La propuesta del ceo

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Capítulo 8 Confusión

Bianca se escapa de él, alejándose lo suficiente para que el calor de su cuerpo deje de quemarle los sentidos. Sus pies descalzos sobre la lujosa alfombra de la habitación principal parecen no encontrar estabilidad. Toma aire desesperadamente mientras intenta calmar a su corazón descontrolado, que late con una fuerza que la asusta.

“¿Qué me pasa? Este tipo casi me mata, encima me llamó vagabunda”, se recriminaba a sí misma en un susurro, tratando de invocar el odio que sintió en aquel hospital. Recordaba cada humillación, el desprecio en sus ojos cuando la vio tirada en la calle, la forma en que tiró su maleta a la basura sin remordimiento alguno. Solo es un contrato, se repetía en su cabeza una y otra vez, como un mantra que intentaba levantar un muro entre ella y el magnetismo oscuro de Eros Ainsworth.

Sin embargo, el proceso médico ya había comenzado. Horas antes, en la clínica privada de la familia, se había llevado a cabo la inseminación. Cada vez que pensaba en que le habían introducido el esperma de Eros, el rubor invadía su rostro de forma violenta. No podía verlo a la cara, sentía que su piel quemaba bajo la mirada de cualquiera, así que evitó cruzar palabra con él durante toda la tarde, refugiándose en los rincones de la inmensa mansión.

Fue al caer el sol cuando Eros la buscó en la estancia principal. Caminó hacia ella con esa elegancia depredadora que lo caracterizaba. —Toma —dijo secamente, extendiendo una pequeña caja de terciopelo azul marino. Bianca observa la pequeña caja en sus manos, abriéndola con dedos temblorosos. —Debes llevarlo puesto de ahora en adelante —ordenó él. —Un anillo… —murmuró ella, viendo cómo el diamante central captaba la luz de las lámparas de cristal.

Consternada, observa el anillo, una joya que costaba más que la casa de su madre. Cuando levantó la vista para agradecerle, o quizás para preguntar qué significaba exactamente portar esa marca de propiedad, Eros ya no se encontraba allí. Se había marchado con la misma frialdad con la que se entrega un documento de oficina. Bianca sonrió con tristeza mientras se colocaba el anillo en su dedo anular, sintiendo el metal frío contra su piel. “Soy una tonta al pensar que él me lo pondría”, pensó, recordando las historias de amor que solía leer antes de que Víctor destruyera su fe en el romance.

A lo lejos, Bianca observa al hombre que se encuentra hablando por celular en el jardín interior. Él gesticula con fuerza, moviéndose con una energía contenida que delata su ambición. Ella busca la forma de descubrir qué es lo que realmente pasa por su cabeza, pues aún no puede creer que alguien como él, que lo tiene todo —poder, dinero, belleza—, quiera un hijo a través de un contrato y un matrimonio falso. ¿Era solo por la herencia? ¿O había algo más oscuro bajo esa fachada de éxito?

Al observarlo detenidamente, se da cuenta de que es mucho más atractivo de lo que pensaba. Antes, cegada por la rabia y el dolor, ni siquiera se había percatado de la perfección de sus facciones o de la intensidad de sus ojos grises. Pero cuando se da cuenta de que él corta la llamada y la observa de vuelta, el pánico la invade. Bianca sale corriendo a su habitación y se encierra en ella, apoyando la espalda contra la puerta de madera maciza. Inhala profundo antes de suspirar mientras nota los nuevos cambios que hay en su vida: las sábanas de seda, el aroma a flores caras y la ausencia total de su identidad previa.

—Señorita, la cena está servida —anunció una voz suave desde el pasillo. —Sí, enseguida bajo —respondió nerviosa, tratando de alisar su ropa. “No puedo siquiera verlo a los ojos, ¿cómo podré verlo a la cara cuando nos casemos?”, se preguntaba, sintiendo que el nudo en su garganta no la dejaría tragar ni un bocado.

Cuando bajó, se detuvo al pie de las escaleras, donde la opulencia de la mansión parecía burlarse de su origen humilde. Inhala profundo y muestra su mejor sonrisa, una máscara de cortesía que pretendía mantener durante la cena. Pero esta se borra de golpe cuando se da cuenta de que no había nadie en la mesa de roble. Confundida, pregunta a la empleada dónde estaba él.

—El señor siempre suele comer en su despacho cuando tiene cierres de mercado —le respondió la mujer de forma mecánica. Bianca, molesta y sintiéndose como un fantasma en su propia casa, tomó asiento. La cena estaba deliciosa, pero el sabor se volvía ceniza en su boca ante la indiferencia de Eros.

Curiosa de saber lo que estaba haciendo, y movida por una mezcla de aburrimiento y desafío, caminó hacia el despacho. Toca dos veces la puerta, pero no recibe respuesta. El silencio la irrita, así que decidió entrar de todas formas. Al verlo trabajando aún de noche, rodeado de pantallas y documentos, y notar que no había siquiera empezado su cena, lo interrumpió al hablarle.

—¿Necesitas algo más? —murmuró Eros sin dejar de trabajar, su voz era un hilo de impaciencia. —Bueno, pensé que se había dormido. Así que… traje esto —intentó decir ella, señalando la bandeja. —Si no necesitas nada más, puedes salir. Estoy ocupado y necesito terminar este trabajo. Así que, por favor, no me estorbes.

La frialdad con la que le habló le dolió más que un golpe físico. Bianca apretó los puños y se fue a su habitación sin decir nada más. Se sentó al borde de la cama mientras se cruzaba de brazos, la rabia burbujeando en su pecho. No esperaba que fuera tan cruel después de haber aceptado llevar a su hijo. “Claro, ¿qué más se puede esperar de alguien como él?”, se dijo, convenciéndose de que Eros Ainsworth no tenía corazón, solo una calculadora donde antes debió haber sentimientos.

Siguiendo su rutina inamovible, Eros se levantó a tempranas horas de la mañana siguiente. El sol apenas comenzaba a filtrar sus rayos por los grandes ventanales. Preguntó por Bianca a una de las empleadas de servicio. —Aún sigue dormida, señor —informó la mujer mientras le servía el desayuno. Eros ladeó una sonrisa de medio lado; no le sorprendía que una chica como ella, acostumbrada a otra vida, siguiera durmiendo hasta tarde.

Después de tomar su tasa de café negro, se levantó de su lugar. Por alguna razón que no quiso analizar, sus pasos lo llevaron hasta la habitación de ella. Se sorprende al notar que la puerta no tiene el seguro puesto. Al abrir la puerta y encender las luces, se detiene en seco. La observa por un momento, sumida en un sueño profundo que parece haber borrado todas sus angustias. Eros se ríe por lo bajo al ver su cabello desmarañado sobre la almohada blanca; los tirantes de su blusa caen a cada lado de su hombro, revelando su piel pálida, y traía puesta una pantie color rosa que la hacía ver más vulnerable y real de lo que él estaba dispuesto a admitir.

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