La Piel que me Desnuda El Alma

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Capítulo 2 María del Rosario: Promesa y Deseo

Esa noche fue la última vez que permití que alguien me viera vulnerable.

—Solo vete… —me dijo con prepotencia mientras la ginebra se escurría por su garganta.

—Antes de marcharme vas a escuchar la verdad, sin adornos. No soy la usurpadora que crees que soy.

—¿Ah, no? Te dejé entrar, tomaste su lugar y robaste su nombre.

—¡Yo no le robé nada a Dalia! Simplemente reclamé un trono que ella misma dejó vacío.

Uriel se giró furioso; el vaso resbaló y su voz salió como dragón rugiente.

—¿Cómo te atreves a...?

—Adopté el título de "Diosa del Placer" por respeto. Por una admiración que tú, en tu ceguera, nunca vas a entender. Mi intención no fue ofenderte, ni a ti ni a su memoria. Solo quería llenar el cráter que su ausencia dejó en tu mundo.

Después de decírselo, salí de allí. No esperé a que me detuviera. Cuando la puerta se cerró a mis espaldas, supe que el silencio sería mi único compañero por un tiempo. Pero mi aroma se quedó en esa casa, pegado a las paredes, al sofá, a su piel. Era un aroma demasiado parecido al de Dalia, lo sabía. Por un momento, vi en sus ojos la sombra de un hombre roto que creía estar viendo un fantasma. Patético.

Los meses siguientes en Guatemala fueron una prueba de resistencia. Lo vigilé desde las sombras. Sabía que se hundía. Sabía que lloraba cada noche y que sus amaneceres eran una repetición vacía de un cansancio que no se cura con sueño. Lo vi arrastrarse al café de esa esquina, tomar decisiones y caminar sin rumbo. Su vida se desmoronaba porque le faltaba la mano que lo sostenía. Y esa mano, ahora, era la mía, aunque él todavía no lo supiera.

Empecé a frecuentar el mismo café. No por casualidad, sino por estrategia. Durante semanas lo observé repetir el mismo ritual. Se sentaba en la misma mesa, pedía lo mismo y se perdía en un vacío que me daban ganas de abofetear. Se cumplía un año desde que Dalia murió. Un año desde que la promesa del aeropuerto se convirtió en humo.

Dalia siempre dijo que él debía ser feliz de nuevo. Ella lo soltó para que alguien más lo recogiera. Y yo estaba allí para cumplir el encargo. Crucé la esquina de la cafetería de siempre. El destino ya no era algo que me sucedía; era algo que yo estaba fabricando.

Uriel no esperaba nada. Estaba allí, sentado como un mueble más, esperando que el tiempo pasara sobre él. Yo, en cambio, entré con la fuerza de un impacto. No llevaba heridas visibles. No mostraba cansancio. Caminé con una presencia que obligaba a cada persona en ese local a girar la cabeza. No era luz, ¡era poder!

Lo vi desde la distancia. La misma mesa. El mismo enfoque ausente. Parecía estar allí por obligación, como si su voluntad hubiera muerto con ella. Respiré hondo y ajusté mi bolso. El trayecto hasta su mesa se sintió eléctrico. Recordé sus últimas palabras: “Vete, has cumplido con tu trabajo”. Me dolieron, claro, pero las promesas de hace años no se cumplen con orgullo herido. Se cumplen con sangre fría. Y era el momento para hacerlo.

Ese día no había antifaz. Mi cabello rojo caía libre sobre mis hombros y mis labios estaban pintados de un rojo que exigía atención. El vestido era sencillo, pero marcaba cada línea de mi cuerpo que no aceptaba dudas. Me detuve frente a él. Uriel ni siquiera levantó la vista. Seguía leyendo, fingiendo que el mundo no existía.

—Es un placer conocerte —dije. Mi voz fue clara, cortante.

Él parpadeó, sacudido por la interrupción. Alzó la mirada. No había entusiasmo en su rostro, solo una cortesía desgastada por el tiempo.

—Mucho gusto —respondió con una distancia glacial—. ¿Puedo ayudarla en algo?

—¿Cómo te llamas? —Fui directa. Sabía su nombre, lo sentía en la punta de la lengua cada noche, pero necesitaba que él lo pronunciara.

Él no respondió. Me observó con una mirada que no era de rechazo, sino de un cansancio absoluto.

—¿Necesitas algo? —insistió.

Sonreí apenas. Estaba tocando su límite.

—Eres muy amable. Disculpa la intrusión, pero siempre te veo aquí. Siempre traes esas flores. Son dalias, ¿verdad? Incluso cuando no es temporada. Supongo que significan mucho para ti.

Uriel bajó la vista hacia el ramo. Sus dedos temblaron casi imperceptiblemente al rodear los tallos. Esa mínima acción fue reveladora. Estaba a punto de quebrarse. Tragó saliva y desvió la mirada, evitando mis ojos como si pudieran quemarlo.

—Sí, perdón —dijo, forzando un control que se le escapaba entre los dedos—. ¿Me dijiste tu nombre?

—Mi nombre es María del Rosario —contesté. Lo dije con una claridad que buscaba grabarse en su memoria.

Él tomó un sorbo de café, recuperando su máscara de indiferencia.

—El gusto es mío, María del Rosario. Ahora, si me disculpas, tengo un asunto que atender.

Se levantó de inmediato. No hubo espacio para más. Se alejó sin volver la cabeza, dejándome allí, frente a una mesa vacía. Me quedé inmóvil, sintiendo una punzada de sorpresa. Nadie me había tratado con esa desconexión. No fue un rechazo personal; fue una huida. Y eso, lejos de amedrentarme, despertó mi instinto de caza.

“¿Cómo es que esa noche fuiste fuego y hoy eres hielo?”, me pregunté mientras lo veía salir.

Lo observé desde la ventana del café mientras subía a su auto. Para mí, esto no era un final. Era la señal de inicio. El desafío estaba aceptado. Él no había reconocido mi cuerpo, el mismo que sostuvo entre sus brazos meses atrás. No sabía quién era yo sin la máscara. Pero lo sabría. No pensaba ser solo una anécdota de una noche en su mansión.

Justo cuando su auto iba a salir del estacionamiento, otro vehículo le bloqueó el paso. Reconocí al conductor: Joseph, un arquitecto que conocía bien. Joseph bajó del auto y caminó directo hacia mí. Entró al café con una sonrisa.

—¿Qué haces aquí, Joseph? —pregunté cuando se acercó.

—Pasaba por aquí y vi tu auto —respondió él, rodeando mi cintura—. ¿Esperabas a alguien?

—No. Justo estaba por irme, amor —dije en voz alta.

Salimos juntos, tomados de la mano. Sentí la mirada de Uriel desde su auto. Antes de subir, Joseph se detuvo.

—¿Supiste lo de Uriel? —me preguntó—. Dicen que volvió al país. Está de luto por su esposa, Dalia. Era tu amiga, ¿no?

Mantuve el rostro impasible. Ni un músculo me traicionó.

—No, no lo conozco personalmente —mentí con una naturalidad aterradora—. Nunca coincidimos. Su padre lo mantuvo fuera del país mucho tiempo.

Joseph quedó convencido.

—Sería interesante hacer negocios con él. Quizás tú podrías ayudarlo a olvidar un poco ese luto.

—Podría hacer algo al respecto —respondí en un susurro, mirando de reojo hacia el auto de Uriel—. Siempre que él esté dispuesto a jugar.

Vi el auto de Uriel arrancar y perderse tras lo que parecía un desaire de mi parte. Sabía que nos había visto. Sabía que el beso que le di a Joseph en la mejilla antes de entrar a mi auto se le quedaría grabado como una espina.

“La inocencia también sabe mentir, Uriel. Y tú acabas de caer en la primera trampa”. Me dije antes de tomar el volante. Lo que él no sabía era que yo no quería su dinero ni su lástima. Quería que volviera a mirarme con el mismo deseo con el que me tomó aquella noche, pero esta vez, sabiendo exactamente quién era.

Lejos de ahí…

—María del Rosario… —susurró Uriel en la oscuridad de su habitación—. Joseph. ¿A qué juegas, mujer?

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