Capítulo 2 La propuesta
Eros permanecía en el pasillo del hospital, el olor a desinfectante le irritaba los sentidos tanto como la culpa que intentaba sofocar. Caminaba de un lado a otro, con los puños hundidos en los bolsillos de su pantalón de sastre. Quería asegurarse de no haberla matado, o de lo contrario sufriría muchas consecuencias que se le saldrían de las manos; su apellido y su imperio no soportarían un escándalo de homicidio imprudencial. Pero estaba seguro de que estaba viva, ya que frenó, aunque lo hizo muy tarde. El impacto fue seco, pero no definitivo.
Cuando vio aparecer a una enfermera con un expediente en la mano, se acercó con una urgencia que rayaba en lo agresivo.
—¿Alguna novedad de la mujer que entró hace una hora? —preguntó, tratando de mantener su voz en un tono neutro.
La enfermera lo miró de arriba abajo, evaluando su reloj de lujo y su expresión tensa. —¿Es pariente de ella?
—Algo así —respondió Eros, evadiendo la verdad con la maestría de quien vive de las apariencias—. ¿Está viva?
—Sí —la mujer suspiró, suavizando su expresión—, pero al parecer estaba embarazada y perdió al bebé… lo sentimos mucho.
“Debe de ser una maldita broma”, pensó Eros, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. No por dolor, sino por la complicación legal y moral que esto representaba. Ni siquiera prestaba atención a lo que la enfermera decía sobre los cuidados postoperatorios; Eros la interrumpió preguntándole si podía entrar a verla. Ella le dijo que debía decirle con exactitud qué parentesco tenía con Bianca para saltarse el protocolo de visitas. Bajo presión, Eros mintió con una naturalidad aterradora al decir que apenas empezaban a salir, que eran una pareja reciente.
—No se preocupe —dijo la enfermera con tono consolador—, ella se recuperará con el tiempo y podrá salir embarazada otra vez. Son jóvenes.
Eros asintió en silencio. Entendió sus palabras de aliento, procesando que su mentira le había otorgado un papel que no quería, pero que necesitaba para controlar la situación.
Cuando la vio en la camilla, una punzada de auténtica culpa lo atravesó. Perder un hijo era algo irreversible, y aunque él no conocía a esa mujer, sabía que por su imprudencia ese futuro se había esfumado. Al entrar, notó que tenía la cabeza vendada y el rostro pálido, pero para su sorpresa, sus ojos estaban abiertos, fijos en el techo. “Es fuerte”, admitió para sus adentros.
—¿Tú? —La voz de Bianca sonó quebrada, pero cargada de un veneno inmediato. Eros se sintió confundido y pensó frenéticamente en si ella lo había visto antes del impacto. —¿Acaso vienes a llamarme mendiga otra vez?
“¿Mendiga?”, repitió él en su mente. Entonces, el recuerdo encajó. Ella era la mujer con la que había chocado el día anterior. Eros recordó a la chica que parecía una mendiga; aquel incidente había estropeado su traje con salsa de lo que llevaba en sus manos y por eso tuvo que retrasar su reunión con los clientes nuevos, un retraso que lo hizo quedar como un hombre impuntual y arrogante frente a sus socios.
—Seguramente vienes a burlarte de mí, largo —escupió ella, girando el rostro con amargura.
Para Eros, el hecho de que ella no supiera que él era quien la había atropellado le favorecía enormemente. El destino le estaba dando una salida limpia. Se sintió más tranquilo y ajustó su postura, adoptando un aire de falsa benevolencia.
—No seas malagradecida —dijo, suavizando el tono—. Si estoy aquí es porque te recordé cuando te vi mientras iba de salida y me sentí un poco mal por la forma en que te traté ese día.
Bianca se sorprendió por sus palabras y lo miró con desconfianza. Eros continuó, tejiendo su red: —Así que quería darte una oportunidad para presentarte a una entrevista de trabajo cuando te sientas mejor.
—¿En serio? —Los ojos de Bianca se iluminaron débilmente. El hambre y la desesperación eran más fuertes que el orgullo. Observó al hombre que tenía a un metro de su camilla; no esperaba que un tipo tan arrogante tuviera un lado amable.
—Te dejaré mi tarjeta. Cuando te sientas mejor, llámame y te haré la entrevista personalmente. Solo… —hizo una pausa, recorriendo con la mirada su aspecto demacrado— trata de verte más… decente.
La pequeña sonrisa de esperanza de Bianca se desvaneció ante el insulto velado, pero la de Eros seguía siendo impecable y seductora, la sonrisa de un tiburón que ha encontrado una presa útil.
Al salir del hospital y subirse a su auto, la paranoia lo invadió. Lo primero que hizo fue llamar a su asistente para que gestionaran el cambio de color del vehículo en un taller privado; no podía dejar cabos sueltos. Al llegar a su lujosa residencia, el silencio que esperaba fue interrumpido por la visión de un abrigo conocido en el perchero.
—Así que me vas a seguir a todas partes —dijo con hastío al ver a su padre en la estancia. Notó que sostenía un sobre elegante—. Supongo que es una invitación.
—Melisa se casa en el verano —anunció el hombre con severidad.
