La propuesta del ceo

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Capítulo 5 Pacto

Dentro de la habitación del hospital, el aire se sentía cargado de una tensión eléctrica. Bianca, a pesar de la debilidad que sentía por la falta de alimento y el impacto emocional de ver a su madre en una cama de cuidados intensivos, sacó fuerzas de lo más profundo de su orgullo herido. Víctor, el hombre que le había arrebatado su futuro, la miraba con una mezcla de sospecha y una falsa compasión que la ponía enferma.

—¿Estás embarazada, Bianca? —repitió él, dando un paso hacia ella.

Bianca sintió que la bilis subía por su garganta. Se enderezó, ignorando el leve mareo que amenazaba con hacerla caer.

—¿Y si lo estuviera, qué? No es tu problema —respondió ella, con la voz gélida.

—Por supuesto que lo es —replicó Víctor, con esa arrogancia que Bianca antes confundía con seguridad—. Porque significa que es mío y tengo derechos...

—No me hagas reír —lo interrumpió ella con un sarcasmo punzante que lo dejó mudo por un segundo—. Tú y yo jamás compartiríamos algo, ni siquiera un hijo. Y sabes qué, favor que me has hecho al irte con esa lagartona traicionera de nuestra vecina, porque me abriste el camino para conocer a alguien más. Alguien que sí sabe lo que vale una mujer.

Víctor se quedó incrédulo. Sus ojos recorrieron el rostro de Bianca buscando una grieta en su mentira. Él estaba convencido de que ella seguiría llorando por los rincones, devastada por su partida; después de todo, ella siempre lo había amado con una devoción casi ciega y nunca había demostrado interés por nadie más.

—No te creo —dijo él, cruzándose de brazos—. Estás inventando esto para herirme. No hay nadie más.

—Te aseguro que lo hay —insistió Bianca, aunque por dentro sus nervios estaban a punto de traicionarla.

—¿Ah, sí? ¿Y quién es si se puede saber? ¿Algún vecino o un muerto de hambre de la escuela?

Bianca dudó. Su mente trabajó a mil por hora. Necesitaba un nombre, un escudo, algo que destruyera la suficiencia de Víctor. Recordó la tarjeta dorada que ahora guardaba en su bolso como un amuleto maldito.

—No lo conoces —dijo, tratando de sonar misteriosa mientras el sudor frío le recorría la espalda.

Víctor soltó una carcajada seca, llena de burla. —¿Ves? No tienes a nadie. Solo lo dices por el odio que me tienes. Admítelo, Bianca, sigues sola y sin un centavo.

—¿Quieres un nombre? Bien —sentenció ella, clavándole la mirada—. Eros Ainsworth.

El efecto fue inmediato. La risa de Víctor se extinguió como una llama bajo el agua. El color abandonó su rostro y sus hombros se tensaron. Bianca ladeó una sonrisa al ver su rostro desencajado; por un momento, saboreó la victoria. Pero su felicidad no duró mucho.

—¿Eros Ainsworth? —Víctor comenzó a reírse de nuevo, pero esta vez era una risa histérica—. ¿Hablas del dueño de Live Art y heredero de la compañía Sworth? ¿El hombre más rico y despiadado de la ciudad?

Bianca asintió con la cabeza, manteniendo la farsa. Víctor se dobló de la risa en medio del pasillo del hospital.

—¿Qué es lo que te causa tanta risa? —preguntó ella, sintiendo cómo la ira reemplazaba al miedo.

—Sabes… solo venía a decirte que si necesitabas apoyo económico podías contar conmigo y con Rubí, para que no te faltara nada en tu desgracia —dijo Víctor, limpiándose una lágrima de risa—. Pero creo que mejor me voy. Escucharles decir locuras es suficiente para que entienda que, en verdad, tomé la mejor decisión al dejarte por alguien que sí está cuerda. Un hombre como Ainsworth no miraría a alguien como tú ni para pedirle la hora. Adiós, Bianca. Que te sea leve tu delirio.

Verlo alejarse, burlándose de su miseria y tratándola de loca, fue el detonante final. El orgullo de Bianca, tantas veces pisoteado, se transformó en una determinación fría y peligrosa. Sin pensar en las consecuencias, sacó su celular y marcó el número de la tarjeta dorada.

—Acepto —dijo en cuanto Eros respondió—. Acepto su propuesta.

Al día siguiente, Bianca regresó a la imponente oficina de cristal. Eros se encontraba esperándola, sentado tras su escritorio de obsidiana. La tomó por sorpresa lo rápido que lo llamó, ya que después de la reacción de indignación que vio en ella días atrás, pensó que no regresaría jamás.

Cuando la vio entrar, la invitó a sentarse con un gesto elegante. Al tenerla más cerca, bajo la luz cruda del ventanal, notó que tenía más ojeras que la noche anterior y que había llorado hasta el agotamiento.

—Pensé que no volvería a verte —Eros ladeó una sonrisa, una expresión que era mitad triunfo y mitad curiosidad—. Si estás aquí, supongo que es porque aceptas.

—¿Cuáles son sus términos? —dijo Bianca sin rodeos, con la voz endurecida—. Porque no voy a aceptar nada que me parezca injusto o que atente contra mi madre.

Eros se rió por un instante, un sonido breve que no llegó a sus ojos. Deslizó una hoja de papel en blanco y un bolígrafo sobre la mesa. —Escribe tus términos primero. Luego yo te diré los míos.

Bianca tomó el bolígrafo. Sus manos temblaban ligeramente, pero escribió con decisión. Al terminar, le devolvió la hoja. Eros comenzó a leerla en silencio, y Bianca notó una pequeña risa burlona escapando de sus labios, lo que la llenó de una profunda preocupación.

—Así que quieres formar parte de la vida del bebé —leyó Eros en voz alta—. Quieres que pague la hospitalización y el tratamiento completo de tu madre. Y pones como condición que "no debo tocarte".

—Tal vez a su esposa no le agrade —intervino Bianca, tratando de sonar profesional—, pero es mi condición. Quiero poder ver al niño de vez en cuando y que mi madre esté a salvo.

—Escucha —Eros borró su sonrisa y le entregó un contrato grueso, ya redactado, donde estaban sus condiciones reales—. Acepto tus condiciones sobre tu madre, pero hay cosas que no entiendes. Aquí están mis términos. Espero que firmes y aceptes todo sin dramas.

Bianca miró el documento. Eran páginas y páginas de cláusulas legales, letras pequeñas que hablaban de confidencialidad, de la entrega del infante y de la renuncia a cualquier vínculo futuro. Sin embargo, en su mente solo veía el monitor cardíaco de su madre y la risa burlona de Víctor.

Eros se quedó inmóvil, observándola con una mezcla de shock y fascinación, cuando ella tomó el bolígrafo y firmó la última página con un trazo rápido y firme, sin siquiera detenerse a leer una sola línea del contrato.

“Es en serio”, pensó Eros, dándose cuenta de que acababa de comprar no solo un vientre, sino a una mujer que ya no tenía nada más que perder.

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