que algunas traiciones empiezan el mismo día en que te conviertes en la esposa del hombre que nunca te quiso.

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