La propuesta del ceo

Descargar <La propuesta del ceo> ¡gratis!

DESCARGAR

Capítulo 7 El inicio

En el último piso de la torre Ainsworth, el silencio era solo interrumpido por el leve zumbido del aire acondicionado. Eros se encontraba solo, con la mirada perdida en el documento que acababa de firmar, hasta que el sonido de la puerta abriéndose lo devolvió a la realidad.

—Así que sigues metido aquí.

Eros reaccionó de inmediato cuando su padre entró en el despacho. Con un movimiento ágil y practicado, guardó bajo llave el contrato en el cajón de su escritorio, manteniendo la calma y una expresión imperturbable. Observó a su progenitor cruzar la estancia con paso firme y le preguntó qué hacía en su oficina a esas horas. El patriarca de los Ainsworth lo observó con detenimiento, con esa mirada evaluadora que siempre buscaba una debilidad, y le preguntó sin rodeos si ya había pensado en la propuesta que le había hecho días atrás sobre asegurar la sucesión familiar.

—Sí… lo he pensado y ya me tienes cansado con el mismo tema —respondió Eros, recostándose en su silla con una falsa despreocupación—, así que te lo diré de una vez: desde hace varios meses estoy saliendo con una chica.

Su padre se detuvo en seco. No esperaba esa confesión de Eros, quien siempre se había mostrado alérgico al compromiso tras su última ruptura pública.

—¿Te sorprende? —añadió Eros, arqueando una ceja.

—¿No dijiste que no querías ningún tipo de relación con nadie? ¿Que las mujeres solo eran distracciones para los negocios?

—No me dejaste opciones, ¿o sí? Si no te lo digo, no vas a dejarme en paz —replicó Eros con un tono de fastidio calculado—. Además, a veces las distracciones resultan ser... necesarias.

Su padre aún no creía del todo en lo que estaba escuchando. Conocía a su hijo y sabía que Eros era un maestro de la manipulación. Lo observó con suspicacia y le preguntó cómo la había conocido. En ese momento, Eros recordó el día del accidente, la imagen de Bianca bajo la lluvia, pálida y vulnerable tras el choque. Ladeó una sonrisa mientras lo recordaba, una expresión que su padre interpretó erróneamente como afecto, y le contó una versión muy editada de lo que pasó ese día.

—Eso suena algo inventado —sentenció el anciano tras escuchar el relato.

—Aunque no lo creas… eso pasó y, ¿qué puedo decirte? Me cautivó. Si quieres puedo presentártela pronto, ya que muy pronto nos vamos a casar.

—¿Hablas en serio? —Su padre estaba más que sorprendido. El hecho de que su hijo, el soltero más codiciado y cínico de la ciudad, hablara de matrimonio era un acontecimiento histórico. Pero su rostro se desencajó por completo cuando Eros soltó la bomba final:

—Ella está embarazada.

—¿Embarazada? Eso es imposible… Tú siempre has sido tan cuidadoso…

—¿No es lo que querías? —lo interrumpió Eros con una frialdad cortante—. Un heredero para el imperio Ainsworth. Pues ahí lo tienes.

Su padre, por supuesto, estaba feliz con la noticia, a pesar del shock inicial. Siempre había soñado con ser abuelo y ver la continuidad de su apellido. Sin embargo, el detalle crucial era que él asumía, por la naturaleza de su mundo, que la chica pertenecía a la alta sociedad, una mujer de alcurnia que estaría a la altura de su linaje.

Cuando su padre finalmente se marchó, la sonrisa de Eros se borró por completo. La satisfacción del engaño fue reemplazada por una punzada de ansiedad; su padre le había advertido que los iría a visitar muy pronto para conocer a su futura nuera. Todo estaba saliendo según sus planes para asegurar su puesto en la compañía, pero aún se sentía profundamente inseguro de meter a una completa extraña en su vida privada.

Pasó una semana. Para Bianca, el tiempo fue un torbellino de mentiras y preparativos. Se las había arreglado para no dejar sola a su madre durante su recuperación más crítica, pero también para tejer una red de falsedades necesaria para su supervivencia. Le hizo creer a su madre que había encontrado un trabajo estable en una gran mansión de las afueras, y que el único detalle era que tenía que vivir en la residencia porque trabajaría en la cocina en turnos dobles. Su madre, confiada y agradecida por la supuesta suerte de su hija, creyó en sus palabras sin sospechar el sacrificio que Bianca estaba haciendo.

El día acordado, Eros pasó por ella en su coche deportivo. Al bajar la ventanilla, observó con desdén el equipaje que Bianca traía consigo: una maleta vieja y gastada que parecía haber visto tiempos mejores.

—¿Qué es eso? —preguntó él, confundido, sin bajar del auto.

—Mis cosas —respondió ella con sencillez—. ¿Por qué?

—Deja eso en tu casa o tíralo. No vas a necesitar nada de eso en mi residencia.

—Escuche —replicó Bianca, plantándole cara—, mi madre cree que iré a trabajar de sirvienta, así que no puedo irme sin nada porque ella va a sospechar. Tengo que llevar mis pertenencias.

—De acuerdo —dijo él sin importancia, volviendo su vista al frente.

Bianca, al ver que él no tenía la más mínima intención de ayudarla con su equipaje, bufó molesta. Con esfuerzo, levantó la pesada valija y la lanzó con fuerza sobre los lujosos asientos traseros de cuero.

—No puede ser… —murmuró Eros, visiblemente molesto al ver que las ruedas sucias de la maleta habían dejado una marca en el tapizado impecable.

Arrancó el coche con un acelerón brusco. Cuando llegaron a la entrada de su imponente residencia, se detuvo antes de entrar al garaje. Eros bajó del coche, abrió la puerta trasera, sacó la valija de un tirón y, ante la mirada atónita de Bianca, la arrojó sin contemplaciones al contenedor de basura que estaba fuera de su mansión.

Bianca ni siquiera pudo objetar; se quedó con la palabra en la boca. Él se giró hacia ella y le dijo con una autoridad aplastante que no necesitaba nada de aquello. Si iba a representar el papel de su esposa ante su familia y el mundo, debía verse como una digna mujer de su clase, no como alguien que cargaba su vida en una maleta de segunda mano.

Al estar frente a la mansión, Bianca se quedó estupefacta. Era un palacio de arquitectura moderna, cristal y acero que gritaba riqueza. Reaccionó solo cuando Eros la llamó con impaciencia. Lo siguió a través de pasillos interminables y techos altísimos hasta llegar a una habitación principal, lujosa pero fría. Eros le indicó que se vistiera pronto con la ropa que ya habían preparado para ella, ya que tenían que salir de inmediato.

—¿A dónde vamos? —preguntó ella, sintiendo que perdía el control de su propia vida.

Eros no respondió de inmediato. Se acercó a ella con pasos lentos, con una sonrisa seductora que no auguraba nada bueno. Bianca, nerviosa por la intensidad de su presencia, retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared. Él se detuvo cuando estaba demasiado cerca, invadiendo su espacio personal.

—A embarazarte —sentenció él. Bianca pasó saliva con dificultad al ver su rostro a escasos centímetros del suyo, sintiendo el calor de su respiración—. ¿O prefieres que lo haga yo… personalmente?

Capítulo Anterior
Siguiente Capítulo