Capítulo 3 El ceo
—Que bien por ella —murmuró Eros sin importancia, sirviéndose un trago—. Lo que sorprende es que los haya invitado a ustedes después del desastre que fue nuestra ruptura.
—En realidad, esta es para ti —su padre hizo un gesto de desagrado—. Escucha, te dimos una oportunidad de hacer tu vida con ella, pero tu decisión de romper el compromiso nos dejó en una posición vulnerable frente a los socios. Necesitamos estabilidad, Eros. Necesitas un heredero si quieres mantener tu puesto en el consejo.
—No te metas en mi vida o me olvidaré de que eres mi padre —sentenció Eros con los ojos encendidos—. Además, tú no eres quién para darme lecciones de vida, así que… te pido que salgas de mi casa y me dejes descansar, que hoy no estoy de humor.
Mientras Eros lidiaba con sus demonios familiares, en el hospital, la atmósfera era distinta. La emoción de Bianca era notoria; a pesar del dolor físico, sentía que finalmente la suerte le sonreía. Cuando su madre llegó al hospital, Bianca sonrió para tranquilizarla, pero la mujer no hacía más que angustiarse al ver los monitores y las vendas.
—Estoy bien —murmuró Bianca tomando su mano.
—¿Cómo me pides eso? Estás llena de heridas por un mugroso empleo —la madre de Bianca se dio cuenta de que su hija miraba con fijeza una tarjeta dorada—. ¿Qué es eso?
Bianca le explicó el encuentro en la calle y la inesperada visita del empresario. Su madre tomó la tarjeta momentáneamente, leyendo el nombre: Eros Ainsworth.
—Creo que era mi destino estar aquí, mamá. Ya ves, él se disculpó conmigo y dijo que me atendería personalmente. Es algo bueno, ¿no crees?
—¿Estás segura de que fue por eso? —preguntó la madre, cuyo instinto le decía que los hombres como él no regalaban nada.
—¿Por qué más sería? Seguramente vino a ver a alguien más y me vio de salida. —Bianca sonrió emocionada porque, en su mente, ahora tenía un empleo asegurado—. Y yo que creía que era un cretino.
Su madre sonrió y besó su frente; al final del día, lo único que le importaba era saber que su hija estaba viva. Al pasar una semana, Bianca, impulsada por la necesidad, llamó al número de la tarjeta. Tras una breve conversación con una secretaria, Eros aceptó verla esa misma tarde. Ella se preparó con esmero, usando su mejor ropa y cubriendo las marcas del accidente con maquillaje para causar una buena impresión.
Nunca le dijo nada a su madre sobre el bebé que perdió. El médico, tras las súplicas de Bianca, accedió a guardar el secreto en el informe verbal a la familia. Ella no quería cargar a su madre con más dolor, ni admitir que el vínculo final con su ex prometido se había roto de forma tan trágica.
—Por favor, no te distraigas al cruzar los peatones —le advirtió su madre al verla salir.
—Te lo prometo.
Tras un viaje en taxi que consumió sus últimos ahorros, Bianca se encontró frente al imponente imperio de la familia Ainsworth. El edificio de cristal parecía tocar el cielo. Le entregaron una credencial de visita y la escoltaron hasta el último piso. Al entrar en la oficina presidencial, el aire se le escapó de los pulmones. El lugar era más un santuario que un despacho, con un jardín privado que desafiaba la estructura del rascacielos. Eros estaba allí, frente al ventanal, observando la ciudad como si fuera su tablero de ajedrez.
—Señor… —susurró ella.
Él levantó su mano, indicándole que se acercara sin siquiera mirarla. La secretaria salió de la oficina en silencio, cerrando las pesadas puertas de madera. Bianca se sentía pequeña, intimidada por la mirada intensa y depredadora del hombre que, al girarse, la recorrió de pies a cabeza con una frialdad que la dejó helada.
—Iré al grano —dijo tajante, rompiendo el silencio—. No hay vacantes en esta empresa para ti.
—¿Cómo? —La emoción de Bianca se desvaneció en un segundo, reemplazada por un nudo en la garganta—. ¿Pero me dijo que…?
—Te dije que te haría una entrevista y que te atendería personalmente, no que te daría un empleo. No tienes los estudios, ni el perfil, ni la clase para trabajar en Ainsworth Corp.
Bianca se sintió aún más humillada que el día del choque. Se había burlado de ella, haciéndola gastar su dinero y su esperanza en vano. Estaba a punto de darse la vuelta para salir y no volver jamás, cuando la voz de Eros la detuvo, cargada de una intención oscura.
—Pero tengo una propuesta para ti, una que te asegura tus estudios pagados totalmente y una vida cómoda hasta que te gradúes de la universidad.
Bianca lo miró, debatiéndose entre su dignidad y su supervivencia. “No tengo nada que perder”, pensó, ignorando el escalofrío que le recorrió la espalda.
—¿Qué propuesta? —preguntó con la voz temblorosa.
Eros se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, y sentenció con una voz carente de toda emoción:
—Dame un hijo.
